El nombre de la Rosa

Autor: Rodrigo García Cabanillas

Eres la quinta-esencia de mi futuro.
Mi compañera, mi estrella y mi destino.

Ana María de iris claro,
bella reluciente y bien hallada.
Hermosa luz me ha llegado
en un cielo de verano.

Limpia como agua clara,
amable bella y sincera.
Diamante por pulir…
poema de mi sentir.

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No abren

Autor: Héctor Higuera

– Tiene unas instalaciones magníficas, todo tan ordenado y arreglado…
– Hay exceso de residentes – Asunción recoge la tarta de las manos de su hermana. – No confío que puedan servirles con human…
– No te preocupes, Asunción.
– Hola, Vicente – dice Asunción, le abraza – El otro día estuve con Noelia. Tenéis una nieta preciosa.
– Es muy coqueta, mi princesa – dice mientras besa a Celia – Ahora le ha dado por las muñecas esas estrafalarias, modas, espérate que no cambie, y que no vista así de mayor.
– Tu eras igual, y ya después, no te olvides de aquella camisa multicolor…
– No me lo recuerdes, Celia, horrendos ahora, pero en esa época…Papá creo que pensó que su hijo era maricón. – sonrisa entrecortada.
– Otros tiempos –dice Asunción, agarrando con fuerza la tarta, caminando.

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La primera visita

Autora: Carolina Ávila

En el sofá descansaba encogida una manta. Una luz tenue iluminaba tan solamente sofá y de la correspondiente mesita al centro. En ella lucían bien colocados lado a lado dos platos, un bol con ensalada y también un tercer plato –más grande que los anteriores– con embutido y quesos de los buenos. Una botella de garnacha con DO. Somontano. Todo sin tocar.
Al otro lado de la habitación, y bajo la escasa iluminación, se adivinaba una mesa de comedor que servía de soporte a un montón de cosas: carpetas de documentos, “Los santos inocentes” de Delibes y un ejemplar traducido de “De Profundis, Valsa Lenta” de José Cardoso Pires. Y también un disco duro externo de la marca Toshiba y una pila de cartas del banco Santander sin abrir.
No había plantas ni alfombras pero si un candelabro con velas moradas y olor a lavanda encima de una estantería con unos pocos cds y un pequeño jardín de edén en un puff al lado del sofá.

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Disonancia

Autor: Héctor Higuera

La luz blanca acariciaba la copa de los robles, atravesaba las ramas, se posaba sobre las hojas y resbalaba por el tronco hasta caer sobre la pradera e impulsada por la hierba recorría su extensión para ascender por los escalones, atravesando la puerta, iluminando el umbral, explosión de luminosidad, que contrastaba con el marrón desgastado del marco, se internaba en la estancia y alumbraba el perfil derecho de un hombre de pelo lacio y gafas circulares; desdeñándole, prosigue su camino hasta desaparecer en la oscuridad de la dacha.

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Elección

Autor: Héctor Higuera

Intentas descansar tras una noche de noticias negras, mortales, atentado en Niza. Las sábanas pegadas a la piel, calor, sudor, imposible encontrar el sueño; y empiezas a pensar: teorizas. Hipótesis: el amor y el odio son lo mismo. Los movimientos totalitarios que aparecen antes de la Segunda Guerra Mundial se servían del odio hacia un colectivo. El odio dominaba sus acciones; pero encontramos una paradoja: sentían amor hacia ideas, símbolos o personas. El régimen nazi exterminaba judíos, discapacitados y marginados, y a la vez, amaba a su Fuhrer. El filosofo Ludwig Wittgenstein escribía “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. Sentimos, y después, definimos y categorizamos. La emoción es abstracta.

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