Disonancia

Autor: Héctor Higuera

La luz blanca acariciaba la copa de los robles, atravesaba las ramas, se posaba sobre las hojas y resbalaba por el tronco hasta caer sobre la pradera e impulsada por la hierba recorría su extensión para ascender por los escalones, atravesando la puerta, iluminando el umbral, explosión de luminosidad, que contrastaba con el marrón desgastado del marco, se internaba en la estancia y alumbraba el perfil derecho de un hombre de pelo lacio y gafas circulares; desdeñándole, prosigue su camino hasta desaparecer en la oscuridad de la dacha.

Dimitri Shostakovich escribía con la cabeza agachada sobre el papel pautado, absorto, sabía que debía componer, porque siempre encontraba las ideas antes de empezar, imaginaba las melodías, aparecían, y las estructuraba. Después, brotaban puras desde las entrañas en notas que se derramaban sobre la partitura. Cuatro años desde que compuso su última sinfonía, la décima, para honrar la muerte de Iosif Stalin, el 5 de marzo de 1953, el mismo día de la muerte del excelente compositor Serguei Prokofiev, olvidado ante la melancolía omnipresente por el Gran Líder, El Elegido, Adorad al Héroe Caído, el Padre de las Naciones, la amada Unión Soviética, Alabado sea, nuestro Señor; el pueblo abarrotó la plaza roja con la esperanza de dar su despedida a Iosif Stalin, se vigilaban, debían sentir dolor, cada gesto y cada acción era observada, no sabían que ocurriría después, no importaba, ahora llorarían. Shostakovich, el 9 de marzo, publicó una necrológica animando al pueblo a ser fuertes y estar unidos y consideraba que la música debía seguir el consejo del Partido de Lenin y Stalin; compuso la Décima Sinfonía. Su primer movimiento empieza lento, arrastrado, para crecer la intensidad continuamente hasta su cima que vuelve a descender transmitiendo pesadumbre y dolor; entonces Shostakovich nos sorprende en su segundo movimiento con un motivo musical, DSCH, anagrama de Dimitri Shostakovich, representando su yo, el hombre, frente al todopoderoso líder muerto. El final de la sinfonía termina con el motivo DSCH y una coda ilusionante. Cambio, paz y alegría. Su valoración después de ser estrenada definiría el futuro musical en la Unión Soviética y Shostakovich había arriesgado incluyendo el motivo DSCH, pero el régimen afrontaba su regeneración, y aunque no sin críticas, Shostakovich no sufrió ninguna consecuencia política.
Simétrico. La pluma, el papel escrito y en blanco organizado sobre la mesa de trabajo con idéntica separación entre ellos. Shostakovich se levanta y contempla el bosque que rodea su dacha en Komarovo. La composición de su próxima sinfonía avanza impaciente, piensa que estaba en su interior desde que su padre contó sus experiencias en la revolución de 1905; sentía la voz grave resonando por el tiempo e imagina, escucha, el recuerdo del pueblo y con pasos endebles y nerviosos se abalanza sobre la silla y desbaratando la simetría escribe la melodía que la sección de arpa debe tocar al principio del primer movimiento, piensa, crea, recuerda.
El viento afilado atraviesa las calles desoladas. La nieve se esparce creando una membrana que se expande por los adoquines, el asfalto y la tierra. Dificultan la marcha hacia el Palacio de San Petersburgo, pero los manifestantes caminan tranquilos. Silencio disonante. La masa avanza impasible por las calles. Hombres cargando pancartas “Soldados, no disparéis al pueblo”, hombres portando cruces, mujeres rezan y niños acompañan a sus mamas. El padre Gapón grita moriremos por nuestras suplicas para animar a los manifestantes a seguir adelante. Sin embargo, rezan para que el zar Nicolás II escuche sus demandas y no ordene disparar: el gobierno del zar Nicolás II, con su primer ministro Serguei Witte a la cabeza, no ha legislado para mejorar las condiciones laborales de los trabajadores. El pueblo, los obreros y campesinos están sometidos a jornadas de trabajo insoportables, ninguna protección ante accidentes, y salarios paupérrimos que no sostienen a las familias, restringiendo, a menudo, su vida a la supervivencia diaria. El zar, tradicionalmente, es apreciado como un hombre que protege al pueblo, hace justicia defendiendo las causas de los pobres, adoran a Nicolás II y creen que la solución a sus problemas es presentar sus respetos al zar en la plaza de San Petersburgo, el escuchará, está con ellos. Protestan frente al palacio contra el abandono del zar. Lamentos, clamores, lloros, la muchedumbre abatida, grita, y entona “Oh, zar, Padrecito, mira a nuestro alrededor la vida es imposible para nosotros, a causa de los siervos del zar contra los que no tenemos ayuda”.
El rumor de que el zar ha abandonado San Petersburgo corre por la columna de manifestantes. La atmósfera de la plaza se altera, los manifestantes se agitan. Aúllan decepcionados. La fila de cosacos se mantienen firmes mientras la masa empieza a moverse en espasmos nerviosos, caóticos, las proclamas se distorsionan, las demandas callan, gritos y aullidos desgarran el silencio, y los soldados se aferran a sus rifles. Angustia. Desesperación. Detonaciones. Los soldados disparan sobre el pueblo. Mujeres y niños, que abrían la marcha para disuadir al ejército de disparar, se derrumban en la nieve y la sangre gotea el 9 de noviembre de 1905. Los cosacos perturbados y confusos asesinan, unos deben y otros disfrutan. Hombres, mujeres y niños arrodillados se santiguan, rezan, pidiendo clemencia y son aniquilados. La caballería carga contra los manifestantes que huyen de la plaza. Un jinete parte el rostro de un hombre en dos. Soldados abaten a los niños que se esconden en las copa de los árboles. Explosiones. Piezas de artilleras disparan obuses sobre la masa indefensa. Huyen. Clavan sus bayonetas en los heridos. Silencio. Rojo y blanco. Cadáveres esparcidos por la nieve. En la plaza, los supervivientes se miran unos a otros, ningún gesto en sus rostros, la masacre ha destrozado la emoción, pero se entienden entre ellos, no olvidarán, piensan en venganza, piensan en la revolución.
Dimitri Shostakovich hunde su rostro en las manos cerradas. La escena de la carga es brutal, ha forzado a la orquesta hasta sus límites, sonará atronador. No se había compuesto nada tan salvaje desde la danza de la tierra de la Consagración de la Primavera de Igor Stravinsky. Admiraba su música y era una de sus mayores influencias, solo superado por Gustav Mahler, pero en su discurso del Congreso sobre cultura y ciencia que se celebraba en Nueva York de 1948, criticó que tanto Stravinsky como Prokofiev desean alcanzar la libertad estética formal creando obras musicales sin sentido, formalista, y de escaso valor artístico. Frágil, la voz titubea, como el final de su Quinta Sinfonía que se debate entre el tema melancólico describiendo sus sentimientos o el fogonazo de exaltación patriótica de las directrices culturales del Partido, decide, y el tema se va acallando, titubea, luchando por someter la inspiración hasta que arranca en un alarde de potencia que logra excitar al pueblo soviético, como su sinfonía, Shostakovich lee el discurso y guarda silencio ante las preguntas de los periodistas. En 1936, fue condecorado con el título de “Enemigo del Pueblo”. Su ópera, Lady Macbeth de Mtsensk, que estaba influenciada por las nuevas ideas dodecafónicas de la escuela de Viena liderada por Arnold Schoenberg y las innovadoras formas musicales de la opera Wozzeck de Alban Berg, recibió buenas críticas por los académicos y colegas de profesión; esta aceptación le permitía afianzar su carrera y asentar su vida, y entonces, se publicó aquel humillante artículo en la biblia cultural de la Unión Soviética, la revista Pravda: “ Es obvio que el compositor no se ha propuesto regalar al oído lo que el público de ópera soviética espera y busca en la música”, acusaba al compositor de esteta y a su ópera de burguesa. La mayoría de los críticos que aplaudieron la obra de Shostakovich se desdijeron. La música debía seguir los preceptos del realismo socialista. Sin excepciones. Shostakovich devastado, solo, al borde del abismo de la depresión, sobrevivió componiendo bandas sonoras de películas estrictamente socialistas mientras satisfacía su impulso creativo escribiendo cuartetos, un género menor para el pueblo soviético, y por consiguiente, minoritario, como el Cuarteto Numero Uno estrenado en 1938.
Los últimos años de la década fueron aterradores, Stalin ordenó juzgar a los seguidores de la teoría de la revolución permanente ideada por Leon Trostsky, viejos líderes de la revolución de octubre fueron acusados de Trotskistas, y otros, partidarios de las ideas de Stalin, sufrieron su ira por supuesta conspiración contra él. El miedo se filtraba por los estamentos de la sociedad, las instituciones políticas, la NKVD vigilaba buscando cualquier perturbación del orden establecido por el amado Líder. Shostakovich perdió amigos que apresados en edificios herméticos sufrían torturas horribles y luego eran asesinados o destinados a campos de trabajo forzados, los gulags; declaró en defensa de algunos amigos, pero nada consiguió; su única salida era ocultarse en la música socialista, aunque plana y sin aspiraciones artísticas, lo protegía del terror y de sí mismo. Hitler lo salvaría.
La Alemania del Tercer Reich invadiría la Unión Soviética y ambos bandos se encontraban inmovilizados en la ciudad de Stalingrado, la batalla era larga y brutal, el ejército soviético resistía calle a calle, tomando cada barrio, golpe a golpe. Shostakovich necesitaba contribuir a la guerra, además, ser considerado como un defensor del comunismo frente a las ambiciones imperialistas de los fascistas suponía liberarse de la persecución de la NKVD, que se estrechaba y presionaba su pecho hasta el ahogo. Eran sus últimas exhalaciones. La Séptima Sinfonía, un canto a la victoria, exaltación de la épica, la fuerza del sufrimiento, era la música que necesitaba la resistencia soviética, soldados que se resguardaban entre los escombros de la ciudad y escuchaban la radio mientras las ratas se paseaban por los alrededores y los francotiradores enloquecían a los oficiales de la Wehrmacht. Ganaron la batalla, y la guerra. Shostakovich sería una estrella de la música, un ídolo cultural. Pero su espíritu creador se rebelaba y compuso la Octava Sinfonía, oscura y extensa, que las autoridades aprobaron con reticencias. Dimitri paseaba por el salón de su vivienda en Moscú, deseaba que su Undécima Sinfonía, 1905, fuera el símbolo del renacer, el nuevo hombre socialista que luchaba por el nuevo paraíso socialista, y por ello, había representado la destrucción en su segundo movimiento, y ahora, pensaba, expresaré la muerte, un réquiem socialista por las víctimas de la plaza roja, la política rusa esta cambiando, ¿Es verdad? Dimitri no respondió, era mejor no escuchar, silencio. Nikita Jruschov había alcanzado el cargo de primer secretario del Partido tras afrontar una dura batalla interna por el poder y quería romper con la política estalinista, un nuevo Líder, un nuevo Orden. Las persecuciones a los enemigos del Partido se relajó y la política cultural no era tan exigente, por otro lado, la NKVD se había disuelto en 1954. Jruschov sabía que el pueblo se sentía y estaba explotado, entonces debía liberarlos de la decepción, “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie” frase del Gatopardo de Lampedusa: rechazaban el capitalismo, pero aplicaban sus principios y su pragmatismo. Golpea el piano, el tema de la invasión de la Séptima Sinfonía retumba en la habitación, los brazos caen salvajes, se alienta, Shostakovich entona la melodía rabioso buscando la inspiración, instante, acaricia las teclas, discreto, los contrabajos tocaran pausados y la sección de vientos desarrollará el tema desfallecido por las víctimas. Los acontecimientos ocurridos de Hungría se mezclan en notas y Shostakovich no puede escapar. Escribe sobre la revolución húngara. El 23 de octubre, había amanecido frio y los alumnos de la universidad de Budapest se calentaban con palmadas en la espalda, abrazos y besos. Congregados en la plaza del parlamento de Budapest gritaban sus dieciséis puntos: demandaban reformas industriales, democracia y derecho a la libre expresión. El gobierno húngaro denunciaba la manifestación por la radio y los estudiantes, enfurecidos, cortaron la cabeza de Stalin, literal, la muchedumbre destrozaba la estatua del líder supremo. Un cabezudo ridículo caído sobre el suelo atravesaba la plaza. Disturbios. Las tropas soviéticas desplazadas en Budapest cargaron sobre la masa que huía; muerte y desolación. El comité central húngaro decidió nombrar primer ministro a Imre Nagy para acallar la revolución. Nagy había apoyado las reclamaciones de los estudiantes. Se encontraba en su sitio; y asumió el liderato de la revolución. Jruschov afrontó la revolución enviando tropas, tanques y bombarderos.
La bomba reventó el adoquinado de la plaza. Pájaros monstruosos sobrevolaban el cielo de Budapest destruyendo los edificios. Polvo, escombros, postes de teléfono destrozados, camiones calcinados bloqueando la calzada, obreros luchando en las barricadas contra los soldados soviéticos. Imre Nagy se había enfrentado al comité central del Partido Soviético amenazando con su salida del Pacto de Varsovia porque los húngaros, exhaustos tras la represión estalinista de Rákosi, deseaban un nuevo sistema socialista más liberal; incluso, se atrevieron a suprimir la palabra socialista del discurso leído por Imre Nagy. Monstruos de acero con una trompa alargada reptaban por el suelo de las calles, parecidos a tanques, devoraban paredes, barricadas y liquidaban a los obreros que no se habían escondido de su lengua de fuego. El ejército soviético arrasó Hungría. Imre Nagy fue ejecutado. Orden restablecido. El monstruo dormitaría en su caverna.
El tiempo avanza, se detiene, retrocede, se desplaza al futuro, regresa al pasado. El espacio desfigurado en una masa espesa que el tiempo esculpe creando formas. Caos. Las ruinas sostenidas en el aire se alzan sobre la niebla. Las balas surgen de la carne de la mujer suplicante y la esquirla de la barricada atraviesa la infinitud. El rostro partido del hombre se estira, se contrae y el sable del jinete descompuesto en partículas, átomos, vuela por la atmósfera. Gritos, llantos, aullidos, fonemas escritos en el viento de San Petersburgo y Budapest. Música. Ondas de sonido dilatadas, sin curvatura, una línea que evoluciona hasta desaparecer. Luz y oscuridad se funden. Movimiento. Espacio y tiempo, expansión, contracción, desaparición, nada.

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