Elección

Autor: Héctor Higuera

Intentas descansar tras una noche de noticias negras, mortales, atentado en Niza. Las sábanas pegadas a la piel, calor, sudor, imposible encontrar el sueño; y empiezas a pensar: teorizas. Hipótesis: el amor y el odio son lo mismo. Los movimientos totalitarios que aparecen antes de la Segunda Guerra Mundial se servían del odio hacia un colectivo. El odio dominaba sus acciones; pero encontramos una paradoja: sentían amor hacia ideas, símbolos o personas. El régimen nazi exterminaba judíos, discapacitados y marginados, y a la vez, amaba a su Fuhrer. El filosofo Ludwig Wittgenstein escribía “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. Sentimos, y después, definimos y categorizamos. La emoción es abstracta.

Si no podemos expresar con seguridad que es sentir amor o odio, ¿Como lo diferenciamos? Tenemos dos teorías contrapuestas que buscan la esencia moral del hombre, Thomas Hobbes “El hombre es un lobo para el hombre” y Jean Jacques Rousseau “El hombre es bueno por naturaleza”; tendemos a elegir entre ambas concepciones; pero partiremos del supuesto de que el hombre es tabla rasa, según su situación, la costumbre, los códigos morales, la política, su experiencia vital, dependiendo de variables como estas, puede actuar bien o mal. Grupos de extrema derecha captan a jóvenes de familias disfuncionales, inseguros, o víctimas de maltrato, jóvenes que buscan cariño y ser aceptados en una comunidad; y por otra parte, tienen resentimiento hacia un mundo que no les ha amado. Odio es, potencialmente, amor; y viceversa. Sentimos eso que llamamos amor o odio simultáneamente, y diferenciamos porque elegimos. Entremos en el terreno práctico, el sentimiento abstracto se hace tangible mediante la acción; y el marco que propicia la acción positiva, el bien, solo puede ser la razón. La elección idónea esta en la razón; es la única solución que encuentro, y si queremos orientar la razón hacia el bien, debemos guiarla con los principios morales. Sin embargo, en la actualidad, se vulneran la carta de Derechos Humanos y las Constituciones de los Estados; así como, las desigualdades económicas y, por tanto, las desigualdades sociales, empiezan a darnos cifras alarmantes. Si el marco político legal se fractura, la sociedad pierde la confianza en las instituciones y, más relevante, en los principios democráticos y la cohesión social. Los principios morales resisten más, pero la presión que soportarían, solos, ante una situación en contra, acabaría por destruirlos. En los países europeos, los partidos de extrema derecha están en auge, formándose; partidos de extrema izquierda y grupos anti-sistema surgirán para enfrentarse a la extrema derecha. El fanatismo religioso, y sus atentados, refuerza las ideas de estos grupos y sigue ambas direcciones porque la desintegración alimenta el fanatismo. Mientras, el liberalismo conservador juega, inocente, con la xenofobia y el nacionalismo para conseguir votos, favoreciendo a los partidos de extrema derecha, y a su vez, la socialdemocracia se comporta con pasividad ante las amenazas al sistema político vigente desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Estamos todavía lejos de lo que yo, teorizando, llamo el limite de ruptura, definiéndose como el límite que separa a una sociedad regida por los valores universales de tolerancia, igualdad, y cohesión social, y una sociedad dominaba por la agresividad, la violencia, la intolerancia y la ruptura social. Los totalitarismos se produjeron por esta ruptura. La situación social y política que produzca los mismos movimientos sociales no existe en la actualidad, pero hay indicios que no instan a ser precavidos y actuar. Por otra parte, la historia tiende a repetirse, camuflándose, y encuentro un riesgo en la corriente popular a favor de la tecnocracia, consecuencia de la deriva y corrupción de los sistemas democráticos; tecnocracia es un neologismo que supone ser gobernados por los “más preparados técnicamente”, sin procesos democráticos, y si los hubiere, sin pluralidad política. La modernización del Gran Hermano Orweliano por el bien de la eficiencia y la competitividad. Estoy escribiendo distopías. Pero, al contrario que la Utopía, la distopía se hizo realidad en el pasado: Segunda Guerra Mundial.
Debemos elegir.

Anuncios

Comentarios

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s