No abren

Autor: Héctor Higuera

– Tiene unas instalaciones magníficas, todo tan ordenado y arreglado…
– Hay exceso de residentes – Asunción recoge la tarta de las manos de su hermana. – No confío que puedan servirles con human…
– No te preocupes, Asunción.
– Hola, Vicente – dice Asunción, le abraza – El otro día estuve con Noelia. Tenéis una nieta preciosa.
– Es muy coqueta, mi princesa – dice mientras besa a Celia – Ahora le ha dado por las muñecas esas estrafalarias, modas, espérate que no cambie, y que no vista así de mayor.
– Tu eras igual, y ya después, no te olvides de aquella camisa multicolor…
– No me lo recuerdes, Celia, horrendos ahora, pero en esa época…Papá creo que pensó que su hijo era maricón. – sonrisa entrecortada.
– Otros tiempos –dice Asunción, agarrando con fuerza la tarta, caminando.

– Papá era recto, demasiado recto, si hubiera…
– ¿Y…y…cómo se encuentra papá? – Vicente mira la tarta.
– Deberías saberlo – Celia pulsa el timbre de la residencia. No abren.
– He tenido mucho trabajo, no he podido hacerme responsa…
– Responsable de qué…de qué…¿de tu padre?
– Acordaros de que es el cumpleaños de papá- Asunción espera en la puerta. No abren.
– No hables, no hables, tu eres la menos indicada – Vicente mira a Celia- nunca te has comprometido con la familia, en fin…déjalo, es el cumpleaños de papá.
– ¿Pero tu ves tu comportamiento?
– Por favor, Celia, pasado, pasado – dice Asunción sosteniendo la tarta. No abren.
– Comportamiento – Vicente ríe sarcásticamente – siempre fuiste la marquesa de la casa, papá por aquí, papá por allí, y hacías lo que te…
– Me daba la gana, sí, no soportaba sus normas, el orden, quise volar.
– Dejando a tus hijos con papá, bueno con mamá, porque la marquesa quería ver mundo…volar.
– Eres un gilipollas. Me separé de ese bicho de mi marido y necesitaba cambiar de aires.
– ¿Seguro que tu marido era el bicho? – Celia se abalanza sobre Vicente, empuja a Asunción y la tarta se estrella contra el suelo.
– ¿Porque, porque? – Asunción, llorando, recoge los restos de tarta.
– Tu si que eres santa, Asunción, ¡Santa! – Vicente intenta abrazar a Asunción, cambia de idea.
– Y nosotros satanás. – Celia mira, penetrante, a Vicente. Abren la puerta.
– ¿Donde puedo tirar…? ¿Quiere que freguemos nosotros? -dice Asunción, forzando una sonrisa.
– No se preocupe, mujer, nosotros nos ocupamos – responde la recepcionista. – Allí, tiene una papelera. – Asunción arroja los restos de tarta.
– Estará en el saloncito – Celia se adelanta y sus hermanos la siguen apresurados.
– Hacinados, están. – dice Vicente, mientras aprieta, con delicadeza, el hombro de Asunción.
– Quisisteis, quisimos, que fuera así. La residencia es lo que podemos pagar – Dice Asunción, persiguiendo, ambos, a su hermana. – Si mamá viera esto.
– Mamá, nunca habló, pero tu crees que, en el fondo, le hubiera importado donde esta tu padre.
– Papá, papá. – Celia saluda desde lejos. El anciano esta sentado,adormecido.
– La súper hija. – Dice Vicente, mientras saluda con la mano. El anciano no contesta a los saludos.
– ¿Papá, papá, me oyes? – Celia abraza a su padre. Vicente besa. Asunción abraza y acaricia su rostro.
– Mis niños, mis guapos hijos. Papá va a jugar con vosotros a lo que queráis: ¿Al escondite, al fútbol? Mamá, mamá, que buena eras, la mejor madre que he tenido.

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