Diluviaba

Autora: Mª Antonia

La primera vez que le vi diluviaba. Era otoño, eso lo recuerdo bien.
Escuche el sonido de la azada y baje a ver quién estaba trabajando en el jardín. Le vi de espaldas agachándose y levantándose con un anorak obscuro y una capucha. No sabía quién era e hice ademan de acercarme para comprobarlo pero desvíe un segundo la vista y, al volver a mirar, ya no estaba.

La segunda vez que escuche la azada también llovía, baje deprisa y le grite:
– ¡oiga, oiga!
Pero cuando estaba pronunciando el tercer “oiga” me di cuenta de que había desaparecido.

Me entró miedo, desasosiego y también una sensación de incredulidad. No podía ser. ¿Qué había ocurrido?  ¡Había desaparecido ante mis narices! Recorrí el jardín pero no estaba, no estaba.

Entonces me asaltó la imagen de un recuerdo antiguo: mi padre arreglando esa misma valla hacia 25 años en un día de lluvia. Él estaba solo y mis hermanos y yo jugábamos con los amigos en la plaza pero yo, de vez en cuando, bajaba a ver si necesitaba ayuda.

Me quedaba un rato ayudándole a transportar las piedras desde el montón a la valla y al cabo de unos minutos me volvía con los niños a jugar. El deseo de no perderme el juego me hacía marchar pero el recuerdo de mi padre me hacía volver porque la culpa que me ha acompañado siempre estaba ya allí.

¡Qué extraño que recordara ésto en lo que no había pensado en muchos años!

No le conté a nadie lo que había visto, claro.  Era lo que me faltaba para terminar de minar mi credibilidad.
Pero no pude dejar de darle vueltas durante los siguientes meses hasta que poco a poco se quedó en mi conciencia como si fuera un sueño.

En el siguiente otoño volvió a suceder.

Esta vez me pare, le observe desde lejos más tiempo y reconocí, ya sin ninguna duda, la figura de mi padre. Desde luego si en el más allá puedes elegir un lugar al que pertenecer, mi padre hubiera elegido este sitio. El lugar que más amó y en el que fue más feliz.
Y ante este pensamiento dejé de tener miedo y de hacerme preguntas.

A partir de entonces, todos los días lluviosos de otoño o invierno en los que estaba sola en la casa, me bajaba a observar y enseguida aparecía. Me hubiera gustado que se hubiera dado la vuelta, pero nunca lo hizo.

Pasaron los años, paso la vida y un día me dí cuenta que él ya no estaba solo. A su lado había una niña de unos 11 años con un anorak rojo que le ayudaba.

Es imposible,  me dije. No puedo ser yo. Pero …  ¿y si lo fuera? ¿y si lo que tenía ante la vista era el pasado, la visión de aquel día que tan vívidamente recordaba junto a mi padre?
O, peor aún, ¿y si era el futuro que me esperaba?

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