Mancha sobre agua

Autor: Héctor Higuera

Melissa frente al agua piensa que su madre tenía razón cuando dijo “¿Dónde vas tú con eso? Allá déjalo.”, pero no volvería atrás. Enseñaría su precioso vestido de comunión. Cruzaría las aguas que ella nunca supo que eran fecales, porque aquí las cosas no tienes nombres como fecales, solo es agua con mierda. Conseguiría que el vestido no se ensuciase. Con delicadeza, dio su primer paso sobre el agua, no salpicó, adelantó su pie izquierdo, no salpicó, no era difícil. Soñó que era una bailarina con su vestido blanco que bailaba sobre la tarima de un teatro gigantesco, que, girando sobre si misma, levantaba la pierna vertical, bajaba, abría los brazos ofreciendo al público su salto, pero Melissa debía ser precavida y no saltar, no manchar su vestido, debía dejar de bailar. Palpaba con sus pies descalzos la basura clavada sobre el lodo, las botellas que le hicieran resbalar para caer, ella, su vestido, en el agua. Los cerdos se acercaban. Negros, rebozados de barro y restos de porquerías, con su panza  rozando el agua, olisqueaban entorno a Melissa. La empaparían si no se alejaban. Tenía miedo, había escuchado como un cerdo monstruoso había devorado a un bebe, se lo dijo Ángelo. Arrojó una botella lejos que asustó a los cerdos que huyeron sin salpicar. Envolviendo la masa de agua había una muralla multicolor de basura, todo el espectro de colores, plásticos reciclables que Melissa recogía cada mañana, antes del amanecer, cuando los camiones del ayuntamiento vertían sobre el basurero su alimento; y ellos, los camiones, eran el siguiente riesgo que tenía que afrontar porque un camión se dirigía a verter la basura y, en ocasiones, se acumulaba tanta que perdía su consistencia y se derrumbaba en una avalancha que arrastraba el resto de basura hacia los bordes del agua, la anchura de la charca se reducía y el nivel del agua aumentaba, en fin, el vestido se mancharía. Atenta, veía a los hombres acercase, agruparse alrededor del camión, y a las ratas esperar, mientras arrojaba la basura, para volver a arrancar dejando a los hombres luchando contra los hombres, las ratas contra las ratas y los hombres contra las ratas. Pero Melissa estaba limpia. Se subió la falda, agarró con fuerza, y corrió sus últimos metros. Estaba en la otra orilla. Sintió la arena húmeda.
Feliz, no vio como Angelo recogía agua con las manos, se acercaba sigiloso y vertía el agua con los restos de excrementos, sangre, papel, mierda , sobre su vestido.

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