Nota de cata

Autora: Carolina Ávila

Era una noche cualquiera, cuando, siguiendo un impulso, Marie decidió que había llegado el momento de abrir aquella botella que llevaba unos meses abandonada en un rincón del salón.

También había sido un impulso lo que llevó Marie a decirle a Marcos, unos cuantos meses antes, igualmente en una noche de un día laborable cualquiera, que cogiera un taxi y fuera a su casa. Marie lo recordaba mientras abría la botella con un viejo sacacorchos de dos tiempos, estilo sommiller. Sus pensamientos fueron interrumpidos por el “ploff” que generó el corcho al soltarse, justo como no debe abrirse una botella… justo como más placer produce. “Quizás es un vino demasiado bueno para terminar dentro de tres días en un guiso improvisado”, pensó. Sonrió al echar tres cubos de hielo falso de colores que recuerdan los años 80 para intentar bajar unos grados la temperatura del mosto. En bragas y camiseta, Marie trasladó la copa al sofá y la dejó enfriar un poco, mientras recordaba aquella primera noche en la que Marcos entraba silenciosamente en la casa y la besaba profundamente, convirtiendo su historia – fuese cual fuese el desenlace – en algo mágico e inolvidable para Marie.

En unas pocas copas se habría terminado lo único que quedaba de aquella relación. De los cuatro meses que habían compartido no existían otros regalos y Marcos tampoco había dejado camisetas olvidadas o libros prestados. Además no tenían amigos en común ni se habían molestado en vincular sus perfiles en las redes sociales…unos mensajes en el móvil que el tiempo y las actualizaciones se encargarían de borrar, y no habría memoria de aquellos meses.

Marie hubiera podido guardar la botella, pero los momentos especiales no siempre llegan. Además, se trataba de una cosecha del 2011 y no hubiera aguantado el verano. La relación con Marcos tampoco aguantó.

Al coger la copa, y aunque no pretendiera analizar el vino, Marie no pudo dejar de darse cuenta de la intensidad de su color cereza. Un breve y tímido giro del cáliz bastó para que notara con ironía las impresionantes y densas lágrimas que se formaron en contacto con el cristal. Intuitivamente, Marie acercó la copa a la nariz y le invadieron multitud de aromas a frutos rojos maduros y madera.

Finalmente, dio el primer trago. Un paso por boca lento, satisfecho… un sabor persistente que parecía querer quedarse más allá del recuerdo gustativo.

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