Etapas

Autora: Annarella Pigna

Estoy en la edad en que la vida ya no es un proyecto. He vivido más de lo que me hacia falta; lo expreso sin nostalgia alguna por lo que fue o pudo haber sido.

Los años han pasado y las huellas dejadas en mi cuerpo y mi alma son tangibles y reales. Hoy tengo que hacer un esfuerzo mayor para lucir mejor y, aún así, siempre con la misma alegría y positividad.

La esclavitud de pintarme el pelo y cuidar mi cara, me recuerdan que mis lágrimas y mis risas no han sido en vano; que cada cana y cada arruga tienen su historia. He vivido mucho, he reído mucho y he llorado mucho y todo ha dejado sus huellas.


El gran cambio que los años aportaron a mi vida se ha producido en mi sabiduría; los años me enseñaron a priorizar, a conciliar con el amor, a agradecer el regalo de la amistad y a afianzar mi espiritualidad: a bendecir y ser bendecida; a amar y ser amada.

Hoy confieso que un beso de mi hijos, la sonrisa de mis nietos, o una celebración familiar, producen más luces en mi vida que la más deslumbrante constelación de estrellas.

Los años pasados me han demostrado que mis amigos y mis amigas han sido seres de luz que han iluminado mi camino en algún momento y en algún lugar, sin importar el tiempo y la distancia.

Los años han transcurrido y la realidad de mi vida ha ido cambiando. Aunque mi cuerpo físico esté envejeciendo, mi alma y mi espíritu se está rejuveneciendo, y hoy me siento más joven que cuando era joven. No temo a la vida y mi época de inseguridades y de correr tras la vida ya pasó. Atrás quedó el vivir en un constante y continuo contra reloj.

Me permito aflorar la sensibilidad que me caracteriza y las emociones que me invaden. Siento plenitud.

He caminado lo suficiente para entender, que no puedo vivir de apariencias, porque si lo hago, dejo de vivir lo que es esencial para mi alma y el respeto hacia mi misma.

Después de tantos años, entendí que el amor verdadero es real, que su presencia en mi vida ha sido el producto de todo el amor y las virtudes emanadas por quienes han pasado por mi vida, dándome todo lo mejor que podían y lo que tenían.

También comprendí, que no debo más que sentir agradecimiento por haber tenido el privilegio de que mis amigos me eligieran como una acompañante del alma y del corazón en sus rutas por la vida ¡Soy tremendamente afortunada!

Vivo mi realidad día a día y absolutamente feliz de tener la dicha de poderlo hacer.

Soy consciente de haber escalado la empinada montaña hasta llegar a la planicie donde, aunque muy lejos, ya vislumbro el horizonte con la misma ilusión de cada etapa en el camino de mi vida.

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