La primera vez

Autora: Beatriz Guillén

Aquella mañana mamá y papá vieron como tenía mucha fiebre, eran las cuatro y media de la mañana y no podían llevarme al médico de la seguridad social, pues necesitaban el transporte público.
Mi madre me ponía gasas frías en la frente mientras mi padre, buscaba desesperado un médico o farmacia de guardia, en la zona no había ninguna. Porque vivía en un lugar frío y de paredes de cartón, ese húmedo lugar, me había enfermado.
Me dolía el pecho y sonaba con ruido, mi papá esperó hasta las 6 de la mañana para llevarme al hospital.
Cogió el dinero que le habían dado por su trabajo como chatarrero, y volviéndose a mi madre, le dijo: vámonos ya.

Era muy pequeño y me llamo Manuel, y nunca en mi vida había visto a pesar de la fiebre ese color intenso en la paredes del metro de Madrid, me sorprendió la entrada de un monstruo, ruidoso y rápido, que salía de una garganta oscura y tenebrosa. No sé si sentía más miedo o impresión por mi dolor corporal o por esa extraña criatura que salía de las entrañas de la tierra.
Mi papá tocó el botón para abrir la puerta, y mi mamá me cogió en brazos, y suspiraba mientras nadie en esa estación decía nada, solo varias personas miraban teléfonos móviles y tecleaban y escuchaban música.
Se sentaron expectantes a que llegara la estación del Hospital donde me cuidarían, aquel instante fue a la vez divertido y emocionante, a pesar de que yo no estaba en plena consciencia.
Ahora subo todos los días al metro, con diez años que tengo, me gusta ir al colegio y creo que el metro es un lugar donde los empujones son habituales, y mirar a un niño como yo no tiene nada de particular; soy uno más en este Madrid, porque gracias que mis padres fueron corriendo a paliar la fiebre que tenía a través de este monstruo de acero que salía del túnel, puedo ir al colegio y aprender más de lo que ellos saben.
Mi profesora: “Manuel, debes leer más, pues en esta vida no sabes lo que puedes encontrar”, se lo dice a todos, pero especialmente a mí y un día en el metro encontré carteles de narraciones, desde entonces los leo todos, son tan conmovedores, algunos no los entiendo, otros son poemas, pero todos ellos me entretienen mientras paso de una estación a otra.
La gente sigue mirando sus Smartphones, pero yo miro los carteles, me son más interesantes que ver eso del Facebook, o jugar a juegos de azar, por eso, hoy por hoy, mi imaginación se despliega como las alas de las águilas y deseo fervientemente volver a coger ese metro para poder leer historias salidas de la imaginación de personajes  que aún no he estudiado.

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