Días de radio

Autor: Pedro Sobrevilla

La cigarrera Isabel se despertaba todas las mañanas en La Gran Vía, cuando paseaba por la calle hacia Plaza España le hizó recordar el Broadway de los años treinta de la gran Depresión, y añoraba las noches de lo prohibido, la ley seca ,cuando ella servía alcohol.

Ella veía, y le gustaba, el ambiente de los trajes caros de los pijos de la movida, que escuchaban a Sabina en antros de luces de neón, la música de jazz de los intelectuales freaks, los vinilos, el champán, el ambiente de bailarinas de cabaret en los teatros.

Ella tenía tablas en el doblaje de seriales antiguos para radio, que se escuchaban en las casas con aparatos sonoros antiguos de madera.

Tenía las supersticiones de grandes divas, rubias como ella, estando en pleno crepúsculo de diosa le tocó actuar en un teatro el día 13, y el número trece, pero todo salió bien y el público aplaudió.

Se pasaba las noches viendo cine clásico en blanco y negro de Orson Wells, y leyendo las vidas de directores de cine negro con los que había trabajado.

Y su creencia en su físico, en su belleza, era sobrenatural como de origen extraterrestre.

Transcurrido el tiempo en pleno invierno, en su tiempo de ocio de descanso de los teatros y de ensayos, conoció a un italiano en un restaurante de comida italiana, se llamaba Carlo.

Su amigo Chen que tenía un restaurante chino, en Chinatown, en una galleta de la suerte le dijó que su destino era enamorase y tener un hijo, y así se cumplió.

Del teatro pasó al cine de Hollywood, pero le hizó separarse de productores judíos que conoció en dicho barrio de Nueva York, porque le alejaban de su marido Carlo y de su hijo Arón.

Ella empezó a soñar con querer ser actriz, cuando un día en un gimnasio de su amiga Susana, en Avenida de Manoteras, que la conocía de un viaje a festivales de cine, allá en Gijón, y como a Susana le gustaba el baile, le comentó la idea de montar un gimnasio, que a lo largo de los años no le fue bien y tuvó que cerrar.

Isabel empezó a trabajar de cigarrera, con su rubia y alta amiga Susana de camarera.

Después del estrés de martes a sábado todas las semanas, en un bar antiguo de madera, con dos puertas, y con cristales gruesos translúcidos. Ella soñaba, al verse reflejada su cara y su cuerpo en un espejo, que le llamaría un director de cine de Hollywood.

El arte de la interpretación lo aprendió de películas españolas antiguas y series de detectives; ella, tras trago y trago de coctelera, creía en la magia del cine.

Su mayor pasión era los grandes espectáculos musicales de la Gran Vía con actores veteranos.

Después de terminar de trabajar en el bar Terra Nueva, de Príncipe de Vergara 222, propiedad de un músico excéntrico y calvo de cuarenta y cuatro años, apodado el doctor Risueño por su apellido, y como nombre de pila: Manu.

Aprendió al entrar a ese local, la importancia de la música en el cine, la importancia de un buen decorado. Lo que es ponerle romanticismo a una secuencia. Todo en general.

Ella aprendió sobre el vestuario y la ropa vintage, como son los secretos de los guionistas para escribir las historias que se reflejan en pantalla, y como crear y transmitir ese personaje.

Ella caminaba por la calle del barrio de Chamberí, Fernando VI hacia Regueros, el Búho Real, para entender lo que es la importancia de las letras de los mejores cantautores.

Allí, es donde conoció a la madre del doctor risueño de 74 años, llamada Beatriz, y su experiencia, ilusión y confianza en ella, le lanzaron al teatro y luego al estrellato en Hollywood.

El boulevard de los sueños rotos y de los secretos ya estaba recompuesto.

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