Visión eterna

Autora: Beatriz Guillén

La playa inmensa se abre ante mis ojos ya ancianos, ese día lo recordare cual hombre descubrió la luna, en mi vida había visto el mar, y fue gracias al IMSERSO cuando vi el mar; me ayudaron las señoritas de la residencia. José es mi nombre, y ver tanta gente ese día me colmó de una sensación asustadiza y perdida, pero a la vez llena de alegría y emoción.

El mar, palabra de tres letras pequeñas, pero tan inmenso que no podía creer que la vida, al final de esta, era capaz de regalarme ese espectáculo, donde niños con sus padres, jugando a la pelota, jóvenes llamativos, con biquinis y bañadores, se refrescaban mientras mis pobres huesos no podían moverse del paseo marítimo; junto unas palmeras me cubrían de sombra del agobiante y pegajoso calor de julio. Saboreaba esa sensación de libertad que, yo en mis tiempos en una familia humilde del barrio de Chamberí, nunca había tenido la oportunidad de contemplar tal espectáculo.

Mi hijo mayor decía que el mar era precioso: “Papá vente con nosotros a la playa”, pero yo no lo deseaba, no deseaba molestar a su mujer y a mis nietos, no deseaba ser un estorbo para nadie, deseaba tal vez estar en Chamberí, ver la tele, leer mi periódico, y no salir mucho de la casa únicamente para ciertos recados ocasionales.

Mi hijo no soportaba verme así, ni yo deseaba que me viera. Así que decidieron que me fuera a la residencia, allí fue, ya inválido, donde planearon el viaje.

Pero cuando llegue allí, a la playa, no entendí demasiado, la coordinación de aquellas personas que nos dirigían al hotel, sin duda era algo planificado por ellos, pero yo nunca entendí por qué tanto cuidado; solo quería ver esa luz reflejada de un cuadro de Sorolla, esa cristalina agua y el jolgorio de las aves que chillaban, las mujeres que algunas mostraban sus senos al sol, otros paseaban tranquilamente por la playa con gorros, quería ver ese espectáculo, pero sobre todo tenía y debía tocar el agua. Me levantaron dos enfermeros al día siguiente de la silla de ruedas, y me sentaron en la orilla del mar, resultaba impresionante como las olas se acercaban hacia mí, y la espuma se transformaba en encaje cuando llegaba a mis pies.

No terminaba nunca ese horizonte, nunca acababa la visión de ese velero que surcaba el agua con esa brillantez plateada.

En mi vida, pensaba que vería algo tan perfecto creado por la mano de Dios, el agua con sus peces, el estruendo de las olas que saltaban al chocarse con las rocas, era como si la vida se paralizase, y me dijera: “José, disfruta, ya bastante trabajaste de joven limpiando calles, recuerda que esta es tu recompensa a tanto esfuerzo y sufrimiento”.

Antonia, mi mujer, ¿me miraría en el cielo, y vería lo que yo estaba viendo ahora? ¿Por qué nunca nos íbamos de vacaciones, por qué malgasté tanto el dinero? Ahora vivo sin ella y desearía ser joven y poder ver esto con ella, sentada aquí a mi lado, bañarnos y jugar a la pelota como los niños.

Pero sé que ella, está dentro del agua conmigo, bañándose también, aquí, a mi lado, como una sirena.

Si después de esta experiencia, que mis ojos ahora agradecidos y llenos de lágrimas han contemplado y después de haber pasado tantas calamidades, no puedo contarle a mi hijo lo tonto que fui por no haberle hecho caso, no seré nunca sincero en mi vida con nadie.

Y eso no pasará porque, por una vez en la vida, podré decir: he visto el mar.

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