Vivir al este del Edén

Autor: Kepa Vadillo

En septiembre se celebran las fiestas de Vallecas Villa, en honor a su patrona, Nuestra Señora de la Torre.

Como cada año, me dejo caer suavemente por la explanada dedicada a la feria. No me gusta demasiado el barullo ni la aglomeración de la gente, pero como es tradición, la Comisión de Fiestas nos sorprende con algún acontecimiento musical y es ahí donde mi visita adquiere sentido.

Este año, nos hemos podido deleitar con la música y canciones de uno de esos grupos con solera y muy representativo en la década de los ochenta y noventa, “La Unión”.

En 1988, publicaron su cuarto álbum, “Vivir al Este del Edén” y supuso un gran éxito en la carrera musical de la banda. En las primeras estrofas de la canción, que da origen al título del álbum, podemos comprobar cómo nos dejaban un mensaje digno de reflexión para los amantes de la nostalgia o saudade:

Paseando el otro día en la mañana
me encontré un amigo de la niñez,
hablaba con nostalgia de la infancia
que dura se ha vuelto la vida después.

Que largos parecían los días
eternas las tardes sin saber que hacer
ahora el tiempo pasa y no perdona
se van meses y años para no volver.

Quien te ha visto, amigo, y quien te ve
como te va la vida, a mí me ha ido bien
tan lejano el paraíso aquel
estoy acostumbrado a vivir al este del edén.

Cuantas veces nos ha pasado que, paseando por la calle, nos encontramos un amigo de la infancia. Si ese amigo, era de los que habían dejado huella, de los que habías pasado buenos momentos, te habías reído con él, al final, los minutos de conversación parecen como si volasen y evocan con ternura aquellos momentos recogidos en nuestro disco duro de la memoria.

Te intercambias el número del teléfono, te prometes que te vuelves a llamar y quedas en algún sitio a tomar algo y te despides efusivamente.

En cambio, si por el contrario, la relación de amistad consistía en que formaba parte del grupo, pero el contacto era colectivo y no demasiado personal, se intercambiaban un par de frases y uno se despide rápidamente, sin entrar en demasiados detalles.

Recordar, nos permite seleccionar aquellos momentos inolvidables que afloran de vez en cuando, con el simple hecho de dar con la tecla correcta. No creo que sea necesario dar al “enter” cada vez que queramos volver hacia atrás en nuestra memoria, pero es saludable volver a recordar aquellas experiencias que forjaron en la medida de lo posible nuestra personalidad.

Permitidme que os relate como sería un encuentro de dos amigos de Bilbao que hace veinticinco años que no se habían vuelto a ver y se reencuentran en el Arenal de Bilbo.

Koldo: ¡Ayvalahostia! cuanto tiempo sin vernos.

Patxi: ¡Me cagüen en diez Koldo! Qué alegría.

Se dan un fuerte abrazo, muy típico del norte. Aunque somos bastante parcos en palabras, no en gestos, nos gusta el contacto.

K: ¿Qué tal? ¿Qué has hecho estos años? Cuanto tiempo sin verte.

P: ¡Nada!, poca cosa, ya sabes. Acabé la carrera y como no sabía qué hacer, pues me fui a dar la vuelta al mundo. ¡Oye! En treinta días lo recorrí todo, no como el Willy Fogg ese, que tardó ochenta días.

K: ¡Joder! ¿Y cómo te organizaste sin saber idiomas, solo hablando euskera?

P: ¡Hostia, como va a ser! A los vascos se nos conoce en todos los sitios. Cuando llegué a América dije que era de Bilbao y ya está. Las puertas abiertas, me invitaron a comer y todo, y así sucesivamente.

P: ¡Oye! ¿Y tú que haces? Te veo en forma, no has engordado nada.

K: Ya sabes, hay que cuidarse. Vengo ahora del gimnasio. Dos horas levantando piedras de doscientos kilos y unas carreras. Luego por la tarde, piragüismo en la ría de Bilbao, me voy remando hasta Santander ida y vuelta.

K: El otro día vi a tu amatxu, ¡Oye! No ha cambiado nada, sigue como siempre, guapa, guapa.

P: Si la verdad es que sí. Tiene ochenta y cinco años, pero coge los bueyes por la correa, tira de ellos por el monte, los deja a pastar, corta la leña, y se baja treinta kilos en cada brazo. Como una chiquilla.

P: ¿Al final, te casaste con Nagore?

K: ¡Claro! ¿Sabes que nos regalaron de viaje de bodas? Ya sabes cómo somos, un regalito de nada: un viaje ida y vuelta a la luna, pero con un nuevo vehículo que han hecho en Fagor que se impulsa a pedales.

Se fueron a tomar unos chiquitos de vino de rioja, por el Casco Viejo de Bilbao y recrearon con entusiasmo las vivencias de cada uno de ellos, como suele suceder casi siempre en esta zona del norte de España, con cariño, pero sin exageración.

Se despiden con un abrazo, se ajustan la txapela, pues empieza a llover de nuevo. Es la hora de comer. Unas buenas alubias de Tolosa, un chuletón de un kilo de buey y de postre, tarta de queso.

Agur.

Mar, amanece, que no es poco.

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