La bruja y el gánster

Autor: Pedro Sobrevilla

Había una bruja extremeña de treinta y siete años cuyo nombre era Azucena, amante de los partidos de fútbol y del Atlético de Madrid, que le gustaba viajar con su marido brasileño Ricardito, jugador de fútbol sala, a carnavales y bailar samba y beber caipiriñas.

Por una tradición de su amiga gallega, Estrella, en el camino de Santiago y debido a sus creencias, le gustaba invocar a las meigas haciendo queimadas para que le protegiese en un futuro.

Experimentando un día con cigarrillos combinados, escuchando a Bon Jovi en un bar de la calle Marchena, se olvidó de que amanecía.

Conoció a un gánster de Marruecos en la sala La Luna en la calle Aduriz, que se llamaba David, que le llevó al consumo de tóxicos, y a verse atrapada en una paranoia no real de un juego de rol.

Veía el mundo tras el cristal de su casa en las mañanas de resaca, dolor de cabeza, días de lluvia y monotonía.

Los clubs liberales, un ambiente de pintores intelectuales, de libros de filosofía de la calle Gravinia, de tardes de libertad sexual y whiskys con naranja, y pinturas rimbombantes y pedantes, convirtieron a Azucena en una intelectual.

Su marido Ricardito, era amante de la literatura de ciencia ficción, el cine de ciencia ficción y la música de David Bowie que les hizo enamorarse y soñar que flotaban en el espacio, en el cielo anaranjado de Marte, en los meteoritos, crearon la sensación de ingravidez emulando a 2001: Una odisea del espacio de Stanley Kubrick. Soñaron estar entre estrellas.

En un sueño volando en dirección al río amazonas, en un paisaje de cielo azul impresionista de Van Gogh, que a la vez era fovista y cambiaba al color rojo.

Los tóxicos les hicieron sentirse como cien gaviotas migratorias que habían salido de la canción de Duncan Dhu.

Eran unos pájaros, que debido a su tirano Alfredo, calvo y regordete, se habían escapado de una mansión lúgubre y tétrica de corte victoriano, allí en Londres, y de una sombra negra pasaron a humano, y se convirtieron en blanco. En realidad era un dibujo, pero la experimentación de tóxicos les hizo creer que volaban de verdad, y en el cielo no había nada, solo nubes.

Un día de borrachera, el sueño era tan real que observó a su marido haciendo escalada en un acantilado. Ella, en tiempos de escuela, había sido bailarina de ballet y gimnasia rítmica. Entonces volaron hacia la cima de la montaña, desapareció el mar, se vieron atrapados en la dimensión infinita del sueño, y les hizo caer en un abismo de donde los dos no podían salir.

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