Cerré los ojos

Autora: Mª Antonia

Cierro los ojos.

Estaba esperando una respuesta a mi despedida pero no decían nada.
El padre había dicho las frases habituales de adiós y de agradecimiento pero los niños apenas me miraron. Cuando ya me volvía, la pequeña Sara vino corriendo y sin decir una palabra me dio un abrazo largo, muy largo. No hacían falta palabras para decirme que me echaría de menos y que empezaba a entender que las despedidas eran parte de la vida. Su madre había muerto apenas seis meses antes y mi estancia con ella había sido el preludio de otro adiós.

El tren ha parado y dejo de pensar en Sara. Me acomodo en el asiento y me pregunto que estará haciendo Brian.

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El amor para mí, si existe

Autora: Beatriz Guillén

El amor, para mí, sí existe, existe cuando escuchamos una buena melodía y en las voces de las personas. El amor existe a través de mis padres… La que está en la tierra y el que está en el cielo. El amor es duro pues si se pierde duele. El amor es parte de nuestra vida. Adoro el tierno verdadero amor que tiene el hombre y la mujer a su propia naturaleza y condición humana. Teatralmente el amor se disfraza tras ese telón que llega al corazón de los espectadores por actores que fingen un amor teatralizado e inconcluso. El amor es un niño que ríe tras sufrir una experiencia tan dolorosa como haber sufrido un cáncer. Amor significa, a la vez, tener dolor cuando una madre da a luz a sus hijos. El amor es tan espectacular que no se puede perder en este tiovivo que es nuestra vida. Amor es llorar por amor. Y amor es viajar y dar algo a los demás aunque sea un trozo de pan. El amor existe en nuestro yo.

Da sin renunciar a tus derechos y ama pues es lo único que te llevarás cuando nadie te recuerde.

Pensamientos nocturnos.

La amistad

Autor: Kepa Vadillo

Roberto Carlos, el cantante brasileño, no el jugador de fútbol (sintiéndolo por los madridistas forofos del equipo Sábados Tarde), compuso en 1982 una canción que se llamaba “Amiga”.

La letra, nos habla de la amistad como de esa complicidad que tienen los espíritus afines, de cómo su relación se basa en el respeto y el auxilio en los peores momentos.

Es una canción en la que dos amigos conversan sobre la relación de amor de uno de ellos. Ella le contesta…

“Amigo, yo te agradezco por sufrir conmigo
Intento verme libre y no consigo
Él era tantas cosas para mí…”

El sábado, tenía un concierto en la Plaza de Pontejos. Al llegar al lugar del acontecimiento, me reencontré con los miembros del coro, y pude observar el escenario donde interpretaríamos nuestro repertorio y el quorum existente.

Ante tanta marea, solicité permiso a mi director y me ausenté para incorporarme de nuevo al grupo de Sábados Tarde.

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El hombre del traje gris

Autor: Pedro Sobrevilla

Érase una vez un hombre que comenzó convirtiéndose todo en gris, hasta su traje, como en una maleta de atrezo, que también era gris, que la consiguió en esos viajes de trenes que van hacia el norte.

Pero que realmente antes de empezar en el Parque del Retiro de Madrid, junto a un lago, comenzó en la calle Arenal hasta Ópera.

Sus versos los hacía en una habitación abandonada de poetas ilustres, allí en la calle Pinar, y sus momentos de inspiración los conseguía en un café de María de Molina con Castellana, donde había música funky y hip-hop, y grafitis urbanos en las paredes.

Antes de tener un traje gris, tenía sueños en blanco y negro que no pasaban a color, pensando en una camarera dominicana llamada Diana.

Sus paseos por el principio de la calle Alcalá, en irlandeses dedicados al escritor James Joyce, sus conversaciones intelectuales y literarias con la alumna de veintiún años, Jennifer, de allá, del Perú.

Antes de ser mimo callejero, tenía relación con músicos de jazz que conocía en el Honky de Covarrubias, y le gustaba la canción de los Rollings Stones “Honky tonk woman”.

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Asesinato en tiempos de paz

Autor: Pablo Medina

El escenario: cualquier localidad de la comunidad de Castilla La Mancha.

Protagonista: el cartero de la localidad.

El tiempo: meses de verano.

Sucedió un día de julio. Todo era tranquilidad en el pueblo, las mujeres estaban a la puerta de casa comentando la jornada que empezaba, es una manera de expresarse. Justo antes de la hora del mediodía. Al asunto, calle abajo se acerca Don Anselmo. Se para un momento, mira a un lado de la plaza, piensa en entrar al bar La Central. Algo le ocurre, no se acuerda de qué tiene que hacer. Si lo piensa un poco se acordará, es una carta que lleva en la mano pero no repara en ello. Le tira más el bar. Según entra, el saludo diario.

-Buenos días, Fermín. Lo de siempre.

-Señorío de los Llanos, buena cosecha.

-Oye, Fermín ¿tú sabes el horario del buzón? Entiéndeme, cuándo recogen porque es que no me aclaro.

-Pero hombre a estas alturas me sales con esas. ¿Cuál es el problema?

-Pues que con este dichoso cartero nunca coincido con él. Y necesito que me diga que pasa con las cartas, estoy siempre a la espera y nada, que no me contestan.

-Te puedo decir, por la mañana, a eso de las dos menos cuarto, siempre aparece su camioneta. Y el resto de horas, por la tarde, antes de que acabe el día, suele pasar otra vez.

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My heart will go on

Autora: Beatriz Guillén

Estaba en la habitación, escuchado la canción de “All I really want” de Alanis Morissette, sabiendo que era sábado y el lunes tenía un importante examen de matemáticas, ¡Odio las matemáticas!, tenía que ver “Música Sí” en la tele porque ella actuaba y sabía que la canción de “Ironic” la iba a interpretar.

Por esa época, tenía quince años, y mi habitación estaba empapelada con fotos de Leonardo Di Caprio, y su mítica película “Titanic”.

Me dije: Al día siguiente me pongo y repaso, hoy es sábado, y ayer el idiota de Jorge casi me da con una tiza en clase, en la cabeza ese tío no sé de qué va, pensaba.

Ya sé de qué iba me lo contó Rosa: Está por ti, y le contesté: No fastidies, pero si siempre me está chinchando, y ella me contestó: precisamente por eso ayer se lo oí decir a José Manuel y a Paco.

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La risa

Autor: Kepa Vadillo

Según determinados especialistas, la risa es una respuesta biológica, que se manifiesta ante determinados estímulos.

Como no podía ser de otra forma, pertenece a cada uno de nosotros y forma parte de nuestro ser. Todavía a mis años, no me imagino como nos transformamos del barro a la carne, pero eso será para otro capítulo.

La risa es un privilegio del ser humano, dicen que ningún animal se ríe, aunque yo he conocido animales de dos patas que tampoco se ríen nunca.

Como el objetivo de este relato, no es escribir sobre los aspectos químicos y biológicos que explican los motivos de esas reacciones, lo voy a trasladar a un campo más abierto, el de las relaciones entre las personas y sobre todo, de los componentes del grupo, Sábado Tarde.

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Desbordamiento

Autor: Héctor Higuera

Frente al borde. Veo, escucho, el rugido de las olas, espirales, densas, voluminosas, que se destrozan contra las rocas, separando la masa compacta de agua, veo su retroceso, absorben, arrastran, descompuesta en espuma, burbujas, diminutas esferas, abandonadas en la roca, la tierra, afilada del acantilado, aristas desordenas enfrentando la destrucción de la materia, su propia desintegración en partículas que caen, caer, al mar, borde, agua, morir por un susurro de viento, vacío, precipitarse al fin, a la oscuridad abisal de peces luminiscentes envueltos en soledad, guiándose por gotas de luz que suben, suben, aclarando el entorno, desplegando la vida que explota en cada partícula, las algas se balancean y los peces se esconden de los depredadores que veloces persiguen la corriente mientras los pulpos camuflados entre los recovecos de las rocas, aferrados, esperan, dormitando, a la presa despistada, desamparada, que contempla a las morenas como serpentean por los alrededores y a las doradas, plateadas, brillantes, paseándose ausentes, indiferentes al buceador con su equipo de respiración autónoma y su máscara, que pretende alcanzarlas, y juegan, se acercan y aceleran, divertidas, al margen de la tintorera, tiburón aerodinámico, que confundiéndose en el horizonte, se aleja lento, pausado, sin hambre, a la explanada azul denso, detectando las ondas de sonido viajando, propagándose, a través del fluido, desde su emisor, una ballena rorcual situada a cientos de kilómetros que se contonea, ingrávida, con su cuerpo alargado y esbelto, colosal, reclamando, excitado, una hembra para reproducirse, expandir la vida, desarrollar, evolucionar, nacer, vivir, escucho como el macho capta las interferencias de los radares de los barcos pesqueros meciéndose entre las olas, con los pescadores en la borda, la piel cortada por la brisa, la mirada atenta a la sujeción de los cabos mientras proceden a levantar la red, y las señales de balizamiento marítimo, las boyas ancladas a las profundidades, enviando información al buque carguero que ignora el pequeño faro solitario iluminando la noche, tenue, imperceptible en la extensión, y veo, veo la luz en electrones, como se desplaza, veloz, sobre el agua, distancias, y emerge del mar vertiéndose por el acantilado, y yo, yo, me descubro, estoy allí, al otro lado.

El oso en busca de su hermano

Autor: Pedro Sobrevilla

Había una vez, un oso, llamado Gonzalo, cuyo color era beige, que tenía una nariz blanca y punto rojo, y la gente suponía que era del circo, sus ojos marrones hacían a la gente suponer y descifrar su gran bondad, sociabilidad, nobleza e inteligencia emocional.

Era un oso, que en su pasado no era libre en el zoo, atrapado en una caja de madera, y cuando era cachorro, le recordaban, que era esclavo de su público y esclavo de los barrotes de su jaula. No quería ser vendido al zoo ni al circo, ni ser un peluche de centro comercial, atrapado como un muñeco en una caja de cartón.

Uno de sus sueños era convertirse en humano, para no ser llevado y explotado por cazadores furtivos, en un camión con remolque de paredes blancas e interior frío, y vendas hacía lo oscuro de sus ojos que creaban un vacío emocional al oso Gonzalo.

Su hermano de piel color marrón llamado Gabriel, separado por una carretera con muchas curvas, solitaria. A ratos de locura y esperanza, casi no le veía desde cachorro.

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