Desbordamiento

Autor: Héctor Higuera

Frente al borde. Veo, escucho, el rugido de las olas, espirales, densas, voluminosas, que se destrozan contra las rocas, separando la masa compacta de agua, veo su retroceso, absorben, arrastran, descompuesta en espuma, burbujas, diminutas esferas, abandonadas en la roca, la tierra, afilada del acantilado, aristas desordenas enfrentando la destrucción de la materia, su propia desintegración en partículas que caen, caer, al mar, borde, agua, morir por un susurro de viento, vacío, precipitarse al fin, a la oscuridad abisal de peces luminiscentes envueltos en soledad, guiándose por gotas de luz que suben, suben, aclarando el entorno, desplegando la vida que explota en cada partícula, las algas se balancean y los peces se esconden de los depredadores que veloces persiguen la corriente mientras los pulpos camuflados entre los recovecos de las rocas, aferrados, esperan, dormitando, a la presa despistada, desamparada, que contempla a las morenas como serpentean por los alrededores y a las doradas, plateadas, brillantes, paseándose ausentes, indiferentes al buceador con su equipo de respiración autónoma y su máscara, que pretende alcanzarlas, y juegan, se acercan y aceleran, divertidas, al margen de la tintorera, tiburón aerodinámico, que confundiéndose en el horizonte, se aleja lento, pausado, sin hambre, a la explanada azul denso, detectando las ondas de sonido viajando, propagándose, a través del fluido, desde su emisor, una ballena rorcual situada a cientos de kilómetros que se contonea, ingrávida, con su cuerpo alargado y esbelto, colosal, reclamando, excitado, una hembra para reproducirse, expandir la vida, desarrollar, evolucionar, nacer, vivir, escucho como el macho capta las interferencias de los radares de los barcos pesqueros meciéndose entre las olas, con los pescadores en la borda, la piel cortada por la brisa, la mirada atenta a la sujeción de los cabos mientras proceden a levantar la red, y las señales de balizamiento marítimo, las boyas ancladas a las profundidades, enviando información al buque carguero que ignora el pequeño faro solitario iluminando la noche, tenue, imperceptible en la extensión, y veo, veo la luz en electrones, como se desplaza, veloz, sobre el agua, distancias, y emerge del mar vertiéndose por el acantilado, y yo, yo, me descubro, estoy allí, al otro lado.

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