El hombre del traje gris

Autor: Pedro Sobrevilla

Érase una vez un hombre que comenzó convirtiéndose todo en gris, hasta su traje, como en una maleta de atrezo, que también era gris, que la consiguió en esos viajes de trenes que van hacia el norte.

Pero que realmente antes de empezar en el Parque del Retiro de Madrid, junto a un lago, comenzó en la calle Arenal hasta Ópera.

Sus versos los hacía en una habitación abandonada de poetas ilustres, allí en la calle Pinar, y sus momentos de inspiración los conseguía en un café de María de Molina con Castellana, donde había música funky y hip-hop, y grafitis urbanos en las paredes.

Antes de tener un traje gris, tenía sueños en blanco y negro que no pasaban a color, pensando en una camarera dominicana llamada Diana.

Sus paseos por el principio de la calle Alcalá, en irlandeses dedicados al escritor James Joyce, sus conversaciones intelectuales y literarias con la alumna de veintiún años, Jennifer, de allá, del Perú.

Antes de ser mimo callejero, tenía relación con músicos de jazz que conocía en el Honky de Covarrubias, y le gustaba la canción de los Rollings Stones “Honky tonk woman”.

Le gustaba escuchar jazz cuando iba de camino al Palacio de Cristal, y muchas mañanas observaba y fotografiaba con la vista esa luz cenital casi nadir, y observando a los mimos del Retiro junto al lago, es cuando decidió ser mimo callejero en El Retiro.

En su juventud y adolescencia empezó a moverse por calles de Malasaña, Tribunal, relacionándose con pintores intelectuales que les gustaba Goya y se reunían en tabernas centenarias.

Esa gente de Malasaña, junto a gente ya entrada en los treinta, camareros y camareras con tatuajes, patinadores indies, que se juntaban a la tarde en plaza Ildefonso, charlando del pasado presente y futuro, empezando por cafés, JB y cigarros de nicotina, al tiempo que no tenían que madrugar, para competiciones deportivas.

Las noches del mimo que le transformó en hombre gris acababan en pubs de tarde noche que estaban detrás de los teatros, y alternaba con actores, había camareras que parecían azafatas de la película “Atrápame si puedes” de Steven Spielberg, y música de rock and roll de Elvis.

Todos los días del mimo callejero acababan en un peregrinaje de tarde noche en donde de ocho a doce y media de la noche parecía estar en Las Vegas, soñando con ser mimo.

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