La bicicleta y la oruga

Autor: Pedro Sobrevilla

Érase una vez una bicicleta que no tenía dueño, que creía la gente que estaba abandonada, se usaba para transportar la cerveza y el whisky de importación en los salones del oeste, llenos de forajidos jugadores de póker, buhoneros y tahúres.

En los duelos que se producían en los salones a causa de trampas en el juego o altas dosis de alcohol, un forajido perdió un sombrero marrón. Estaba en el suelo poco visible entre sillas de madera humo de tabaco, y bailarinas del can-can de lencería roja.

Escapándose por el desierto lleno de sol abrasador de 50 grados y polvo de dunas, donde sólo se veía un cactus, y rastrojos rodando del viento, se le apareció una puerta blanca con una mano invisible, y en la misma puerta vio ventanas que daban al infinito.

Solo era una ilusión, otra ilusión fue una oruga que vagaba por el desierto y le concedió el poder de volar en plena noche del desierto.

El poder de volar le hizo tener ingravidez como en el espacio, pero cuando no volaba se acordaba de su perrita de labrador Laika, y las carreras que hacía con ella.

La bicicleta se despeñó por una casa pegada a lo alto de un acantilado, en días de fuerte temporal y marejada, y no se hundió sólo tuvo un naufragio.

Dicho naufragio le llevó a una isla desierta donde observó crecer una palmera, que en sueños se creía que hablaba.

Tuvo la bicicleta un sueño de un hundimiento, que hizo un pulpo gigante, y que la custodiaba en el fondo del mar como tesoro antiguo, pero sólo fue un sueño.

Pero todas esas vivencias de la bicicleta, llegando al mundo de la realidad acabarían en un vertedero de neumáticos, siendo transportado por un camión de la basura.

O el segundo destino era acabar quemado por el fuego de una cerilla que queda de los restos de encender un cigarro.

Entre sombras y luces de un plató de televisión, se fueron apagando las ilusiones sueños y vivencias de dicha bicicleta antigua.

El recuerdo de las fotos en blanco y negro que fueron evolucionando a color, pequeños puntos de luz, los paisajes donde viajó la bicicleta.

El movimiento de ciertos puertos de montaña nevados donde llegó dicha bicicleta antigua, solo eran recuerdos del pasado.

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