No hay mal que cien años dure ni cuerpo que lo resista

Autor: Pablo Medina

Viaje camino de Almería. Entonces, se enganchaba uno a esas adiciones que ellos relacionaban con el placer total y creían que eso era la felicidad.

Metidos en un compartimiento del tren, una vez subidos y acomodados, empezaron a dejar pasar el tiempo para acometer su “movida”, la “movida” que se estaban organizando.

Pero, además, sin darle importancia lo que dijeran el resto de los viajeros de su compartimento.

-Toma, quema, échale pero buena cantidad, del tipo quitapenas que te gustan a ti.

El señor de enfrente pone cara de molestia. Otra Señora, también compañera en el viaje, se queja.

-¿Oiga qué es eso, marihuana?

El chico, que es del tipo rebeldía, contesta como le viene en gana.

-No proteste Señora, es medicina homeopática.

Y por ahora, el tiempo ha pasado; alejándose de Madrid; aumentando la velocidad.

-¿Sabes? Estoy deseando llegar a la costa y hacer lo mismo pero además en pelotas.

-Sí, sí, a ti siempre te enrolla dar el cante. Luego vienen mal dadas, ¿sabes? Y te

pregunto lo de siempre: ¿tienes para responder cuando aparezcan los problemas?

– No seas tan melodramático.

A la altura de Jerez de la Frontera ya llevaban dos o tres. El estado físico y psicológico empezaba a hacer mella en los tiempos de reacción para las cosas y el movimiento.

Las ocho y media de la tarde, estaban llegando. Se huele el mar a distancia. Estación, a bajarse. Con los bultos y a ver ahora quién os ayuda.

-Coge tu maleta, Cristina.

-Ayuda un poco, tío.

Se les va la forma de hablar, tienen esa forma de hablar pastosa. Como que se les traba la lengua. Además, vaya colocón.

Aparte, han llegado a eso de las nueve y como el dinero era escaso pues no hay para hotel. Tienen reservada una habitación en una pensión, por lo menos están al lado del paseo marítimo. Algo de lujo, ¿Vale?

-Cómo llegamos.

-Directamente en autobús.

-Y un taxi.

-No fastidies, tía. No querías salir de marcha a tomarla.

-Pero tío no seas ruin que son cinco días, un verano.

Al final, con el pedo que tienen y ya en la pensión se quedan sin fuerzas y van al sobre, pero en vivo y en directo. Hala a dormirla, cervezas incluidas. Y esto fue todo por el día de hoy.

A la mañana siguiente, ¿qué tal, hay resacón?

Venga a la ducha y después a la playa, a hacer lo que querías tú de estar en pelotas. Aparte de que estos dos no tienen muchas luces, no se enteran de que algo pasa a su alrededor. Sin destapar el pastel, hace ya tiempo que alguien les observa, y ellos a mi plín.

Lo que desde luego no se lo pierde nadie es la paella en el chiringuito de pie de playa. Son la una y media, ellos con su historia. En fin, buena comida.

Y en el cuarto de la pensión anoche no hubo chun chun, frota que frota. Ayer fue por el viaje y llegar puestos y cansados.

Y hoy… resulta que ella es fría como el hielo. Y va otro y otro. Perdona aceptarías un consejo del que relata esto: si seguís con esos consumos no me valéis pá na.

Luego está la ilusión “un niño, un niño” nada que no hacer caso al que os intenta ayudar.

Y ya va el segundo día. Ha llegado la noche, ella no tiene sol que le caliente la sangre. Vuelta al frío corporal y él tampoco pone de su parte. Felices sueños.

Esto no son vacaciones, esto es un martirio en lo alto de la Torre de Londres.

Y sigue con su piedrecilla; nada más levantarse el primero, el mañanero. El Dueño de la pensión ya está mosca de los olores que salen de la habitación.

Atención, se empieza a notar un ambiente desagradable en la relación entre los dos.

¿Pero por qué? Cómo que por qué, ya va el tercer día y nada de hacer chanchán, “Nunca estás dispuesta, no te sube nunca la temperatura, nena. Pues podías tú hacer algo. Y porque no lo haces tú.”

Ojo, ojo al dato, se masca la tragedia.

Aparte, el dueño sigue mosca con estos dos y empieza a pensar en la policía, no quiere malos rollos en su negocio. Esto es raro, alguien pasea a un lado y otro del portal.

Qué está pasando, esto termina mal, la poca solvencia económica, el estar mucho rato sin salir y cada vez más consumo y que esto también se acaba, por favor, ante todo, mucha calma, estas cosas desatan las discusiones.

Todo empezó por la sustancia que estaban consumiendo y que se les terminó.

Al poco, porfiar y mucho discutir; él a la orilla del mar se cabrea (esto si que es malo) y le manda a freír espárragos, aparte de ponerla como el Cristo en el calvario.

Y ahí la deja plantada, se marcha a la pensión, coge sus cosas y se pira. Ella que no reacciona a tiempo, se da cuenta de que se ha quedado sola y sin más que lo que lleva puesto. Saca el móvil, le llama.

-¡Eduardo, Eduardo! – grita y grita en medio de la nada.

Éste que está bastante colgado, la insulta y cuelga. El tren sale en media hora. Ahí te quedas y se va antes de terminar las vacaciones. ¿Cómo ir a la pensión?, ¿y el dueño?, ¿y si no está?, y sin un euro. Cristina grita y grita. Él ya está en la estación, va a subir, alguien le pone una mano en el hombro, Eduardo se vuelve y le enseñan una placa de la Policía.

Le enseñan el DNI de Cristina, pregunta: ¿conoce a esta persona?

-No, no la he visto en la vida.

-Miente usted, les venimos observando hace días. Se ha suicidado, se tiró en medio de la calzada. Haga el favor de acompañarme. – Eduardo que tan seguro de sí mismo estuvo siempre, se le afloja el intestino.

Los cinco días, un mal verano.

 

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