Las colecciones

Autor: Kepa Vadillo

Resulta curioso que, a través de las preguntas y respuestas que se realizan en el grupo de Sábado Tarde, a la hora del cafecito, cuando nos encontramos más relajados, cuando apetece compartir charla, risas y acontecimientos varios, se pueden extraer muchos rasgos de nuestra personalidad.

En alguna etapa de nuestra vida, a todos nos ha dado por coleccionar algún trasto, cachivaches, o pequeños objetos que expresan un aspecto de nuestra realidad privada, un modo de autoafirmación.

Supongo que, al principio, se comienza con un objeto que, o bien nos han regalado, nos encontramos, o bien lo compramos, o lo que sea, y sin saber por qué, comenzamos a guardarlos o a coleccionarlos. Al principio, se presenta como un deseo de posesión, como la necesidad de realizar una actividad libre y de sentirnos dichosos. Con el paso del tiempo, y tras acumular varios de esos objetos, se van produciendo las motivaciones, como el afán de liberación, la propia vocación del artista y hasta la certeza de obtener la aceptación de los demás y la nuestra propia.

Casi todos los miembros del grupo comenzaron con cromos, algún álbum inacabado, el “Sile, Nole”, las pegatinas… A medida que íbamos creciendo nos daba por coleccionar objetos de una misma gama, como los Madelman de Raúl, los discos de música clásica de Héctor, las maquetas de Paco, los sellos heredados de Carolina, las postales de Alicia, las cartas de tarot de Edi, los cromos de jugadores de Miguel Ángel “El colchonero”, las pegatinas (seguro que de la Barbie) de Mar y los sellos de Mª Antonia, y cuando aparecía la mayoría de edad, renacían nuevas inquietudes, nos volvíamos más organizados con las colecciones de la infancia, incluso las guardábamos en cajas de madera, con un cristal para hacerlas visibles, nos volvíamos más puntillosos con nuestras reliquias de antaño.

Una especie de ritual, donde invertíamos nuestro tiempo y nuestro dinero, donde buscábamos un lugar en las estanterías de nuestra habitación para admirarlos, y un berrinche, cuando nuestros hermanos, pequeños o mayores, se apoderaban sigilosamente de ellos y disfrutaban de nuestras colecciones privadas.

Por otra parte, esa “sanidad o patología sana” de la que hablaba Vallejo-Nájera se constata día a día a través de numerosos estudios que demuestran los beneficios que conlleva el coleccionismo; el aprendizaje de los pequeños, los estímulos culturales y educacionales, el desarrollo de la capacidad intelectual, el lenguaje y la sociabilidad, ayudan a superar el aislamiento social, llenar un hueco en nuestras vidas, educarse a uno mismo, el gusto por lo bello, la curiosidad.

Muchos médicos recomiendan a las personas mayores el coleccionismo, para recuperarse del estrés o dolencias cardíacas. Vivir el coleccionismo como una afición flexible, que se mantiene despierta de por vida y nos acompaña en determinados momentos y que siempre está ahí, impasible, sin olvidarse que de vez en cuando, tan sólo nos solicita un pequeño detalle de cariño para sentirse complacido.

Hace años, rebuscando en los archivos de mi pueblo, me encontré con un documento de 1777, que recogía una serie de instrucciones para la localización de unas cajitas de madera de sabina, talladas con relieves y figuras de jugadores de fútbol pertenecientes a un venerable Rey que reinó durante unos trescientos años. Al Rey Buri, que así se llamaba ese personaje, le gustaba coleccionar firmas en papeles de arroz, estampadas con tinta, de los jugadores más célebres o los más fantasiosos del fútbol. Una vez localizadas las cajitas en cuestión, pude maravillarme de la delicada colocación de los papeles, de su ordenada numeración, de los dibujos que los adornaban, y de los trazos de las firmas. Pude comprobar la firma de Butragueñogoitia, la de Mar a Dona, la de Pitxitxi, la de Naldoro, una colección de insignes figuras de ese deporte. Volví a guardar todas esas reliquias con extremada pasión y delicadeza, esbocé una sonrisa de autosatisfacción y me refugié de nuevo en mis tebeos.

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