La estabilidad de la caída

Autor: Héctor Higuera

El Down Jones se desploma.

Wall Street colapsa.

Edgar Matthaus arroja el New York Times sobre el escritorio y vuelve a trabajar. Al otro lado de la ventana, la multitud invade la calle de Wall Street mientras la policía montada mantiene el orden, precavidos ante la posibilidad de actos violentos perpetrados por la muchedumbre, que está nerviosa, preocupada, inestable; desean vender sus acciones, recuperar sus inversiones, e intentan acceder a la Bolsa de Nueva York mientras, dentro, el mercado, conmocionado, pretende satisfacer todas las órdenes de venta que se gritan en la plaza, casi se aúllan, por unos operadores angustiados ante la enorme pérdida de capital de sus clientes, y de ellos mismos, que ofrecieron seguridad a los clientes con sus compras de acciones. El ruido, las voces entrecruzadas, rechina en los oídos. Afuera, las diferentes clases que estructuran la sociedad neoyorquina se inquietan o se desmoronan, desde el limpiabotas al hombre de negocios, pierden. La Bolsa de Nueva York cae un 11%. Martes Negro. 24 de octubre de 1929. Edgar Matthaus sigue anotando, con su caligrafía elegante y limpia, instrucciones para el departamento de contabilidad.

Se levanta y pasea por su despacho. Cansancio. Piensa que acertó. Durante el año 26, cantó los beneficios del sistema, el camino al progreso y la fortaleza de Wall Street, y por tanto, de Estados Unidos. Y las opciones de compra entraron en el mercado. Estimó que si el botones que abría la puerta de su edifico, la sede de su banco, podía comprar acciones sin poseerlas en su totalidad y bajo un precio menor, entonces, todo acabaría por desmoronarse. El sistema de clases, pensaba, mantiene el progreso, las alteraciones provocan su deterioro. Observaba como la ciudadanía bailaba la canción que tocaba Wall Street. Estudió la situación: analizó los índices de producción industrial y habló con industriales. La industria productiva no estaba desarrollando nuevos productos y solo reinvertían sus beneficios en acciones. El mercado financiero estaba sobrevalorado. Decidió. Redujó la plantilla de empleados, los despidió, y tímidamente, inseguro, manifestó a los medios que el mercado estaba sobrevalorado. El banco perdió posiciones en bolsa y sobrevivió durante año y medio mientras promocionaba que era un banco tradicional de inversiones seguras. La semana que la bolsa empezó a caer, el jueves negro, Matthaus ordenó a sus publicistas que ensalzarán la fortaleza y seguridad del banco, y al mismo tiempo, contrató a supuestos operadores que se encargarían de crear un clima de pesimismo en las plazas con el objetivo de aumentar las ventas de acciones y asegurar la caída del Down Jones. Si el sistema iba a caer, él lo ayudaría. Sobreviviría. Las alarmas de la policía resonaban en su estancia punteadas por los sonidos agudos de los silbatos. Procedían a cerrar las puertas de la Bolsa de Nueva York.

Sentado sobre su sillón acolchado, Matthaus, cierra los ojos y ve como las empresas se precipitan en una espiral de precios, subidas y bajadas, acciones que pierden valor y por último, deben cerrar, incapaces de afrontar la falta de financiación y la caída de la demanda de productos, miles de trabajadores son despedidos y expulsados al mercado laboral, la jungla, luchando por encontrar un trabajo que les permita sobrevivir y algunos, pocos, lo conseguirán, a sueldos irrisorios, inhumanos, ofrecidos por empresarios que, en ocasiones, pretenden sobrevivir como ellos, en otras, abuso de poder, y se hunden los salarios, el paro sube, la pobreza se multiplica, y los pequeños agricultores venden sus parcelas a grandes compañías para realizar viajes de miles kilómetros buscando tierras más fértiles para trabajar como aparceros, o acaso, como peones, porque tendrán que luchar con otras familias, los jornales caen, y algún escritor escribirá una novela reflejando estas miserias, se fotografiarán, niños embarrados mirando a cámara, a sus padres con la piel cuarteada, con sus chozas al extremo de la foto, hambrientos, desesperados, pidiendo auxilio, mientras la Reserva Federal ni el Gobierno sabrá cómo detener la velocidad espiral. Matthaus siente. El dolor. Ahuyenta el sentimiento. Abre los ojos. Las acciones del banco caen, piensa, pero a menor nivel que el resto, y sobre todo, ha recibido informes indicando que la compra de sus acciones está aumentando hora a hora gracias al prestigio de ser un banco seguro, fiable y poseedor de unas cuentas estables. Resiste. Sonríe. Es una oportunidad, piensa.

Trabaja. Examina la cuenta de resultados y el balance de situación.

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