Mujer mirando por la ventana

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Autores: Mar Rodríguez y Kepa Vadillo

Había visto muchas veces el cuadro de Dalí, “Mujer mirando por la ventana”. Por una vez quiso experimentar lo que sentía la modelo, ante esa posición, de ver pasar el tiempo, sin preocupación alguna.

Tan solo la brisa del pantano mecía sus cabellos, sin rubor. No buscó nada, tan solo ansiaba conocer la paz, la de ese momento, la que invitaba a la reflexión y al estímulo de la memoria.

Cerró los ojos y se dejó acariciar por los rayos de sol de la primavera anticipada, la que excita las esporas, la que te susurra que hay vida, y que la disfrutes. Abrió de nuevo sus ojos, aquellos que regalan ternura e ingenio, y se emborrachó del perfume del lugar, él mismo, que sin querer, la invitó a navegar.

Le resultaba fácil dejarse llevar. Una vez más, puso en marcha su maquinaria de recordar. Se acordó del ancla del recuerdo. Se acordó de aquellos veranos en la costa levantina, cuando el cuerpo empezaba a experimentar los cambios. Memorizó los primeros amores. Recordaba sus ojos y su pelo ensortijado, con el que jugaban sus dedos. Su maravilloso hoyuelo en sus pómulos, con la sonrisa abierta y los cuerpos entrelazados. Esbozó una leve sonrisa, como la que se siente, cuando una comete una pequeña travesura, consentida, pero discreta. No le supuso ningún esfuerzo simular que por un momento, en esa maravillosa excursión, había encontrado un juego con los silencios. Volvió a su ancla del recuerdo. Se acordó de la complicidad de la luna llena, cuando las nubes hacían su trabajo, para ocultarla y así tener más intimidad. De sus pasiones en la arena, cuando nadie era capaz de dibujar las figuras en la sombra. Me llevaba hacia el mar, ese mar adentro, que busca un cambio de temperatura, ese mar, que constantemente te está poniendo a prueba, porque necesita alimentarse, y recordó sus ojos, aquellos, que imitaban los faros del mediterráneo.

No sabía cuánto tiempo había transcurrido. Tan solo, experimentó un nuevo cambio de postura, aquél, cuyo movimiento obedece, en descargar el peso hacia el otro lado.

Otra vez, la recordaron que estaba de excursión. Simplemente dejó de percibir el silencio como un novio acomodado y con un giro del cuerpo, musitó una respuesta, sin articular una palabra.

Enlazó con el resto, envuelta todavía en sus recuerdos. Alzó la vista, sonrió y cabalgó de nuevo por las inestables calzadas de piedra.

En los días de gris, cuando la niebla aturde el horizonte, ralló el cielo con su recuerdo.

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