Gotas sobre el charco – Primer Premio

Autores: Taller de Narrativa de Solidarios

El teléfono comenzó a timbrar. Al sonar unas cuatro veces sin descolgarlo, mi padre, sentado en su sillón de cuero marrón, leyendo el periódico, me espetó:

¡María! ¡Seguro que es para ti! ¡Corre y cógelo!

Entre dudas, temblorosa, acerqué el auricular a mi oído y respondí con voz ronca:

Sí… ¿Quién es? ¿Diga?

Desde el otro lado, el interlocutor habló tan solo un par de minutos. Me parecieron interminables, los suficientes como para colgar rápidamente el aparato, coger una rabieta y atravesar el salón, veloz, haciendo volar el periódico de mi padre. Abrí la puerta y di un portazo. Sentí como las astillas se clavaban en mi piel. El estruendo penetrando por el espacio de la vivienda.

Me senté en el suelo, apoyé mi espalda en la pared y me refugié en las sombras de mi habitación.

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Carta de un padre – Tercer Premio

Autora: Mar Rodríguez

Llevabas el pelo teñido con un tinte barato que no sé de dónde lo has sacado, y tu madre te regañaba cada mañana cuando te veía salir de casa, el pelo rojo alborotado y los pantalones vaqueros con rotos por todos los lados. Tú solo sabías devolver sonrisas burlonas a nuestros reproches, y tu madre y yo oscilábamos entre el cabreo y la resignación, dependía del día. Y así se nos iban las semanas, y pasaban los meses, y tú continuabas creciendo, y nosotros envejeciendo sin darnos cuenta. Para mí seguías siendo un niño, más alto que yo, eso sí, un niño rebelde, juncal, ausente en casi todo momento de nuestras vidas, prófugo de tu propia casa.

Los días se desgranaban en un lento goteo que escuchaba caer sobre el suelo de tu habitación que me era ajena, pared con pared con la mía pero a la que no podía acceder. Acumulabas semanas enteras sobre tus hombros y no distinguías una de otra; las hojas del calendario se amontonaban a tus pies y no te tomabas la molestia de recogerlas, caían en un otoño perpetuo en el que te instalaste hacía mucho tiempo, demasiado como para que lo recordaras. No te importaba conocer en qué estación del año vivías, sepultado como estabas dentro de tu cueva oscura e inhabitable que era como una cárcel voluntaria, y tan solo la presencia de la calefacción o del aire acondicionado te permitía discernir si era invierno o verano, si los ríos bajaban ateridos y escasos o el estío los inundaba de vida. No te asomabas apenas a la ventana. Te dolía hacerlo y hacía tiempo que dejaste de infligirte ese castigo.

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La isla grande

Autor: Antonio del Cerro

Íbamos en un barco dirección este y vimos unos pájaros. En el mar ver pájaros significa que hay tierra cerca. El capitán miró la brújula y estaba como loca. La aguja se movía y no indicaba el norte. Pensó que había alguna forma de energía rara que afectaba a la brújula.

Seguimos a los pájaros y llegamos a una isla grande. Aparecieron unas personas que nos traían comida. Llevaban ropa hecha de pieles de animales como los cavernícolas. Hablaban un lenguaje que no entendíamos y nos comunicamos con signos. No iban armados, al igual que nosotros. Se alegraron tanto de vernos que sacaron unos tambores y tocaron una música muy alegre. También había gente bailando.

Nos llevaron a un pueblo que tenía faroles que iluminaban pero no tenían una llama de fuego dentro. El capitán pensó en la brújula y no sabía que energía utilizaban. Estábamos cómodos pero era un sitio extraño. Descansamos y preferimos marcharnos en nuestro barco.

Cuando nos alejábamos, oímos voces que decían Atlántida. Deducimos que la isla donde habíamos estado se llamaba “La Atlántida”.

Las almas gemelas

Autor: Pablo Gascón

Sobre la tierra,

alzadas,

dos figuras se entrecruzan

formando redondeles.

Una es límpida,

serena,

y sus ojos celestes

hieren mortalmente.

Torpe, recelosa,

la otra figura va columpiando

sus contornos rojos,

religiosos, intrigantes.

Ambas ascienden,

alejándose,

 y vuelven a juntarse.

Por azar, de nuevo,

separándose.

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El silbido del monstruo

Autor: Héctor Higuera

Siento el miedo. El deseo de ir al baño y hacerme una raya. Cada minuto. Siento al monstruo silbando en mi oreja. Su fétido aliento. Solo una raya. Me enfrento. Sumido en una pelea a muerte. Desgarrándome. Venzo. Huye, rápido, nervioso, con el rabo entre las piernas.

Siguiente minuto. Ha vuelto.

Se perdieron

Autor: Pablo Gascón

De tus perlas florecientes,

de tus labios encendidos,

se vislumbran transparentes,

tristes y dulces gemidos.

Callados hablan diez filos,

voz de la melancolía.

Redondos bajan dos hilos

por los alcores del día.

Y al llegar el llanto al río

céfiros se desprendieron

de un corazón como el mío.

Después…

después se perdieron.

Un puente dividido

Autor: Pedro Sobrevilla

Érase una vez un barco, que abría un puente, por dos circunstancias: uno, el viento de la trompa de los elefantes, y dos, el sonido lejano de las trompetas.

Una vez abierto el puente en el mar, les permitía protegerse del rugido de los leones, que es por lo que se dividía el puente.

Un arlequín vestido de blanco y dueño del puente hizo sonar un vinilo en un fonógrafo, despertando a una bailarina, que surgió de un piano, e hizo que reinara la paz entre leones y elefantes, divididos por el puente.