Carta de un padre – Tercer Premio

Autora: Mar Rodríguez

Llevabas el pelo teñido con un tinte barato que no sé de dónde lo has sacado, y tu madre te regañaba cada mañana cuando te veía salir de casa, el pelo rojo alborotado y los pantalones vaqueros con rotos por todos los lados. Tú solo sabías devolver sonrisas burlonas a nuestros reproches, y tu madre y yo oscilábamos entre el cabreo y la resignación, dependía del día. Y así se nos iban las semanas, y pasaban los meses, y tú continuabas creciendo, y nosotros envejeciendo sin darnos cuenta. Para mí seguías siendo un niño, más alto que yo, eso sí, un niño rebelde, juncal, ausente en casi todo momento de nuestras vidas, prófugo de tu propia casa.

Los días se desgranaban en un lento goteo que escuchaba caer sobre el suelo de tu habitación que me era ajena, pared con pared con la mía pero a la que no podía acceder. Acumulabas semanas enteras sobre tus hombros y no distinguías una de otra; las hojas del calendario se amontonaban a tus pies y no te tomabas la molestia de recogerlas, caían en un otoño perpetuo en el que te instalaste hacía mucho tiempo, demasiado como para que lo recordaras. No te importaba conocer en qué estación del año vivías, sepultado como estabas dentro de tu cueva oscura e inhabitable que era como una cárcel voluntaria, y tan solo la presencia de la calefacción o del aire acondicionado te permitía discernir si era invierno o verano, si los ríos bajaban ateridos y escasos o el estío los inundaba de vida. No te asomabas apenas a la ventana. Te dolía hacerlo y hacía tiempo que dejaste de infligirte ese castigo.

Durante el día dormitabas para no escuchar los ruidos de la calle, y mantenías las ventanas cerradas pues escuchar el tránsito de los coches, o las voces que subían como hiedras hasta tu alféizar, te recordaban que la vida es movimiento, y que allá abajo palpitaba un corazón ávido de sobresaltos y emociones, y que todo eso se te negó hace tiempo. Preferías la noche y su silencio estático. En el espeso manto que tejía cada atardecer, cuando el sol se ocultaba en el horizonte y la tinieblas ponían consuelo en tu alma, hallabas tu único solaz, y solo entonces vencías la pereza que te adormecía el resto del día. Esa habitación enferma en la que habitabas y de la que nunca podías huir, uncido como estabas a una existencia que me cuesta nombrar así.

No había esperanza en tu corazón ni en tu alma, solo un lento desgranar de días cuyo final era un abismo insondable, negro como las noches de invierno que se visten de luto.

Sin embargo, y pese a este dolor lacerante que te hacía detestar hasta el aire que respirabas, aun soportando estas cadenas pesadas que te conducían a ese abismo aterrador, te aferrabas a la vida como siempre viste hacer a los que te precedieron. Trepabas por murallas infranqueables, que yo jamás me hubiera atrevido a trepar por ellas.

No sé muy bien cómo lograste salir bien de aquello, aunque recuerdo perfectamente el dolor acerado que te acompañó durante largos meses, y que apenas te permitía respirar. La melancolía se adueñó de tus semanas y tardó un infierno en expulsarla de tu corazón herido. Daba igual que cerraras los ojos o que bebieras alcohol de forma desmesurada para intentar enterrar aquellos rasgos cincelados en tu memoria. No había manera humana de conseguirlo. Solo el tiempo, el mejor aliado y enemigo de los desesperados, logró calmar tu infinito dolor, mudándolo en una tristura que al menos te permitía vivir.

Nadie desea morir, nadie, salvo aquellos que perdieron la esperanza, es decir la curiosidad por ver un nuevo amanecer que ilumine con luz distinta nuestras pupilas ajadas por el roer del tiempo.

El ánimo, poco a poco, se había aquietado y ya no buscabas un torbellino de aventuras en cada uno de tus días. Te movías por la vida con cierta calma, con cierto sosiego conquistado sin saberlo y quizá sin desearlo, pues nadie cambia el frenesí delirante del galope por un paso más dócil sin sentirlo como una pérdida cruel e irreparable. Pero así había sucedido, y lo entendías como algo natural, conforme a tu adquirida madurez.

Y en tu caso la esperanza era asimismo causa de dolor, de una nostalgia inquietante por lo que nunca volverá a ser, pero que tan intensamente fue. Sí, llega un momento en el que la vida es poco más que recuerdo, o más bien afán por acunar esos recuerdos de un tiempo mejor, o soñado como mejor, que todo cabe en una existencia larga como la mía. Soy tan mayor que en ocasiones no sé si mi memoria es notario cabal de lo que viví. Pero qué importa eso ya, qué relevancia puede tener la veracidad de lo que sueño que viví o de lo que viví como un sueño.

Y de vez en cuando te veo triste, supongo que alguien hurga en tu corazón y aún no sabes cómo evitar que te lo lastimen. Me dan ganas de decirte que no seas idiota, que eres muy joven para encerrarte en una jaula, pero sé que conoces la historia. La tristeza te dura algo y no tardas en expulsar la melancolía de tu rostro, a base de alcohol, eso sí, o de otras cosas de las que no quiero ni enterarme, no digo que sean peores pero las desconozco, y lo desconocido me aterra, y vaya miedo me da. Me da miedo, sí, y me entristece decir eso. Pero he de reconocer que mi miedo es más por mí, por nosotros, por tu madre y yo, que por ti mismo. Ahora reímos y lloramos sin imposturas, libres de los prejuicios y ataduras que según vamos siendo adultos nos inventamos para dejar de ser libres. No sé si me entiendes.

Errabas sin rumbo pues en realidad no buscabas nada concreto, o quizás lo que buscabas era algo tan especial que casi nunca te animaba a franquear las puertas entreabiertas. Algunas tardes vagabundeabas por las calles, por los lugares que un día te acogieron y te acompañaba la sensación de estar siendo observado por otros, pero sólo para señalarte o para murmurar acerca de ti. Perdiste casi todo lo que más amabas: la mayor parte de los amigos, algún compañero que hizo tu vida un tránsito amable, amantes. La juventud. Las pasiones. No te perdonaron ser persona, no te consintieron que te atrevieras a mostrarte tal y como eras, incluso con la discreción que siempre te caracterizó. A expresar la realidad sin edulcorantes. De nuevo los fantasmas surcaron el cielo gris de la incomprensión, rechazo. Te condenaron a morir en lo más íntimo de ti mismo. Ante una elección así sólo encontraste el consuelo de la huida. Y la huida de ti mismo porque sentías que nada te anclaba a la tierra. Solo querías ser, uno más. En el vértigo del día a día, anhelabas tanto, esa mirada, esa cercanía, ese abrazo.

Fueron pocos los que se asomaron con fortuna al océano de tu mente, libres de prejuicios y miedos infundados, perdiéndose esa sonrisa con la que desafiabas al universo entero.

Algunas veces dudaba si eras, feliz y me hubiera gustado preguntártelo, como entonces, cuando éramos cómplices y nos contábamos casi todo.

El día después de que te despidieran de la sociedad, al llegar la noche comencé a maullar a la luna y me dan ganas de llorar, por mí, por ti, porque nadie es más que nadie y porque para sentirse parte de la sociedad hay que formar parte de ella y no aislar. Porque somos diferentes, pero nadie inferior. Porque quiero estar contigo, a tu lado, en el camino que vayas haciendo. Pero llego tarde. Llegamos tarde.

Es como si un precipicio se hubiera abierto entre nosotros.

Me habían avisado hacía tiempo. No de forma explícita, si no de la manera en que todo había sucedido, muy poco a poco, sin grandes gestos. Así empezaste a soltar amarras, a emprender un rumbo que te iba a alejar para siempre de mí. Tus silencios comenzaron a colmar nuestras tardes. Tu sonrisa se había fugado sin retorno posible. La música de tu voz se había vuelto monocorde, opaca, sin el brillo antiguo. Estabas, pero no eras tú. Te miré, mitad sorprendido, mitad asustado, y no me hizo falta preguntarte nada. Unos pocos días después te marchaste. Y comenzó a hacer frío en casa. Yo sentía un frío que me roía los huesos y me tumbaba como el mejor crochet de un boxeador.

Te alejaste como si fueras una silueta de cartón que se recortaba en el horizonte, una especie de títere cuyos hilos invisibles pendían del infinito. Unos hilos de madejas indescifrables. Y te disparaban con sus palabras al corazón, siempre con una precisión desconcertante por dolorosa, que enfilan senderos inexplorados, desgarra las pieles más coriáceas con el filo de un bisturí. Nunca confíes en la presunta banalidad de un verso suelto. Incluso aquellos que parecen tener la punta roma pueden derribar imperios enteros.

Cuando uno de ellos se cruce en tu camino procura huir y esconderte de su presencia, pues te hayas ante un pirómano capaz de devorar el cemento de tus pilares.

Pero la vida no acaba siendo un remedo del universo. Todo aparece y desaparece con una fuerza inusitada. Y nosotros no somos más que puntos infinitesimales que, en el mejor de los casos, se sorprende por la belleza de alguna que otra estrella fugaz. Pablo fue algo así, un fulgor al que me así mientras y como pude, a menudo para enloquecer de dicha y en ocasiones para voltear mis más arraigados y estúpidos axiomas. Nunca me dejó indiferente, y eso es lo mejor que puede afirmarse de metéoro alguno.

Me dolió tu marcha, nos dolió, cómo no. En los últimos años nos habíamos aproximado más. Comenzamos a hablar de cosas pequeñas, al principio, y al final nos confiaste secretos y anhelos que creo que nunca compartiste con nadie más, si acaso con tus pinceles. Me pudo la indecisión entre avanzar o retroceder, no me salían palabras, solo emociones. Furias y caricias en perfecta armonía. Los minutos no importan, el día deja de desgranar segundos y solo sabe de compases.

Esos compases que no escuché el día que te marchaste, lo hiciste sin ruido. Aún no sé el porqué, pero esto no es extraño. Las cosas suceden y punto. Lo malo es darse cuenta de la grandeza de esta verdad. Han pasado unos meses y aún no me acostumbro a esta ruina. Tengo frío, y tu recuerdo es como una tenaza en mi corazón. No dejo de buscarte entre los escombros.

Recuerdo aquella noche por lo mucho que me costó conciliar el sueño y porque a la mañana siguiente mi vida había cambiado. Aquella noche fue muy larga, llena de carreras resonando por el viejo suelo de madera de la casa, de voces murmurando preocupación y de rostros desencajados. El teléfono no dejaba de sonar. No me atreví a preguntar nada y sin embargo sabía que nada sería igual a partir de entonces.

Me dejó una escueta carta de la que no he olvidado ni una sola palabra, y de broche una rosa de papel que solo pudo salir de sus manos. Nada más. Aún hoy, en las noches de verano en las que el calor no se rinde y golpea mi ventana para impedirme dormir, me inventó un sueño antiguo, y así amortiguo la soledad de este universo tan silencioso.

Mañana saldré a la calle, solo, y te buscaré en el parque en el que paseabas.
Miraré de frente sin bajar la mirada y observaré:
El vuelo de una mariposa es tan leve, y a la vez tan grave.
Y echas a volar, y yo me echo a soñar.

Y emplearé algunas palabras para hablarte aunque sólo me responda el silencio y un eco cargado de evocaciones:
Las utopías de hoy son las realidades de mañana.

Anuncios

Un comentario en “Carta de un padre – Tercer Premio

Comentarios

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s