Gotas sobre el charco – Primer Premio

Autores: Taller de Narrativa de Solidarios

El teléfono comenzó a timbrar. Al sonar unas cuatro veces sin descolgarlo, mi padre, sentado en su sillón de cuero marrón, leyendo el periódico, me espetó:

¡María! ¡Seguro que es para ti! ¡Corre y cógelo!

Entre dudas, temblorosa, acerqué el auricular a mi oído y respondí con voz ronca:

Sí… ¿Quién es? ¿Diga?

Desde el otro lado, el interlocutor habló tan solo un par de minutos. Me parecieron interminables, los suficientes como para colgar rápidamente el aparato, coger una rabieta y atravesar el salón, veloz, haciendo volar el periódico de mi padre. Abrí la puerta y di un portazo. Sentí como las astillas se clavaban en mi piel. El estruendo penetrando por el espacio de la vivienda.

Me senté en el suelo, apoyé mi espalda en la pared y me refugié en las sombras de mi habitación.

Sin más, comencé a llorar. En aquel rincón lúgubre y sombrío di rienda suelta a mi imaginación. Otra vez aquellas malditas sombras me acechaban de nuevo. La memoria es como un tomavistas de 8 mm donde se queda reflejada en un rollo todos los fotogramas de nuestra vida. Me había levantado triste, era mi estado de ánimo habitual. Te levantas deseando que llegue pronto la noche. Conocía desde hace años mi enfermedad mental, de la que me sentía avergonzada. Mi familia es muy cristiana y yo siempre encajé mi enfermedad como un desaire del Creador, ¿por qué se había equivocado conmigo? Pensé que era un error de la humanidad. No de la humanidad, no, era El Error. A mi alrededor contemplaba la perfección formal, y yo, yo el engendro que servía de referente para identificar la belleza del resto. Tenía veinte años, estaba cansada de ser un conejillo de Indias, de ser la burla de mis compañeras de universidad y un experimento para la industria farmacéutica. En definitiva, estaba harta de estar excluida, de ser rechazada, estar marcada como el ser diferente al que nadie se plantea dar una oportunidad. Un juguete roto. Una flor entre tanta basura. Demasiado dolor, angustia y tristeza.

¿Por qué aquella maldita llamada?

Mis piernas vibraban, como si tuvieran conciencia de su existencia y me obligaran a moverme, a recorrer la habitación repetidamente. El miedo me arrastraba y sentía la respiración entrecortada, bocanadas de aire que se quedaban bloqueadas entre las paredes comprimidas de mi cuerpo. Los pensamientos negativos embistieron como una horda, sitiando el castillo de mi mente, con la única intención de conseguir mi ahorcamiento. Desde mi oscuridad vi la ventana. La lluvia cayendo suavemente, pero constante, indiferente a las molestias que provoca. Deslicé violentamente la ventana corredera.

Miré al exterior. Una elección: morir o vivir. Subí el pie a la mesa de estudio. Y lo vi. Gotas sobre un charco. Gotas que caían desde una cornisa impactaban contra el agua creando diminutas ondas que se deslizaban por su superficie. El reflejo platino sobre el agua. Líquido. Sentí su fluidez. Paralizada, absorta, observé aquel charco durante un minuto, pudiera ser, pero creo que el tiempo dejó de avanzar y la única percepción de su existencia era la gota cayendo y las ondas que producía. Retrocedí. Me aparte de la ventana. Temblaba. Estaba viva. Necesitaba vivir, pude elegir. Elegí.

En ese momento entró mi padre. Gritó:

¡María! ¿Tú crees que puedes tratar todo así? ¿Dar portazos por todo?

Allí, me vio, abandonada en una esquina de la habitación, con la cabeza desplomada sobre mi pecho, enroscándome hacia mi corazón, buscando escuchar su latido recién nacido. Se dio cuenta y cambió su actitud.

¡Háblame, María! No entiendo qué te ocurre.

Su manifestación de cariño me hería, no podía entenderla. Su frase, “no entiendo qué te ocurre”, repercutía en mi mente en un sonido disonante que me rasgaba el tímpano, pero cuando vi las lágrimas de mi padre brotar de sus ojos, sentí que debía cerrar la boca con fuerza,

¿María, qué te pasa? ¿Por qué estas así? Hija, no te entiendo.

“No, claro, no me entiendes. Ni yo tampoco a ti, la verdad. Para ello deberíamos ponernos manos a la obra, sentarnos a hablar, buscar tiempo y lugar para mirarnos a la cara, escrutarnos los ojos, decirnos algo, lo que fuera. Pero nunca pasa, y cuando pasa es mejor que no hubiera pasado; solo nos juntamos, es un decir, para discutir, para afear mi aspecto, mi forma de vestir, mi desidia. No sé cómo decirte las cosas. Ni tampoco sé si tú estás dispuesto a escucharlas… me temo que no. Quizá debería buscar algo, pero no sé. O sé, pero no me atrevo, a veces pasa. Sí, a veces pasa, en ocasiones uno tiene respuestas a las cosas que nos preocupan pero teme destapar ciertos frascos, no sea que las esencias que salgan, después de tanto tiempo guardadas, nos embriaguen, nos hagan daño por lo intensas que son y que fueron. Quizá no nos acordemos, o no nos convenga recordar. Solo sé que te veo y me dan ganas de llorar, por mí, por ti, por ser tan idiota, por querer volver a ser tan dichosamente idiota como tú eres ahora.”

Silencio. Sin palabras. No pude responder. Solo me permití abandonarme, abrazar a mi padre, posar mi cabeza sobre su hombro y descansar, solo descansar.

Después de aquel día conseguí su aceptación, mi padre aceptó mi enfermedad mental. Luché, afronté, y me superé. Tuve que crearme otro yo desde la raíz y un día, casi sin darme cuenta, aprendí el concepto de felicidad y su definición. Conseguí licenciarme, a pesar de las burlas de mis compañeras; me embarqué en proyectos e ideas, conocí otros lugares, descubrí la amistad verdadera y el amor sin cadenas.

Con el paso del tiempo, la vida me dio otra oportunidad y ahora contemplo sorprendida cómo de los lagrimales de mi hija caen gotas que impactan sobre el charco que vi, aquel día, a través de la ventana.

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