En la boca del lobo

Autora: Beatriz Guillén

Miradas que se esconden tras máscaras imperceptibles, así es el suburbano de Madrid. Huidizas y pícaras, algunas con ganas de ligar con él o la de enfrente del asiento del vagón. Otras, de desdén ante el paso de una persona que mendiga enfrentándose a la vida y, a viva voz, contando sus miserias. Ojos que ven pasar otros, ojos que no nos detenemos a ver. Miradas pobres y ricas que se bajan en la estación de Ópera o Goya. Duelo al ver una caída mortal en otra estación que no deseamos recordar. Historias cotidianas de gente que teclea con el móvil mientras esperan que otras se puedan levantar para ocupar el sitio, cual juego de la silla. Corremos hasta alcanzar la meta o al menos, cuando hay aglomeraciones, no morir en el intento. Hay de todo y todo puede pasar: robos, sobeteos consentidos… otros no. Gente hablando a gritos, chinas y chinos. Miradas tiernas a bebés, otras no tanto, del señor pedorreta sentado al lado de la niña con falda cinturón y ojos de matices azules. Extranjeros mirando mapas para encontrar la puerta del Sol, ellos rojos y quemados, sin protección solar. Sus ojos negros, verdes o coralinos de anzuelos infectados. No hay aire acondicionado, la gente nerviosa, para el tren… diez minutos. Parón grande en hora punta, tensión, mala hostia que se les pone a algunos y algunas porque hay que desalojar el vagón. Dolores en las piernas de ancianos que no pueden sentarse porque dos novios se dan el lote mientras una señora anciana deja su sitio a una mujer embarazada. Olores. El desodorante les abandona a algunos. Entrada a gritos de chiquillería después del cole, madres cabreadas que no llegan al súper, más calor y olor, túneles interminables, puertas que se cierran: “Atención, estación en curva, tengan cuidado al salir, en no poner el pie entre coche y anden”. Etnias. Músicas estridentes, disparatadas, música dulce que desea que no apague esa voz, y se vaya a otro vagón, aunque no le des propina. Más gente pidiendo por causas para salvar el mundo. Revisores. Cazafantasmas en busca de pobres infelices que no tienen billete. Colores culturales y cosmopolitas. La bella que mira a la nada de la oscuridad, personas comiendo sándwiches en el trayecto porque no llegan a trabajar. Mp3, mp4… Vendedores de chocolatinas. Inválidos. Robos. Monjas. Prostitutas. Chaperos. Drogadictos. Curas. Toda clase de personas. Inquisitivas miradas. Respirar hondo, llegada a la estación,  intercambio de tren, salida, búsqueda de boca de metro, destino final… se acabó el billete. Metro de Madrid… vuela.

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Soneto a Salamanca, ciudad de ensueño

Autor: Pablo Gascón

 

Hasta aquí me llega tu aroma, honrosa

ciudad que observó mis mejores años

ofreciéndome a los ojos tamaños

rascacielos de bondad y pureza.

Formada estás, Salamanca altanera,

por paisajes y figuras, por raya

y circunferencia, por atalaya

que se construye, cenit, pieza a pieza.

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Un conflicto bélico

Autor: Antonio del Cerro

De repente apareció el sargento. Los legionarios lo miraron. Tenía órdenes de organizar una defensa. Estaba a punto de mandar cavar trincheras pero se le ocurrió algo mejor:

-Haced una patrulla cerca del campamento.

Cogió su ordenador y se sentó. Los legionarios fueron a hacer la patrulla y cuando volvieron el sargento había consultado con el ordenador sus documentos de inteligencia sobre el enemigo y dijo:

-Van bien armados y están muy entrenados.

-Podíamos coger prisioneros e interrogarlos, dijo la cabo.

Al sargento le pareció una buena idea pero no quería que nadie se alejara del campamento.

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La casa de la cascada

Autor: Pedro Sobrevilla

Erase una vez una casa que parecía que flotaba, parecía que iba a caerse ella sola al vacío, parecía que iba a desaparecer por un agujero negro y tragársela un abismo.

Venía de un agujero de gusano, de una realidad virtual de volumen de tres dimensiones, sólidas, que aparecieron mágicamente convertida en realidad y fusionadas con el verde bosque.

Dentro de su tranquilidad, un hada creó una cascada, que por la noche se oían cantos de sirenas que seducían a las almas pérdidas de piratas y rufianes, y les ahogaban hasta el fondo salvándoles de la desesperación y el abismo.

Los duros cristales y la luz naranja del amanecer era un bunker insonorizado, para que las almas de las personas bondadosas no escuchasen ni se dejasen seducir por el canto de las sirenas.

El granito gris de la casa era algo sobrenatural en su composición, se decía que estaba hecho por fuerzas superiores de la naturaleza y espíritus buenos del bosque.

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Del pasado efímero de adolescencia y juventud

Autor: Pablo Medina

Pablo siempre quiso ser músico. Cuando era niño, el hecho de escuchar música le parecía algo misterioso. Sin tener muy claro la composición musical, se dejaba llevar por el sonido. Tan solo se relajaba cuando su padre, gran amante de la ópera y réquiems, encendía su antigua radio para escuchar el programa Radio Clásica de RNE. Se acurrucaba en el sillón del salón como una lombriz, para escuchar con deleite el programa. Sus padres, siempre asociaron ese comportamiento a una capacidad musical  inusitada que disimulaba en gran medida las grandes carencias que tenía para hacer amigos. Les resultaba fácil mirar para otro lado. El disfraz de virtuoso era mucho más esplendoroso que jugar en la calle con los amigos, al fútbol o al pilla pilla.

Los años más importantes de la infancia los pasó enroscado en un sillón, escuchando música clásica. Aunque la música le servía de apoyo para afrontar sus tareas escolares, cuando salía del colegio, como una presa veloz, se acercaba lo más rápido que podían llevarle sus piernas, para subir las escaleras de dos en dos, merendar y refugiarse en el sillón.

Le inscribieron sus padres al conservatorio de la ciudad, siempre con la sana intención de hacer de aquel hijo, un futuro músico o mejor un director de orquesta. Entre compases, partituras y ensayos pasaron los primeros y más importantes años de su vida. Entre aquella marabunta de partituras se le fue escapando la vida.

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Menudo panadero

Autor: Antonio del Cerro

En un pueblo de la comunidad valenciana llamado L’Olleria, donde sus campos están llenos de naranjos y olivos, vivía Mario, conocido como el Panadero del Amor. Era alto, de tez morena y fuerte. Tenía unos cuarenta y cinco años y estudió hostelería. Su primer trabajo fue de pinche de cocina en un bar. Tenía un coche pequeño con el que no podía hacer viajes largos. Trabajaba en una fábrica de pan desde hacia doce años y solía hablar con el pan. Cada día hablaba con los panes, le preguntaba cosas a las barras de pan, las contaba anécdotas y las ponía nombres. Una mañana fue a conocer a los que se comían el pan y se acercó a una panadería para observar a los clientes. Normalmente sufría ansiedad y malestar en la boca del estómago. Pero aquel día estaba muy nervioso, no conseguía controlarse. Los vecinos observaron su comportamiento extraño, llamaron a los médicos y le ingresaron. Le diagnosticaron una enfermedad mental. Mario era un esquizofrénico.

Le prescribieron una medicación y se produjo un cambio en su forma de pensar. Su obsesión de hablar con el pan venía de hacer el pan con mucho cariño y amor. Pensaba que la gente hablaba de él y a veces era verdad. Se incorporó de nuevo a la fábrica con la idea de que no pasaba nada, pero sus compañeros no querían relacionarse con él. Le dejaron de lado y casi nadie le hablaba. Lo saludaban pero sin cortesía, con miradas penetrantes y a veces con insultos como “El loco del amor” o tarado. Su supervisor le dijo que había quejas de sus compañeros y compañeras y como resultado del estigma dejo su trabajo en la fábrica. El origen de su enfermedad fue cuando de joven escapó de la justicia. Con unos amigos robó en una huerta un montón de verduras. El relacionaba el robo como una especie de rebelión contra el poder. Pasado un tiempo identificó que el poder está muy relacionado con la religión y la iglesia. Dios es el que manda y simbolizaba a Dios con el pan. Creía que si hacia bien el pan, Dios, le perdonaría de haber entrado en la huerta. El miedo a una reacción de la gente, es lo que el psiquiatra le dijo que era la causa por la que fue a la panadería y  por la que le daba aquellos ataques de ansiedad, ya que pensaba que la gente se enfadaría con él por no decirles que el pan estaba vivo.

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La habitación roja

Autor: Pedro Sobrevilla

Cuando era niño, a Antonio le encantaban los colores. Simplificaba sus nombres con letras imaginarias. De entre todos ellos, en especial, le llamaba la atención el color X&, es decir, el color rojo.

Todo su universo era su habitación, y cuando dormía, toda ella, se convertía en color rojo. Cuando captaba la luz que lo despertaba, en sus alucinaciones, soñaba con ser pintor.

Cuando se distraía de sus deberes cotidianos, se le podía ver pintando en cualquier parte, pero donde más le gustaba pintar, era en las paredes de su habitación. A medida que fue creciendo, los dibujos de las paredes se sobreponían uno encima del otro. El espacio se había reducido tanto, que apenas se podía observar el mínimo detalle de cualquiera de los dibujos realizados y tan solo, se podía apreciar el color X&.

En sus momentos de crisis, su conciencia se encargaba de dividir lo real de lo irreal, en bloques de color X&. No le resultó fácil hacer amigos, en verdad no tuvo ninguno, tampoco los necesitaba. Cuando en alguna ocasión compartía un poco de tiempo con alguno de los niños del barrio, ellos, poco a poco, se iban alejando, no alcanzaban a comprender aquellas visiones, aquella música que Antonio oía en su interior, la que escuchaba, pero que en realidad, no sonaba. Se dejaba transportar por el sonido interior de su música y en alguna ocasión, le llevaba a alguna cueva, donde no tenía cabida en su interior.

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El lago eternidad (tragedia de los dos niños en el valle de las flores)

Autor: Pablo Gascón

Después que la luna abrace la noche

Yo iré a besarte detrás de los árboles

Donde los últimos rayos,

tímidamente iluminan

las frondas de claridad,

fundidas en largo abrazo,

dos esbeltas figuritas

sus labios van a besar.

No hay por qué quebrar la rama,

ni recortar de dos troncos

un tronco de una raíz,

mas, ¡ay!, que las demás ramas

acechan al primer tronco

con sus espinas. ¡Huid!

¿Por qué quebrarlos si flores

bendicen a aquellos niños

que se aman con tesón?

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