Del pasado efímero de adolescencia y juventud

Autor: Pablo Medina

Pablo siempre quiso ser músico. Cuando era niño, el hecho de escuchar música le parecía algo misterioso. Sin tener muy claro la composición musical, se dejaba llevar por el sonido. Tan solo se relajaba cuando su padre, gran amante de la ópera y réquiems, encendía su antigua radio para escuchar el programa Radio Clásica de RNE. Se acurrucaba en el sillón del salón como una lombriz, para escuchar con deleite el programa. Sus padres, siempre asociaron ese comportamiento a una capacidad musical  inusitada que disimulaba en gran medida las grandes carencias que tenía para hacer amigos. Les resultaba fácil mirar para otro lado. El disfraz de virtuoso era mucho más esplendoroso que jugar en la calle con los amigos, al fútbol o al pilla pilla.

Los años más importantes de la infancia los pasó enroscado en un sillón, escuchando música clásica. Aunque la música le servía de apoyo para afrontar sus tareas escolares, cuando salía del colegio, como una presa veloz, se acercaba lo más rápido que podían llevarle sus piernas, para subir las escaleras de dos en dos, merendar y refugiarse en el sillón.

Le inscribieron sus padres al conservatorio de la ciudad, siempre con la sana intención de hacer de aquel hijo, un futuro músico o mejor un director de orquesta. Entre compases, partituras y ensayos pasaron los primeros y más importantes años de su vida. Entre aquella marabunta de partituras se le fue escapando la vida.

Salvo en la música y todo lo relacionado con ella, en lo demás fue un atentico desastre. No fue capaz de hacer amigos. En el colegio se le podía ver de vez en cuando en el patio del recreo, escondido en una esquina, refugiándose de las burlas de los compañeros, que le apodaron “El  Mozart de Moratalaz”. Para mofarse de Pablo, imitaban a una orquesta y de sus bocas, empezaban a expulsar las más desagradables notas desafinadas, con el deseo de provocar su irritación. Refugiado en su esquina particular, sus piernas comenzaban a temblar y para controlarlas, componía docenas de compases, con un alto grado de ingeniería musical. Lentamente, al final, conseguía dominar el nerviosismo y gracias al timbre del colegio, ponía fin a su sufrimiento. Fracasó al final en sus estudios escolares y de bachillerato.

Estuvo tan centrado en sus estudios musicales que dejó de percibir el tiempo, como un animal de compañía. Estaba tan absorto en lo suyo que se olvidó de vivir. Fue en el conservatorio donde conoció a Isabel. Era una muchacha de unos diecisiete años, de cabello negro azabache y de ojos verdes agua marina. Ella también era una desencantada de la vida. No les resultó difícil entenderse. Relacionarse e intimar, eran verbos que no estaban en su diccionario. Pablo, en ese momento de su vida contaba con la edad de veinte años. Siempre concibió esa relación como un pentagrama y componía sus compases en función de cómo se imaginaba su cuerpo. Dominaba los impulsos a golpe de clave de Sol y la primera vez que se besaron lo concibió como un aumento de un tono, un salto de una octava, que cortaba en gran parte su respiración. Avanzaron juntos todo lo que pudieron, pero cuando la música los dejaba de lado, se encontraban ante el gran abismo y el silencio lo dominaba todo.

Isabel fue realmente todo lo que tuvo pero no supo retenerla, o mejor dicho, no sabía cómo hacerlo. Cuando la relación fue perdiendo fuerza y el fondo del abismo se aproximaba cada vez más, el mazazo de la separación hizo añicos la escasa fortaleza mental que poseía Pablo. Fue considerado como su primer brote por los especialistas de las enfermedades mentales. Aislado y separado de lo que más apreciaba en esta vida, se refugió en las sombras del alcohol de cuarenta grados. Necesitó de una multitud de experimentos para calmar su ansiedad. Gracias a las terapias de grupo consiguió un equilibrio con patas de cristal.

Intentó recuperarse sin éxito, sabía bien, que cada recaída era un paso atrás. En esos años tan duros, se dedicó a transformar sus manos suaves y estilizadas en manos obreras, rasgadas por la falta de cuidado y se hizo repartidor de pizzas a domicilio. Para relacionarse con sus compañeros y esconder su realidad se inventó un mundo de excesos, de drogas y alcohol. Cuando sus compañeros deshacían el cuento desaparecía la magia y volvían de nuevo sus miedos, buscando cobijo en la soledad de su rincón. Cuando le faltaba el dinero le sobraban los amigos. Así los fue perdiendo todos. Cuando ya estaba exprimido, el abandono era la solución más frecuente. La ausencia de comunicación.

En un año, se le podía ver trabajando en diez o doce empresas. La duración máxima estaba establecida en dos meses. Cuando no se podía permitir mantener el disfraz, los compañeros de las diferentes empresas por las que pasó, le excluían como a los apestados y en su vida circular, debía de comenzar de nuevo.

Cuando cumplió los treinta años, tenía su cara marcada por el exceso y la medicación. Se buscaba estrategias para amansar los vicios de sus manos y los gestos que le delataban. No volvió a escuchar el programa de la radio.

Hace unos años, en un concierto de música clásica, se reencontró con Isabel. También había sido diagnosticada. Trastorno de la Personalidad. Sus ojos verdes agua marina se habían tornado en verde salado, de tanto llorar. Aun así, les hizo mucha ilusión encontrarse de nuevo. Ella iba acompañada de una persona mayor, posiblemente su madre. Se saludaron cortésmente y hablaron de música, de compases, de pentagramas,  de sostenidos y bemoles. Era la primera vez en muchos años en los que se le podía ver tranquilo, relajado, sin necesidad de refugiarse en un disfraz. Se conocían, no había rechazo. Acordaron en encontrarse de nuevo y se encontraron. Se perdieron en numerosas escalas y notas musicales y comenzaron a componer de nuevo.

Isabel tenía una familia que la apoyaba en todo. Nunca conoció la soledad. En los momentos más difíciles de su existencia, siempre tuvo una mano amable por parte de alguno de los miembros de su familia. Su trastorno fue aceptado desde el primer momento por todos. Se volcaron en hacer de su vida un tránsito más liviano. Consiguió a través de las numerosas terapias estabilizarse y consiguieron entre todos que su sonrisa no se apagase. Tenía en su cara ajada las marcas de sus crisis, pero su fuerza de voluntad era tan inmensa que rebajaba a lo más mínimo la importancia de su existencia. Consiguió salir a duras penas de esa situación y una vez estabilizada volvió a recordar los sonidos mágicos de cualquier composición musical. Volvió a sonreír, lo había logrado.

En esos momentos de felicidad pasajera volvió a los conciertos que tanto la relajaban y enriquecían. En uno de ellos, es donde se encontró de nuevo con Pablo. El resto ya es historia. Nunca más volvieron a separarse. Él supo mantener y alimentar aquella llama juvenil. Ella, solo necesitaba tenerle a su lado.

En la actualidad, han pasado de los sesenta años de edad cada uno de ellos. A Pablo se le puede ver paseando por el parque con algunos pliegos de partituras debajo del brazo. Alguno se le cae de vez en cuando y al agacharse a recogerlo, se puede apreciar con absoluta nitidez el autor de la obra: El Mozart de Moratalaz. Isabel, siempre a su lado.

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