Menudo panadero

Autor: Antonio del Cerro

En un pueblo de la comunidad valenciana llamado L’Olleria, donde sus campos están llenos de naranjos y olivos, vivía Mario, conocido como el Panadero del Amor. Era alto, de tez morena y fuerte. Tenía unos cuarenta y cinco años y estudió hostelería. Su primer trabajo fue de pinche de cocina en un bar. Tenía un coche pequeño con el que no podía hacer viajes largos. Trabajaba en una fábrica de pan desde hacia doce años y solía hablar con el pan. Cada día hablaba con los panes, le preguntaba cosas a las barras de pan, las contaba anécdotas y las ponía nombres. Una mañana fue a conocer a los que se comían el pan y se acercó a una panadería para observar a los clientes. Normalmente sufría ansiedad y malestar en la boca del estómago. Pero aquel día estaba muy nervioso, no conseguía controlarse. Los vecinos observaron su comportamiento extraño, llamaron a los médicos y le ingresaron. Le diagnosticaron una enfermedad mental. Mario era un esquizofrénico.

Le prescribieron una medicación y se produjo un cambio en su forma de pensar. Su obsesión de hablar con el pan venía de hacer el pan con mucho cariño y amor. Pensaba que la gente hablaba de él y a veces era verdad. Se incorporó de nuevo a la fábrica con la idea de que no pasaba nada, pero sus compañeros no querían relacionarse con él. Le dejaron de lado y casi nadie le hablaba. Lo saludaban pero sin cortesía, con miradas penetrantes y a veces con insultos como “El loco del amor” o tarado. Su supervisor le dijo que había quejas de sus compañeros y compañeras y como resultado del estigma dejo su trabajo en la fábrica. El origen de su enfermedad fue cuando de joven escapó de la justicia. Con unos amigos robó en una huerta un montón de verduras. El relacionaba el robo como una especie de rebelión contra el poder. Pasado un tiempo identificó que el poder está muy relacionado con la religión y la iglesia. Dios es el que manda y simbolizaba a Dios con el pan. Creía que si hacia bien el pan, Dios, le perdonaría de haber entrado en la huerta. El miedo a una reacción de la gente, es lo que el psiquiatra le dijo que era la causa por la que fue a la panadería y  por la que le daba aquellos ataques de ansiedad, ya que pensaba que la gente se enfadaría con él por no decirles que el pan estaba vivo.

El psiquiatra, hizo un informe en el que expresaba la buena conducta del enfermo, se tomaba la medicación con responsabilidad, asistía siempre a sus citas y estaba aprendiendo a nivelar su estado de ánimo. Resumiendo: iba por buen camino. Con ese informe le contrató una nueva empresa. Al principio no dijo nada de su enfermedad y al haber dejado de trabajar con el pan consiguió superarse y controlar sus síntomas. Con el paso del tiempo, le comentó a sus compañeros los problemas que tenía. En la nueva empresa no le discriminaron y pudo hacer una vida normal. En su nuevo trabajo en el almacén fue aceptado por todos los trabajadores y trabajadoras. Tenía unos compañeros nuevos más sensibles porque trabajaban para un minusválido muy acaudalado. El hecho de trabajar para un  discapacitado les había sensibilizado en relación con las enfermedades. Además, había compañeros discapacitados en la empresa. Los había de muchos tipos, pero él era el único discapacitado psíquico. Con ayuda de la medicación y asistiendo a las terapias de grupo con un psicólogo, consiguió olvidar la etapa de delincuencia en su juventud y ya no tenía remordimientos relacionados con el robo ni con el pan. Poco a poco, Mario, empezó a sentirse bien.

Encontró una pareja de Canals que se llamaba Patricia y se enamoraron. Estuvieron tres años de novios, viéndose los fines de semana, cuando Mario viajaba al pueblo cercano de ella. Disfrutaron mucho juntos haciendo senderismo. Pasado un tiempo, decidieron formalizar su relación y se casaron. Su mujer le apoyaba en muchas cosas y él a ella también. Empezó con ella a vivir la vida y a disfrutar sin estigma de las cosas cotidianas y del ocio. Teniendo como objetivo la superación consiguió un enriquecimiento  personal. Tuvieron dos hijos, Luis y Marta. Luis, era el mayor, y le gusta la natación. Marta, la pequeña, y le gusta el fútbol.

Con su familia fue muy feliz y aunque tomaba medicación, seguía teniendo ansiedad. Con sus nuevas responsabilidades compartidas con Patricia y viendo crecer a sus hijos se realizó como persona y fue todo un ejemplo.

 

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