El bello arte de la palabra escrita

Autora: Beatriz Guillén

Cuando me siento a escribir, pienso en la mágica sucesión de letras que recorren esta misma frase, como una pianista, que se enfrenta a una obra inacabada, no sé cómo terminará la historia…

Lo mismo ocurre en las personas que se refugian al calor de mi escucha. Sé que por más que intente comprenderlas y hablar con ellas esconden ese temor a no contextualizar con libertad aquello que le provoca miedo, enfado, irá, desahogó, sin embargo procuro estar alerta de mis letras y pronúncialas con cabeza, no sabes si el interlocutor del momento se sentirá aludido o no.

La profundidad de las palabras se asemeja al interiorismo de una casa por dentro, es lo que somos en realidad. Por fuera es la misma fachada, así ocurre con las personas que me rodeo cuanto más las admiro, más me implico en su comodidad y buen estado de ánimo, resulta inexcusable para algunos mi conducta, pero eso lo llamaremos egoísmo, y yo procuro no tenerlo, no soy la perfecta, mujer, ni la perfecta amiga, pero ese adjetivo es la raíz de todos los males.

La hipocresía: Alguien me enseño que ser hipócrita es mirarse a su propio ombligo constantemente, el dolor y desahogo que siente uno al hablar, libera, y por ello la palabra hipócrita la llevamos en cuestiones decisorias en nuestra vida personal, espiritual, fraternal, pero se disipa cuando llega la palabra humildad, destruye las anteriores ya mencionadas.

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Vuelo 147

Autor: Pablo Medina

Vuelo 147. Europa Air Line. New York. Aeropuerto JFK.

Era la hora, con la maleta hecha, y después de esperar y esperar, llegó el momento. La maleta embalada con ayuda de mi asistenta Magdalena. Me llevaba a Barajas mi hermano Juan Manuel.

Ya en el aeropuerto, lo primero, puerta de embarque, sucedió algo, me recordó a esas cosas que se oyen en los medios de comunicación: uno que iba a embarcar y alguien le dijo al oído “no tome usted ese vuelo” y luego no embarcó y ese mismo día ese avión se estrelló. Pero en esta ocasión fue otra cosa lo que pasó, que un hombre de raza negra cayó al suelo justo antes de la puerta de embarque. Acudieron el personal del aeropuerto y unos minutos más tarde llegó el SAMUR.

Ya se puede subir al avión. En la fila embarcamos por orden desde las ventanillas de la pasarela. Veo el nombre escrito en el morro del avión, se llama Bisbal. Tiempo después lo comenté con personas cercanas a mí, respuesta: que horror, qué mal, qué mal. Y lo más increíble después de esto es que todavía estoy aquí para contarlo.

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La casa Mágica

Autor: Pedro Sobrevilla

Había una vez una casa que se elevaba por el poder  de la magia y  por un truco de magia de un mago invisible: sólo se le veía la capa roja y negra,  la chistera y la varita.

Parecía en el césped que un hada hubiese echado pintura mágica de colores verde y amarillo.

Una cuerda que había dentro de la casa y que desde fuera no se veía servía para escaparse de lo invisible y unos palillos que  se utilizaban de peldaños, le servían al mago de los guantes blancos  que mágicamente aparecía y desaparecía dentro de la casa.

Decían que la casa estaba hecha de cartón y que por arte de magia podría incendiarse,  no quemarse y convertirse en una casa de verdad.

La casa de verdad dicen que un día se elevó flotando en el cielo azul y  unos niños volando en globo decían que habían visto una casa flotando.

Pero antes de que los niños vieran la casa, se divertían en una montaña rusa en un sueño que parecía real.

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Sobre la ventisca

Autor: Pablo Gascón

Sobre la ventisca, los huesos blancos

esparcidos del soldado me llegan;

son los mismos que tiempo atrás cegaron

por sí mismos aquella podredumbre

mundana que no consintió el picoteo

constante de palomas mensajeras.

Llegaron un día solas, y solas

marcharon. En sus picos la continúa

sed de venganza absorbió por completo

el solo atisbo de sus existencias.

 

Karma y queso

Autora: Estela Gómez

-Las personas solo son de color blanco azulado o rojo granate. Las de color blanco se detectan enseguida; las rodea un aura de buena energía que te traspasa y se apodera de ti, te transmiten calma, paz, bondad…, con una sola sonrisa o una mirada que te dediquen puedes darte cuenta de cómo son interiormente.

-Creo que tienes razón. Yo también he sentido eso alguna vez. Sé a lo que te refieres. ¿Y las de color rojo? ¿Son personas malas?

-No necesariamente. La sensación de rojo que se percibe de ellas bien puede ser por sus malos pensamientos o actos, tal como has intuido, pero también es de color rojo la gente que se siente herida, gente que sufre, que padece, que llora, que no puede más; gente con raspones en su alma que no consiguen hacerlos desaparecer. Gente que necesita ayuda.

-Pero entonces…, ¿cómo se distingue a alguien de mal corazón de alguien con el corazón roto?

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La gota de agua, la bombilla y el monitor

Autor: Pedro Sobrevilla

Érase una vez, una gota de agua, que antes de soñar con apagar incendios en el bosque, soñaba con convertirse en los tres estados: sólido, líquido y gaseoso.

El sólido soñaba con ser un cubito de hielo, llamado Señor Frío, el líquido una gota de agua llamado Señor Gota, y el gaseoso una nube llamado Señor Vapor, soñando con hacer formas en el cielo, pero teniendo siempre precaución, de no crear tormentas eléctricas extremas, y no crear fatales incendios, desastrosos y devastadores en el bosque.

Nunca o casi nunca se mezclaba con el Señor Alcohol, ni con el Señor Contaminación, porque una mezcla de los dos contaminaba de residuos el bosque, y el cristal por el efecto lupa, producía incendios que arrasaban y extinguían el bosque.

La gota de agua tenía como amiga una bombilla de led al lado de un espejo, en un suelo de azulejos azules, y justo al lado del lavabo, por las duchas, y por el grifo de la pila, salía a voluntad de los humanos la gota de agua, que casi siempre no se malgastaba.

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Giorgia on my mind

Autora: Beatriz Guillén

Vivía en un suburbio a las afueras de Georgia, EE.UU, mi nombre es Katherine, mi madre me lo puso por la afamada actriz Katherine Hepburn, que tanto le gustaba a mi madre, el régimen de comidas era tan simple como apetitoso, pollo frito, puré de patatas con mantequilla y Coca-Cola.

Un día en concreto, no sabría decir ahora cual, salí de esa especie de granja que teníamos los negros, en aquellos entonces guetos, me subí a un autobús , me senté disimulando, mayoritariamente era reservado para blancos, ese día no había demasiados dentro de la línea local, así que hice un desdén y me pude sentar a pesar de las miradas inquisitivas de hombres y mujeres, y los comentarios racistas y de asco de las personas del color de la leche. Fue ya a mis casi dieciséis años cuando decidí transformar el mundo, entrando en una Universidad, ya lo habían hecho otros compatriotas y varias mujeres de mi color.

Sentada en la última fila veía como las razas discriminadas por la segregación, no nos tenían ni permitido el contacto visual, a pesar de mis inmejorables notas, bajaban algún punto si el profesor en cuestión tenía rasgos racistas en su personalidad.

Pero conseguí graduarme y conseguí el título de enfermera. Allí en la Universidad conocí un chico blanco sureño, de ojos azules, y pelo rubio pajizo, me comentó que se llamaba Peter, que no todos los blancos eran tan malos, que él y su familia protestante, querían poder reunir a blancos y negros en total armonía para la consecuente y total plenitud de los derechos humanos basados en la no esclavitud, en los años cincuenta.

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Encuentro

Autora: Sandra Castagnetto

Se oyó un golpe de fondo. Cuando quise abrir mis ojos él estaba allí, detrás de la mesa que había delante de la puerta. Su mirada se clavó en mi piel. No pude dejar de temblar cuando me percaté de su presencia.

Apreté mis labios para que no dijeran nada, nada que pudiera romper el silencio cortante del ambiente cargado, cargado de rumores de su voz que empezaba a susurrar como un lamento que oía sin rumbo.

No dijimos nada. Nos encontramos allí. En silencio, sin saber si llorar o reír. Hacía años que no sabía de su existencia. Un día se perdió y su lamento no se volvió a escuchar, sin saber nada, sin contar con nada. Empezó a hablar, yo no quería oír.

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Es formidable imaginar

Autor: Pablo Gascón

Es formidable imaginar rompeolas

-conscientes de su altura-, componer

partituras llenas de melodías escritas

con la pluma de sus etéreos oleajes.

La voz de la lira sollozante

por los desamores de los amantes

que infinitamente en lucha se amaron.

(Nunca sabrá la luna cómo la quiso el sol).

Instrumentos musicales: ronco tamborileo

golpeando implacable el horizonte

oculto tras la noche, bajo estrellas

nacidas para vivir inmortales.

 

Discurso

Autor: Pablo Medina

Date cuenta de que tienes un plato. El plato estaba limpio ¿es esto cierto? O ya contenía alimentos o se los pusiste después en al plato, y antes tuviste que cocinar y más tareas: lavar, trocear, aliñar (en el caso de las ensaladas), freír, condimentar hasta presentar y servir.

Hubo un tiempo en el que comer todos los días era más puro. Recuerdas ahora aquellos días que mientras se preparaba la comida, a veces hasta se picaba de la comida sin estar hecha. Un ejemplo: coger una judía verde sin cocer o un trozo de patata y comérselo antes de cocinarlo. Eso sólo ocurría en aquellos días. Es un momento de la vida que parece de chiste. Vamos a tomárselo con humor, como el de aquel que andaba en la cocina con la fruta, te acercas a verle y te lo encuentras comiéndose un plátano con la cáscara y preguntas:

-¿Te lo comes sin pelar?

-Y qué más me da. Ya sé lo que hay dentro.

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Un cambio de rumbo

Autora: Sandra Castagnetto

Un vacío frío recorrió mi cuerpo cuando todo aquello. El tiempo se detuvo, y sombras invadieron mi entorno. Susurrando para sus adentros diminutas voces que se confundían con conversaciones de uno mismo. Me quedé quieta, sin rumbo. Como perdida en un bosque profundo. Helada en un único sonido de unos latidos rápidos, como queriendo llegar al tic – tac de un reloj interno, sin prisa. Rabia, rabia de no saber seguro el hilo de tu vida. De aquello que construiste a lo largo de media década sin descanso.

Caminando por el lado salvaje de la vida

Autor: Pablo Medina

Son las diez de la mañana. Salgo de casa. Tengo que andar un camino. Como es mi costumbre, caminaré por el lado salvaje. ¿Cuál es la definición de salvaje?

Es como si fueras andando, te chocaras con una piedra y ¡hala fuera del camino! Esto es así desde hace muchísimo tiempo, hay muchos tipos de piedras en el camino.

El lado salvaje te coge, te zarandea, te lleva de un sitio a otro, te trata lo mismo que si fueras un pelele, un “muñeco de trapo”. Y así uno se descentra, pero como si fueras un ave de rapiña, intentas de todas maneras volver a meterte de lleno en la pieza apresada, no perder tu camino. El camino recto es muy aburrido, ahora salirse de él no conviene nada, se puede pasar mal. Es decir, que en el lado salvaje te hacen pagar pero sin compasión. Bueno, pues yo insisto, sigo el camino recto que ya van muchas de eso, de salirse del camino. Aparte, me voy a poner a observar las buenas cosas del camino recto. Las imágenes de toda una vida, como el aire que respiras, hasta amigas que te recuerdan “invierte en ti”. ¡Gracias buena gente encontrada en el camino!

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Querido diario

Autora: Beatriz Guillén

Querido diario, 12 enero 2017.

No puedo contárselo a mis padres, soy homosexual, me gustan los chicos, hoy Francisco me ha mirado y me ha sonreído, lo que ha despejado la duda. Soy muy feliz.

Querido diario, 14 febrero 2017.

Fran y sus amigos han empezado a hablar entre ellos, ¡Jo! Le miro y cada vez me gusta más es guapísimo, esos ojos azules y esa sonrisa, con dieciocho años que tengo y no he tenido novia, la gente habla, puede sospechar de mí.

Querido diario, 3 Marzo 2017.

Hoy Fran se ha acercado a mi pupitre y me ha lanzado un beso: “Guapo”, me ha dicho, la gente se ha reído de mí, lloré, pero entró la profe y se callaron todos. Estoy metido en un grupo de WhatsApp y se ha corrido la voz, “Maricón” me llaman. Papá y mamá siguen sin enterarse.

Querido diario, 25 marzo 2017.

Me prohíben acercarme a Fran, incluso me insultan en el pasillo.

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Lucha de gigantes

Autor: Kepa Vadillo

Cuando era pequeño, no sabía calcular la distancia que te separaba del suelo. A medida que fui creciendo, escondí mis miedos en el cajón y los temores fueron desapareciendo. Poco a poco, conseguí que aquellas sombras desaparecieran para siempre de mi lado y dejaran de molestarme.

En mi primer combate desigual, arranqué de un plumazo los valores sobre el honor de tu diccionario. Al sentirte contrariado, cerraste sempiternamente el lazo de consanguinidad. Ahora, cuando ya no te tengo, me pregunto en la oscuridad… ¿Qué fue de aquello que denominabas “miedo a la mediocridad”?

En mi lucha de gigantes, por intentarte superar, he recordado la fecha de tu cumpleaños, no me acuerdo de nada más.