Giorgia on my mind

Autora: Beatriz Guillén

Vivía en un suburbio a las afueras de Georgia, EE.UU, mi nombre es Katherine, mi madre me lo puso por la afamada actriz Katherine Hepburn, que tanto le gustaba a mi madre, el régimen de comidas era tan simple como apetitoso, pollo frito, puré de patatas con mantequilla y Coca-Cola.

Un día en concreto, no sabría decir ahora cual, salí de esa especie de granja que teníamos los negros, en aquellos entonces guetos, me subí a un autobús , me senté disimulando, mayoritariamente era reservado para blancos, ese día no había demasiados dentro de la línea local, así que hice un desdén y me pude sentar a pesar de las miradas inquisitivas de hombres y mujeres, y los comentarios racistas y de asco de las personas del color de la leche. Fue ya a mis casi dieciséis años cuando decidí transformar el mundo, entrando en una Universidad, ya lo habían hecho otros compatriotas y varias mujeres de mi color.

Sentada en la última fila veía como las razas discriminadas por la segregación, no nos tenían ni permitido el contacto visual, a pesar de mis inmejorables notas, bajaban algún punto si el profesor en cuestión tenía rasgos racistas en su personalidad.

Pero conseguí graduarme y conseguí el título de enfermera. Allí en la Universidad conocí un chico blanco sureño, de ojos azules, y pelo rubio pajizo, me comentó que se llamaba Peter, que no todos los blancos eran tan malos, que él y su familia protestante, querían poder reunir a blancos y negros en total armonía para la consecuente y total plenitud de los derechos humanos basados en la no esclavitud, en los años cincuenta.

Sus palabras me conmovieron de tal manera, que siendo yo tan joven, mujer y negra, no podía explicarle a Peter el amor que sentía por él, sin tener que estar pendiente del yugo forzado de las miradas de desdén que tenían los demás alumnos blancos, cuando nos cruzábamos en los pasillos de la facultad de medicina.

Aunque nuestra amistad se fue distanciando por el tiempo, él conseguía poder verme a escondidas de vez en cuando y me escribía cartas, aún las conservo, Peter, se declaró un día de mayo y me dijo todo lo que sentía por mí.

Mi familia me echó a la calle, no soportaba que su hija con estudios superiores aceptase la mano de un protestante y blanco.

Por ello fui al hospital donde trabajaba, y hasta altas horas de la madrugada me quedaba en vilo vigilando a los enfermos, casi no comía, perdí kilos, pero Peter me ayudaba amablemente, y comíamos en las zonas comunes, cuando no había vigilancia.

Ningún miembro de mi familia aceptó ir a mi boda a excepción de mi madre, empatizó con los allí presentes y la acogieron como una más, fue al escuchar “Georgia on my mind” de Ray Charles, en un disco de vinilo, el saber que ese amor saldría a flote a pesar de nuestras dificultades, que no fueron pocas, desde la primera hija, hasta nuestros nietos; Peter, ya no está conmigo, murió hace un año, pero aún lo amo, por salir del bache, por decirme buenos días mi reina de ébano y dedicarme una sonrisa, coger una rosa todas las primaveras el día que se me declaró y dejármela en la mesilla de noche, todos esos pequeños detalles me llegan a mi mente, y por ello agradezco haber visto por primera vez en televisión a mis ochenta años la investidura de un presidente de color, y que Aretha Franklin, allí presente le cantase, y mis nietos, abogados, maestras y cirujanos, casados con distintas razas, estemos ahora delante de la televisión llorando y deseando que este país mejoré su situación, que otros presidentes hipócritas no hicieron. ¿Qué nos otorgará el fututo? No lo sé, pero lo único que sé es que el señor y la señora Obama, lo harán bien, y demostraran a la sociedad, una conducta de igualdad, libertad, justicia y amor de los negros hacia los blancos. Mi dura vida de acontecimientos, ya vivida por circunstancias que yo no decidí, y desde que embarqué en la sociedad blanca he ido escalando a puestos grandes al igual que otros negros. Mi visión ahora es descansar, que me cuiden y ayuden, y aquí en mi Georgia natal rodeada de todos los míos, no poder más que repudiar el hecho de que el racismo es retrogrado, insulso estúpido… porque la sangre no es ni negra, ni blanca; la sangre es roja y hace mover todos los corazones de todos los seres vivos de este mundo.

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