El bello arte de la palabra escrita

Autora: Beatriz Guillén

Cuando me siento a escribir, pienso en la mágica sucesión de letras que recorren esta misma frase, como una pianista, que se enfrenta a una obra inacabada, no sé cómo terminará la historia…

Lo mismo ocurre en las personas que se refugian al calor de mi escucha. Sé que por más que intente comprenderlas y hablar con ellas esconden ese temor a no contextualizar con libertad aquello que le provoca miedo, enfado, irá, desahogó, sin embargo procuro estar alerta de mis letras y pronúncialas con cabeza, no sabes si el interlocutor del momento se sentirá aludido o no.

La profundidad de las palabras se asemeja al interiorismo de una casa por dentro, es lo que somos en realidad. Por fuera es la misma fachada, así ocurre con las personas que me rodeo cuanto más las admiro, más me implico en su comodidad y buen estado de ánimo, resulta inexcusable para algunos mi conducta, pero eso lo llamaremos egoísmo, y yo procuro no tenerlo, no soy la perfecta, mujer, ni la perfecta amiga, pero ese adjetivo es la raíz de todos los males.

La hipocresía: Alguien me enseño que ser hipócrita es mirarse a su propio ombligo constantemente, el dolor y desahogo que siente uno al hablar, libera, y por ello la palabra hipócrita la llevamos en cuestiones decisorias en nuestra vida personal, espiritual, fraternal, pero se disipa cuando llega la palabra humildad, destruye las anteriores ya mencionadas.

Humildad: es aquello que nos llega a poder ser un poquito mejores de lo que somos, con la sencillez de una dedicatoria, “una palabra tuya bastara para salvarme” dicen los feligreses, algunos conectados con humildad defectuosa, pues es solo salir del templo y criticar desde fuera al beato o beata de turno.

Me escuece la gente que no permite dejar hablar y expresarse, con las palabras que paternalmente nos enseñaron desde nanos, los niños son ese ejemplo de humildad y valores que nosotros los mayores deberíamos seguir, es algo que tengo claro, la voz de un niño es más valiosa que ajuntando todos los tesoros de nuestro mundo, es la voz del futuro pueblo la que acalla una guerra de civilizaciones nuestro deber como adultos es prácticamente conseguir el mismo estado de humanidad recién nacida sin llegar a extremos de lo absurdo y  de cabezas huecas, que de eso hay y mucho.

Para mí la escritura es el verbo dirigido al hombre, más concretamente a la humanidad que escucha atenta este dialogo que se intercambia únicamente de escritor a receptor, proceso adecuado para dar que pensar sin más previo hecho de dar información pertinente, de aquello que nos interesa contar, lo vivido, lo amado, lo sufrido…

¿Pero cuál es el réquiem de la palabra?: la duda. Es aquí donde se usa al escéptico de la vida y da un interrogante, de ahí este diccionario mío, que refleja el sentido de una boca que desea gritar vivamente aquello que siente, sin enfrentamiento alguno de aquellos que lo puedan malinterpretar.

Este es el comienzo de mi carrera como futura escritora.

 

 

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