Un día en el parque

Autora: Sandra Castagnetto

Las puertas se abren. Entramos por la puerta lateral en dirección a los chorros. Llegamos a éstos y nos quitamos las mochilas dejándolas en el suelo, al lado de la entrada en la tienda de suvenires.

Hacía calor y nos sumergimos en los chorros, empapando nuestra ropa de verano que estaba esperando que se sometiera al frío agua de la atracción.

Durante veinte minutos buceamos bajo el agua dando vueltas a las Pérgolas.

Salimos de los chorros. Nos dirigimos a la atracción de las gafas virtuales. Nos pusimos en la fila esperando nuestro turno, nerviosos, excitados por el sonido del carro sobre los raíles.

Por fin nuestro turno. Nos pusieron unas gafas virtuales desde donde salían muñecos y otros personajes a los que tenías que apuntar. Llegamos a su fin y salimos por la entrada.

Fuimos a los fiordos. Nos pusimos en la fila a la espera de nuestro turno, viendo como otros caían desde la atracción al otro lado del puente, cayendo agua a su paso, empañado el traje de bala por debajo del pantalón.

Al salir de la atracción pusimos rumbo a los donuts. En estos te movías de un lado a otro chapoteando entre los raíles, dando un saltito en el donut para no mojarte, aunque esto era casi imposible, después de pasar por debajo de un chorro que rociaba todo el donut. Finalizamos esta atracción. Quedamos varados en el hueco de la salida sin poder movernos. Por fin salimos y nos dispusimos a poner rumbo en busca de un lugar fresquito donde comer. Buscamos sitio entre la hierba y nos quedamos debajo de los zepelines que recorrían parte del parque. Comimos. Hicimos tiempo para la siguiente atracción. El zepelín iba por el parque saludando a la gente que paseaba por las calles. Terminamos el recorrido y nos dividimos para aprovechar las siguientes atracciones.

Llegamos a las sillas voladoras. Esperamos nuestro turno. Subimos por pares a las sillas. Pudimos divisar todo Madrid desde ellas, haciéndose pequeño todo nuestro alrededor. Parecía más grande y más importante después de bajar de las sillas, satisfechos de la conquista ocular del horizonte.

Todavía tuvimos que subir a otras dos atracciones más cuando vimos la hora en el reloj, reloj que nos dijo que era hora de la marcha. Nos despedimos comiéndonos un helado que se fue consumiendo a medida que nos acercábamos a la salida y el recorrido llegó a su fin.

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