Le llamaban Cristo-Jesu-Cristo. Pero el diablo dijo No

Autor: Pablo Medina

Ha pasado mucho tiempo, el suficiente como para haber borrado de su memoria la carga que desde jovencito iba asociada a su forma de vivir, a su forma de pensar, en definitiva a su forma de existir. Para remate, sus padres le pusieron de nombre Cristo.

En los años en los que el acoso y desgaste por parte de los niños del vecindario no estaba regulado, como lo está ahora, resultaba sencillo destrozar a una persona, meterse permanentemente con él y degradarle de tal forma, que al final había que estar recogiendo trozos de su estima por el suelo, como un cristal roto. Es normal que enfermara o por lo menos, que el informe médico hiciera mención en uno de sus numerosos apartados, aquellos en los que el tribunal desaconsejaba ser una persona activa o capital humano.

Con el paso de los años, Cristo o  Jesu-Cristo, como se le conocía en el barrio, había dejado de imitar la vida de los otros vecinos. Ahora vive en las grandes superficies, esas en las que los mendigos campan sin control, llevando un carrito con todos los enseres de su vida, sus tesoros más importantes.

 Ya no pide para ahorrar ni para volver a ser persona. Ya no pide para tener su casa, su familia y una vida, sin entrar a valorar si es normal o no normal. Ahora solo pide para los vicios, las dependencias, el tabaco y el alcohol; la del puesto de periódicos te cuenta que, ahora a ése y más de ese palo, los llaman Yonqui lata.

Solo por imitar a los demás, o porque  solo piensan que si se toman una cerveza y se fuman un pitillo solucionan lo que les pasa, que no quieren nada mas, ni se meten con nadie. Aunque ahora imitar, ya no sirva para nada.

En su casa prefabricada con cartones de Carrefour, sábanas bajeras de plástico de embalar y mantas de un contenedor del reciclado, se le puede ver deambulando por el centro comercial. Su pelo larguísimo recogido con una goma, barbado y con sus ropas anchas, transmite una sensación conocida por él y algo mesiánica para los viandantes. Dicen que posee dos de los más preciados dones personales: la oratoria y la amabilidad.

A veces, se forman círculos a su alrededor, simplemente por el placer de escuchar su discurso, otras veces, el que escucha es él. No sé lo que tendrá, tan sólo puedo decir que, aquellos que tienen y tuvieron la suerte de contar con su presencia, salían reconfortados, se les podía ver su sonrisa complaciente y una amigable paz en su rictus.

Un día, me habló de lo que fue, de toda la gente que había conocido, de los viajes realizados por España y de aquella familia que siempre añoró y nunca tuvo. Conversamos sin mirar el tiempo, sentados en su humilde casa de cartón, junto con dos cervezas de lata. Recuerdo que tenía el semblante desorientado y la mirada perdida. Me hizo prometer que no lo olvidaría. Hace unos meses que desapareció su presencia del centro comercial.

Ahora, cuando paso por su rincón, se pueden ver relucientes las baldosas con imitación a mármol del suelo y pared. Ya no está su cobijo, ya no quedan restos de su vivienda de cartón, ya no hay dos latas de cerveza vacías. Me acerco con mis hijos y dejo una rosa con un mensaje en su recuerdo: “Mi querido Yonqui Lata, gracias por enseñarme tanto”.

 

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