Pinceladas de una amistad

Autora: Sandra Castagnetto

Erase un niño que se despertaba cada mañana con mucho miedo. Quizás el aire vibrando por las hojas de los árboles del parque, quizás la sombra entre los coches de la calle a media luz, le hacían vibrar cada día al despertar temprano. Mirando a su alrededor el chico veía sombras que giraban en torno a su cabeza y le hacían estremecer.

Un día le dijo a su madre: “Mamá, mamá, esa sombra que me sigue se parece al yayo. A veces me habla y me cuenta cómo van a ser mis pasos de mayor”.

Los padres del niño estaban muy preocupados por Jaime, que así se llamaba el niño de sus ojos, ya que desde que tuvo el accidente con la bici, de eso hace ya unos meses, no parecía el mismo. Llamaba, bajaba cada mañana corriendo escaleras abajo, con su pijama a rayas verde saltando por encima del sofá, gritando: “ya vienen, ya vienen”. Los padres de Jaime decidieron llevarle al especialista.

En una sala con carteles había unos bancos de madera laminados. De fondo, una ventana roja “Thermolactyl”. Llegó a la sala Mario. Mario, que era un niño con un bastón en la mano, se guiaba por los sonidos de las voces que le susurraban, sonidos que viajaban por el aire hasta sus oídos. Se encontró con Jaime y lo primero que le vino a la cabeza fue su olor. Le vino a la mente los días de invierno junto a la cocina, aquella donde su madre preparaba la crema de lavanda y luego rociaba sus manos, aquellas que acariciaban su mejilla y su pelo, cuando le peinaba con la raya en medio. “Tengo miedo” le dijo a Mario. Este prosiguió: “La oscuridad no te va hacer daño. Cuando salgas a consulta llegarás por el pasillo estrecho que conecta con la sala. Cuando entres a la consulta, te encontrarás a mano derecha con un cuadro azul, en el centro con una mesita, dos sillas y una estantería con libros y juguetes a mano izquierda”. La habitación olía a jazmín.

Jaime fue nombrado por la bronca voz de la enfermera. Recorrió el estrecho pasillo y llegó a la puerta verde número tres. Ahí estaba el cuadro, a la derecha, tal y como le dijo Mario, la mesa y la estantería y no le fue indiferente el olor a jazmín que desprendía el cuarto. Estuvo hablando con la doctora y más tarde entró la madre con lágrimas en los ojos, afligida. Al cabo de un rato, Mario, con acento de entusiasmo, le hizo sentir que no estaba solo y que el miedo había desaparecido. Sabía que en Mario había encontrado a alguien más que a un niño con un bastón.

La doctora advirtió que esos miedos de Jaime podrían convertirse en el pan de cada día del niño, sin que nadie pudiera ayudarle, sin que nadie pueda advertir el miedo de sus ojos y que podrían seguir atormentando la trayectoria de Jaime. Era un mal que podría solventar con tratamiento, unos antisicóticos muy poco amigables.

Jaime y Mario se encontraban por las tardes en el parque y solían andar hacia el estanque de los patos para echarles pedazos de pan. Un día, Mario alargó su pierna para cruzar entre los coches que había detenidos en el parque pero uno, el más burlón, siguió su curso sin percatarse del niño. Mario tocado por la parte delantera del coche cayó al suelo no antes de que Jaime le cogiera de la cola de la chaqueta. Al levantar se percató de que su bastón estaba hecho pedacitos en medio de la calzada. Solo le quedaba Jaime.

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