¿A qué sabe el olvido?

Autor: Kepa Vadillo

Sucedió en la estación del tren de cercanías de mi pueblo. Como todos los días, después de la salida del instituto, le acompañaba a la estación para que cogiera el tren que le llevaría hasta su pueblo. Nos acomodamos en nuestro sitio de siempre, al final de la estación, donde las conversaciones pueden ser más privadas y las caricias no son objeto de observación. Allí, en nuestro lugar favorito me dijo que me dejaba, que nuestra relación se había terminado. Allí, en el mismo muro donde habíamos dibujado nuestros nombres envueltos en un corazón.

Encajé el crochet, me tambaleé. Me cogió con la defensa baja, simplemente bajé los guantes, tiré la toalla y di por finalizado el combate. Que se retrasara el tren hizo que aún conservara en mi memoria los últimos olores, mezcla de colonia y sudor. Se despidió desde la ventana alzando su mano. Tan solo pude devolver el gesto, como perdido, esperar a que arrancara el tren y comprobar que aquello no era un mal sueño.

Crucé el vestíbulo de la estación, bajé los cuatro peldaños que separaba el desnivel de la calzada y me dirigí a mi casa. Durante esos quinientos metros que dista una de la otra, pude sentir y experimentar a qué sabe la ausencia y el olvido. Mi única preocupación era saber si tendría que volver a buscarla de nuevo y acompañarla como todos los días a la salida del instituto. Era viernes, me concedió el beneplácito del fin de semana. Me embriagué de los olores pero también del vacío, esa sensación primeriza que nadie te enseña ni te prepara. No la volví a ver, a pesar de los escasos cinco kilómetros que separan ambas localidades.

Una semana después, en el quiosco de chucherías de Tito, me encontré con mi amigo de la cuadrilla Gorka. Con él compartí, por primera vez, mi desasosiego. Como buen bermeano, marinero de pro, con ese deje euskaldún me dijo:

– ¡Joder txo! ¡Oye, no te preocupes que hay otras!

Con esa simpleza, mirándome con esos ojos azules típicos de la costa cantábrica, me rehabilitó. Nos fuimos a tomar un zurito al Bar Jado y a jugar una partida al futbolín. En el fondo del bar, sonaba una canción en la máquina de discos… “olvídame tú, que yo no puedo”.

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