Azules son sus pinceladas

Autora: Beatriz Guillén

En mi vida, intenté ponerme en su lugar, no sabía lo que sus ojos intentaban decirme, yo era joven, demasiado delicada y con aires de madrileña de educación exquisita, como para intentar querer a mi marido.

En el año 1889, la exposición de París era un sueño para cualquier muchacha que deseaba investigar, intrigándose entre las calles olorosas de barrios concurridos como el de Montmartre. Allí junto a mí, varios pintores me sonreían. Hubo uno, simpático, que hablaba español, de hecho lo era, con ojos profundos y negros, bebía absenta y fumaba en un bar, por lo que me hizo sospechar que también era artista.

Su voz dolorosamente aguda, me habló con delicadeza, me dijo que era malagueño, que viajó hasta París para retratar, para influirse de otras lenguas y culturas.

“Mademoiselle, su coche está aquí” me dijo mi dama de compañía. Sentía repulsión por esa frase ya que el cautivador hombre me seguía mirando, esperando a que yo completara el hilo de la conversación. Volviendo hacia el colegio de señoritas, estudiaba las palabras y los esbozos de esa sonrisa tan madura que había conocido. Me pregunté: “¿Cuántas mujeres había cautivado con esos ojos, y que tipo de retratos realizaba?”. No esperé la respuesta al día siguiente, me escapé del Liceo francés, donde una buena señorita y bien educada debía estar aprendiendo y no persiguiendo hombres, con la única finalidad de averiguar que había detrás del misterioso español, malagueño y pintor, que conocí el día anterior. Fue cuando por el camino de ida, empezaron a enturbiándoseme los ojos, cuando comprendí que aquello que hacía estaba mal. Regresé a las clases, con la única excusa de una indisposición que me llevó a suspenderlas durante unas horas. Pasaron años, acabé los estudios y volví a Madrid. A mis veinticinco años, mi prometido Juan Valladares de Escribana, un señor rico de la época, me pidió la mano, en la reunión de familiares y de amigos que hacían en Navidad, en mi casa del barrio Salamanca de Madrid. No era de extrañar que para primavera ya fuera la señora de Valladares de Escribana, y fue en un viaje de negocios donde me llevó mi marido otra vez de vuelta a París, después de mis años de estudiante en el Liceo. Cuando, en una galería de arte, volví a ver a ese hombre malagueño, cuyo nombre desconocía. Miré el retrato de una joven pintada de azul, él firmaba como Picasso: Pablo Ruiz Picasso, se llamaba. Increíble, después de tantos años, pensando en él y estaba en esa galería con aires de bohemio, vistiendo pantalones azules marinos y jersey de cuello alto con chaqueta negra. Me quedé mirando sus cuadros, contemplando sus trazos, hirientes, perfilados, duros, suaves y tremendamente raros. Y mi marido, al ver que contemplaba uno de esos cuadros, que ahora mismo no está ni en mi casa, sino en el Museo del Prado, me lo compró, como regalo de una inolvidable noche en el hotel donde nos hospedábamos. Yo aún no estaba segura de mis sentimientos, y ni lo seguiré estando después de que mi marido falleciese hace ya dos años. Pero muy pronto me quedé encinta y di a luz a un varón. Mi marido, abrió una botella de champagne francés y brindó, me preguntó qué nombre le íbamos a poner al pequeño. Me dejó elegir. Vi su cara, de ojos tremendamente llamativos, azules oscuros, solo pensé que debía llamarse, como aquél pintor, que, platónicamente, me había cautivado.

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