El pícaro pastelero y Mateo

Autora: Beatriz Guillén

En un pueblecito muy, muy lejano había un pastelero que hacía ricas golosinas para los niños. Entre ellos, un niño llamado Mateo. Su madre no podía comprarle nunca ninguna pues, después de la escuela, ella tenía que apresurarse para limpiar una casa donde trabajaba como sirvienta de unos ancianos; ella intentaba pasar tiempo libre con su hijo, pero ya tenía suficiente con pagar el alquiler de su propia casa y trabajar. Le gustaba ver que su pequeño estaba siempre estudiando o jugando. Los dueños dejaban que Mateo estuviera allí, de vez en cuando, ya que era como un nieto para ellos y le dejaban mientras tanto jugar, hacer los deberes y estudiar. Pero, el señor anciano que de profesión había sido cocinero, le enseñaba recetas a Mateo, y se las dictaba, ambos practicaban cocinando todo tipo de dulces caseros. Mateo aprendió a cocinar de verdad y su madre se sorprendía de las habilidades que tenía su hijo. Un día le dijo el anciano a Mateo que estudiase cocina, porque valía para eso. Mateo se quedó sorprendido, porque un niño tan pequeño como él, no había pensado en su profesión cuando fuera mayor, pero le pareció una gran idea. A Mateo le gustaba cocinar. Un día, en un fin de semana, que su madre libraba del trabajo, llevó a Mateo a la pastelería, pues había sacado muy buenas notas y estaba muy contenta. El niño eligió de entre todos los pasteles uno de chocolate y comenzó a comerlo. Al primer bocado, le dijo al pastelero que no llevaba el suficiente chocolate y es que el pícaro pastelero no sabía cocinar y compraba los dulces en una fábrica. Cuando Mateo se fue haciendo mayor, eligió como estudios ser cocinero, en concreto pastelero, su madre se sentía orgullosa de Mateo y del esfuerzo que había logrado al poder matricularse en una de las mejores escuelas de cocina de París. Mateo era un gran chef con mucho prestigio. Pero decidió volver a su pueblo natal y abrió una chocolatería en el centro del pueblo y con lo que había aprendido, realizó los más suculentos pasteles, bombones, chocolatinas, caramelos, tartas, piruletas, todos ellos realizados con el mejor chocolate. ¿Sabéis a que pastelería iban los niños después del colegio? Pues a la de Mateo. Él tenía la mejor repostería y la más saludable, con los mejores cacaos de todo el mundo, era leal, honesto y tenía mucha amabilidad con la clientela, se dieron cuenta de la calidad que ponía en su trabajo Mateo. El pícaro pastelero se quedó sin clientes, pues los engañaba con dulces prefabricados y los clientes no eran tontos, sabían que los dulces de Mateo eran de mayor calidad y más sanos. Así que ya pasado un tiempo, el pícaro pastelero tuvo que cerrar la pastelería. Mateo apenado, vio como el pastelero de su infancia cerraba la tiendecita donde, de vez en cuando, compraba alguna golosina. Dado que no era su intención que el pícaro pastelero se quedase sin trabajo, lo vio llorando en un rincón de la calle mientras echaba el cierre, Mateo habló con él y le dijo que no llorase, que él tenía mucha clientela y necesitaba personal, y que si quería le daba trabajo, mientras que le enseñaba a cocinar de verdad. Mateo y el pícaro pastelero se dieron la mano, símbolo de amistad. Por un tiempo Mateo vio que el pícaro pastelero no sabía cocinar, así que le enseñó de verdad cómo se cocinaba bien y con mucha paciencia, le confió las recetas más suculentas y nuevas para hacer los mejores dulces del pueblo. Ambos consiguieron ser muy buenos amigos y hacer muy felices a los niños con sus dulces. Así, el viejo pastelero era feliz porque, por primera vez, cocinaba y no engañaba. Aprendió del joven Mateo que, si él no hubiese escatimado en ingredientes, y engañado a los niños con sus dulces prefabricados, habría tenido más éxito en su trabajo si no hubiese dado “gato por liebre”, y así no tendría que haber cerrado su antigua pastelería. Por lo que no es más listo el que engaña por no saber hacer bien las cosas sino el que es más honesto y honrado, el que lo hace bien desde el principio, para poder tener éxito en esta vida.

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