Historias de un zoo

Autor: Pedro Sobrevilla

Esta es la historia de unos animales de circo que se escaparon de una carpa roja blanca alta y claustrofóbica, todos los días iban del zoo al circo en un tren, cada uno en un compartimento, angosto que recordaba a esos trenes abarrotados que creaban ansiedad y angustia a los animales, y que en días de pleno verano podrían correr el riesgo de deshidratarse.

El orangután de nombre Jorge, veía en su compartimento series de los ochenta como ”Fraggle Rock”, o por la noche de viaje al circo, veía pelis de superhéroes como “ la liga de la justicia”, no le gustó tanto como los dibujos que veía en telemadrid por la mañana en su más tierna infancia y parte de la adolescencia.

Le apasionaba la comida, era un reputado crítico gastronómico, y sus cuidadores en su tiempo libre le llevaban a restaurantes chinos a comer plátanos con miel, como premio a su buen comportamiento y porque hacía la crítica de todos los restaurantes chinos.

Era de constitución muy elástico, puesto que hacía gimnasia rítmica. En su tiempo libre en el zoo se colgaba de las ramas altas de los árboles, tenía mucha habilidad porque en un pasado fue campeón de barra fija y anillas.

Su hermano gorila se llamaba Pedro y le apasionaba el boxeo. Paraba en un antiguo bar de la calle Príncipe de Vergara 210 junto a parque de Berlín llamado como la película de Stalone Rocky.

Un día apareció una gorila de Colombia de nombre Janet, y sabía cocinar y como le encantaban los plátanos le preparó un plato de plátano macho y le conquisto. La gorila tenía como actriz favorita, a Juana Acosta, que le enseño a preparar la receta de plátano frito y al gorila Pedro le invito a su casa a ver la película “vientos de la habana” y se gustaron. Ella, una noche tomando ron, habló de política y le propuso una revolución a todos sus amigos animales para que se escapasen del zoo, debido a la tiranía y el mal trato de los cuidadores

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El abandono

Autor: Kepa Vadillo

23 de julio de 2017

Deambulaba cabizbajo por el pasillo de su casa sin tener muy claro que dirección tomar. Vivía en el bajo, en una finca de cuatro plantas, sin ascensor, alejado del bullicio de la población. La vivienda tenía una superficie amplia, rondaba los cien metros, suficientes como para sentirse más solo todavía. Se trasladó a esa finca con su familia natal, en plena construcción del barrio, en una fecha en la que no era capaz de atisbar lo que había en el exterior desde las ventanas. El barrio había crecido al abrigo de unos altos hornos, por una demanda incesante de mano de obra sin formación y fruto de una emigración sin precedentes en la zona. Los montes que protegían con sus sombras a sus pobladores tenían en sus entrañas minerales de hierro y esa era la razón principal que facilitaba la inversión. La mezcla de costumbres, de los olores a la hora de cocinar, de ruidos, del vocerío por parte de sus vecinos no presagiaba una convivencia civilmente aceptable, pero se resignaron a vivir con lo que les tocaba.

En los años setenta, las bolsas de basura de la vecindad se depositaban en un lugar ubicado para ellas, encima de un pequeño solar de tierra al lado del monte. No había contenedores verdes o amarillos como ahora. Los trabajadores del camión de la basura se afanaban en pelear con las ratas existentes, intentando vaciar de inmundicias el pequeño habitáculo arrancado al monte.

Joaquín era el pequeño de siete hermanos. Aprendió muy rápido el concepto de herencia o de dote fraternal. Hasta que no cumplió los catorce años no supo lo que era estrenar ropa nueva. Los jerséis de lana hechos a mano por su madre, los heredados en segunda línea de sucesión por los vecinos, llenos de bolitas, cedidos de tanto sobe, formaban su patrimonio privado, arremolinados en el único hueco disponible de un armario con una puerta de formica, con una manilla circular parecida a un botón de metal latonado, sujeta con dos bisagras que impedían que pudiera cerrarse en su totalidad, en la parte de abajo del mismo, quizás por lo de la altura, más a su medida.

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