Vacaciones en Villamanta

Autor: Pablo Gascón

Las vacaciones en mi pueblo las recuerdo con mucho cariño y añoranza. Levantado sobre agrestes montañas y montículos, como casi todos los pueblos de la meseta castellana, tenía un encanto especial, un encanto especial que se abría ante mis ojos en toda su plenitud.

Y os preguntaréis ¿qué encanto era ése? Pues ante todo, mi pueblo era como un cuadro donde el sol y el calor del verano dibujaban formas maravillosas. Nunca podré olvidar esa luz que se mezclaba con las cosas más insignificantes que pueden encontrarse en un lugar tan noble y señorial.

Mi pueblo albergaba una iglesia y un campanario sin igual. Se alzaban sobre el cielo como si fueran lanzas de los tercios españoles en épocas pasadas. Su sola imagen daba solemnidad y carisma al paisaje que desde lejos se divisaba.

Mis amigos y yo disfrutábamos del riachuelo que corría por los linderos. Allí solíamos bañarnos completamente desnudos, y el frescor que transmitía era de una naturaleza refrescante y a la vez mística. Aquel riachuelo apaciguaba el calor con que en aquella época de año nos inundaba de forma inevitable.

En la plaza, lugar de encuentro de los vecinos, se alzaba una fuente de equilibradas proporciones. En verdad que era un punto de encuentro para la muchedumbre, que transitaba por los rincones más recónditos de aquellos parajes.

Pero lo que nunca podré olvidar fue el primer amor que sentí por aquellos días de mi infancia. Ella era rubia, delgada y bendecida por la tenue gracia de la belleza.

Allí, por entre los pinos y los encinares, nos dimos nuestro primer beso. Fue como un suave manantial que nos bendijera con su frescor y armonía.

Desgraciadamente, aquella niña volvería a su ciudad natal después de las vacaciones, y cuando terminó el verano mis deseos eran que volviera al año siguiente para de nuevo contemplarla, pues su sola imagen era como una diosa diurna a punto de irradiar toda su hermosura.

Días tristes llegaron cuando al finalizar el estío tenía que regresar a continuar mis estudios a la ciudad señera de Salamanca, y que se erigía sobre el horizonte a lo lejos, llena de majestuosidad y enhiestos árboles de piedra.

Desde aquel tren la observaba, pero mis pensamientos no iban más allá del recuerdo y los dulces besos de aquel amor de verano, mi primer amor.

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