Pueblo, placeres, recreo rural

Autor: Pablo Medina

Lo de tener pueblo de familia es un topicazo. En mi familia en concreto, pasó por ser una manera de relajo semanal de fin de semana. El viernes por la tarde, al llegar, lo primero era irse de juerga. Antes de acostarse, cervezas, banderillas, vuelta a casa, la cena y a la cama.

Mi padre tenía el chalet, también llamado “hotelito” cotidianamente, en la Urbanización el Paraíso, a cuatro kilómetros de Valdemorillo, carretera dirección a El Escorial, en concreto a cuarenta y siete kilómetros de Madrid.

Al día siguiente, vida en familia por la mañana. Lo primero, los padres se iban con el coche al pueblo, al super Bravo. Tenía las secciones de carnicería, el pan y se encontraba en el centro del pueblo. En el super se compraba todo lo necesario. Lo siguiente, el aperitivo. Para los padres unas cañas y para nosotros, refrescos y alguna tapita.

Podría hasta recordar sensaciones, olores, momentos familiares, la buena vida. Entonces existía la fraternidad entre la familia. Me gustaría de alguna forma transportarme y, a quién lea esto, a aquellos momentos, sobre todo, el recuerdo de imágenes que solo yo tengo en la mente. Y que no resultan fáciles de representar, sea por escrito, fotografiado o pintado. Incluyo en esto, los buenos y malos momentos como en cualquier familia con sus roces.

Luego llegada la tarde, todavía no teníamos las motos. Eran los mayores los que las tenían. Carlos Revul, Bubú, Andrés Mañas, Barrí, Javier Lendínez y Los Lozano. Nosotros solo teníamos las bicicletas. Incluiría aquí montones de anécdotas, serían de muchísimos años y también sensaciones que reproducir. Pues a lo que estamos, se bajaba al muro, que era como el centro de la Urbanización y al Bar Pilar, una concesión privada, a tomarla un poco, a escondidas, encontrarse con las chicas de la panda, de la nuestra y de las mayores. Ya avanzada la tarde, al pueblo a seguir de marcha hasta la noche. Lo de las motos era ya el summum. La derbi 74 de Carlos, la Ossa Phantom de Bubú, la Bultaco de Andrés, la Vespa de Barrí y las Montesas de otros de las pandas. Hasta la Mobylette de Iñaki. Esto me trae a colación a su primo, Santi y yo, malos momentos para recordar, por malas conductas que estropearon las relaciones, aunque soy consciente que son malos momentos de juventud, esas cosas pasan siempre, es ley de vida.

¡Valdemorillo! ¡Ohhh! Qué días los de aquellos tiempos – ni por otras se podría conseguir haber vivido cosas irreales o fantásticas, inverosímiles, extrañamente vividas.

Los primeros recuerdos, los más intensos con las chicas del pueblo como Montse, las hijas del bar del centro del pueblo, y como no, Pili y Mili, estas dos las que más. Pili, con unos senos extra exagerados y con un olor provincial, y Mili, con senos de menor tamaño, pero también muy bien dotada. De las mejores que conocí, Belén de Navalagamella. Había tenido un accidente y tenía una costra de la herida de gran tamaño en el brazo. Yo jugaba, le increpaba, le quitaba a trocitos la costra y ella se sentía molesta y me decía que no. ¡Qué absurdo! – ¿No? esa fue la base de nuestro noviazgo. Más doloroso fue lo de Patricia y Santi, que era mi amigo. ¡Como terminó tan mal nuestra amistad! Fue todo por un error mío, como de costumbre no sabía lo que hacía y aquella salida de tono, con un insulto tan fuera de lugar y tan impropio.

Pasada tan mala experiencia, en la Urbanización lo de las “amigas” era algo grandioso. Estaban para todos los gustos. Íbamos por los chalets buscando, haciendo amigas. Entre todas ellas, las más importantes: Inés Mari, la preferida de todos y novia de Carlos Revul de la panda de los mayores y sus hermanas Silvia y Olivia. Sueños que teníamos aquí y allá, con calentón diario porque eran super adolescentes. Con ellas, todo quedó en nada y ahora que han pasado los años, eso en sí mismo es insolucionable. Aparte, su padre era una persona muy importante, tenía descendencia italiana. Era solo un recuerdo y hasta su apellido del que no consigo recordar era conocido.

Reseña especial a las hijas de una hermana de Carlos Revul, casada con el presidente de la comunidad de la Urbanización, como Verónica, una de mis primeras novias, con la que tampoco cuajó nada y su hermana Melania, con la que me encontré tiempo después en la archiconocida discoteca del pueblo. Su padre tenía el coche más novedoso de aquellos tiempos, un Mehari, último modelo conocido en aquellos tiempos. Descapotable y playero.

La lista sería interminable, Nela, hermana de los amigos mayores, Tatiana, Tamara y alguna más de estas, demasiado jóvenes, no pasaban de niñas. Y que más recordar, la super niña hermana de Mati, “los rubios” de la que estaba enamorado hasta las trancas. Y más , al salir de la Urbanización y camino del pueblo, por la carretera comarcal estaba el camping, allí se encontraba Susi, en cuanto a semblante y fisionomía se refiere, con un parecido a Suzi Quatro, cantante extranjera de aquellos años, comentar sobre ella que era del tipo de mujer cercana a la perfección y su hermano Richard. Hasta ahí puedo llegar, no puedo recordarlo todo, pero podría seguir y seguir.

En cuanto al pueblo, digno de mencionar, el caño, una fuente natural de agua que venía de la Sierra, un agua fresquísima y buenísima. Los mesones y aquel olor de sitios que desprendían vida, intento ahora aquí expresarlo; los muebles estilo castellano, las tardes con padres de aperitivos y compras, los dueños de los bares que conocíamos.

Esto es para recapacitar; como éramos tan libres no nos corregía nadie, los padres no nos regañaban. Eso era la adolescencia, en esos tiempos se hacía lo que uno quería y no había ningún problema, nadie se metía con nadie, había libertad para todo y para todos. Eso era vivir, eso era la vida. Y se nos dio permiso de manera solapada para todo. Había que vivir y disfrutar de todo lo posible de la vida y poder conservar estos momentos antes de que llegue el fin y todo aquello desaparezca para siempre. Cuando llegaba agosto, era el lugar donde pasábamos las vacaciones. El día quince se celebraba la Virgen de la Paloma en la Urbanización y coincidía con las fiestas de Madrid. La Urbanización organizaba la fiesta en el campo de fútbol, había de todo para pasar la noche a tope. Otros recuerdos, me llevan a las hogueras donde freíamos patatas (asadas más bien) y chorizos, jugando hasta la madrugada y sin ningún miedo a estar toda la noche fuera de casa. Por no haber, ni prisas, ni malas relaciones. Ésta era verdaderamente nuestra adolescencia.

Y nos trataban como a personas, sin segundas ni dobles sentidos.

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