Vacaciones de flor de naranjo

Autora: Beatriz Guillén

Esta noche he pensado en la ciudad de Valencia. Pues hace poco estuve allí, viaje inolvidable a través del IMSERSO y como compañera de viaje mi madre…

Descripción de esa tierra:

En los campos arrozales de la Albufera mientras el cercanías nos llevaba a la estación de esta ciudad de encantos a doquier. Se refleja esa literatura tan característica de Vicente Blasco Ibáñez, con sus reflejos plateados, mientras se espera que del calor y su agua verduzca consigan que nazca ese compuesto cereal tan indispensable en las paellas. Llegando allí me fijo en su estación de tren, con teselas románticas del siglo XIX, art decó en mercado central y nos maravilla mirar sus rincones con buganvillas, columnas, fachada, emblemas, todo muy valenciano y español. Y al pasar por la Rambla de las flores, su colorido se mezcla entre banderas del orgullo gay y flores… donde mejor sitio, pues que colocarlas en la fachada del Ayuntamiento. Es aquí donde la aglomeración de gente se carga en un ambiente caluroso, húmedo y se percibe el olor de la chufa y granizado de limón, y miles de sabores de heladerías Jijonencas. Para los amantes del dulce como yo.

Por ello, nos tomamos en la plaza de la catedral de Santa María una horchata de las de antes de maestro verdaderos horchateros. ! Que se quite el agua horchatera de supermercados y grandes superficies!

Realmente la dulzura de esta ciudad inspira a hacer cosas buenas.

Mientras hemos disfrutado de imágenes goyescas que reaparecen sorprendiéndonos dentro de la catedral, y a aquellos que tenemos un cachito de Madrid en un sitio tan lejano y tan cercano al Santo Cáliz, que según mi madre, posiblemente verdadero… nunca lo sabremos…

Jamás he estado en el estruendoso ruido de una mascletá, pero solo imaginármelo, el regocijo del alma del valenciano lugareño, hace que se me ponga el vello de punta y a pesar de que se quemen sus fallas es comprensible, pensar, el porqué de que las” chiquetas “damas falleras, lloren al final, de un año de preparación consumido por el fuego en segundos.

Hace que las lágrimas corran de quienes lo viven y no soporten la tensión de un arte carbonizado por llamaradas críticas y satíricas, pero será renovado al año siguiente como Ave Fénix. Y es que su arte, su luz de Sorolla, se mezcla en pinceladas del mar Mediterráneo, evocando canciones de Serrat, sus gentes, sus sabores y olores a dulce mezcla de colores primarios, roja y amarilla, como paleta impresionista. Donde da fruto esa naranja que desciende por la garganta como ambrosia fresca y ácida. Y por supuesto y por último, sus gentes con ese acento que caracteriza una tierra que se llena de colores, olores a salitre y pirotecnia… quien, como yo, no desea nunca volver a la estruendosa vivienda de los madriles que con la mascletá de vecinos continua (algunos con mucha mala leche) hace de la capital del oso y el madroño un lugar insufrible pero vital para trabajar…por ello, volveré a esa ciudad que me hechizó y aunque sin esos tesoros, hay otros guardados y más personales, guardados en la caja de pandora de mi corazón y entre ellos mis queridos familiares valencianos que leen estas letras de su pariente madrileña. Y creo que estas palabras reflejadas por mis ojos se quedan cortas bajo a las alturas de estos palmerales al lado del mar. Allí donde existe la magia y no es Euro Disney, hay un sitio exquisito llamado Valencia.

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