Viaje a Marruecos

Autor: Gerardo Rabadán

Cuando era más joven y tenía alrededor de los 20 años, en mis tiempos de mozo, hice un viaje a Marruecos con mi amigo Félix.

Como andábamos escasos de dinero, nuestra ruta fue poco convencional. Lo primero que hicimos fue bajar a Algeciras en tren. Nos subimos a un vagón que transportaba coches y recuerdo que cada vez que pasábamos por una estación, nos tumbábamos para no ser descubiertos.

Nuestra segunda parada era Ceuta. Así que cuando llegamos a Algeciras, cogimos un Ferry que nos cruzó hasta allí. En Ceuta, la gente nos decía que aquello era tierra de nadie y que todos iban de paso. Otros comentaban que cuando ya empezaban a conocer a la gente, era justo cuando se tenían que marchar. Félix y yo también íbamos de paso, así que nos acercamos a la frontera con Marruecos y tratamos de contratar un precio con el taxi. Ellos son muy regateadores y hasta que aquello no se vació, no nos bajaron la tarifa. Eso funciona así: el precio se acuerda antes y los taxistas a veces van cogiendo gente por el camino.

Entramos por Tetuán y nos dimos cuenta que la gente iba muy tapada, y que todos querían ser nuestros guías. Como, en definitiva, lo que buscaban era dinero, Félix y yo decidimos coger un autobús que nos dejó en un pueblo llamado Bab Berred, rodeado de montañas.

Los habitantes de aquél pueblo eran muy hospitalarios y varios se ofrecieron a llevarnos a su casa. Sin embargo, antes de visitar el hogar de alguno, pasamos por una pastelería y compramos unos dulces. Estos eran muy diferentes a los de España.

Después de probar aquellas delicias, fuimos a casa de Mustafa, uno de los pueblerinos más insistentes, pero donde nos acogieron muy bien. Él nos contó acerca de como ellos hablaban varias lenguas: marroquí, francés y español. Nos dio a probar un té con hierbabuena y, ¡Caray!, qué bueno estaba. Jamás había probado un té tan rico.

Dormimos en casa de Mustafa y al día siguiente, nos fuimos para la capital: Marrakech. Siempre con el macuto a nuestro lado. Había magos encantadores de serpientes, y allí conocimos a Sora, una mujer guapísima que se ofreció para enseñarnos la ciudad junto a su amiga Yasmin.

Marrakech era una ciudad muy bonita, toda llena de cultura árabe.

Durante nuestra estancia allí, Félix y yo, vimos una fábrica de curtidos de pieles que nos llamó mucho la atención: decidimos entrar, y vimos las bañeras con el tinte para meter las pieles. Compramos unas cuantas, cada tarde nos poníamos a trabajarlas. Empezamos a descubrir nuestras habilidades con las manos: me hice una cazadora de cuero negro, un cinturón y también un monedero.

En nuestros tiempos libres, Sora y Yasmin nos llevaban a tomar el té y a conocer todos los rincones de la ciudad. Eran lugares muy bonitos que nunca olvidaré.

Entre nuestras creaciones, y los paseos que teníamos, poco a poco nos fuimos enamorando. Yo, de Sora y Félix de Yasmin. Así pasó un año y, para mí, era como estar en el paraíso.

Hasta que un día cogimos el macuto y nos fuimos a Madrid, pues tenía que incorporarme al servicio militar.

Fui entrando en un deterioro mental por las vejaciones, insultos y humillaciones que allí recibía, no los soportaba. Recuerdo que cuando me acostaba y cerraba los ojos, me seguían persiguiendo. Era como si me pasaran una película de todas mis vivencias.

Lo único que me mantuvo con esperanzas, era que por el día mi mente me permitía soñar con Sora, pues sabía que algún día volvería a verla.

 

 

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