La Gran Partida

Autor: Kepa Vadillo

Como cada año por estas fechas, coincidiendo con los Sanfermines, en un pequeño pueblo vizcaíno que besa el mar, se celebra el XXXV Campeonato Nacional de Mus. Se trata de un pueblo muy arraigado a sus costumbres, con gente muy campechana y muy dada a la participación en cualquier competición que se precie.

Las habitaciones del hotel Ategorria se encontraban reservadas con meses de anticipación, no hay ninguna disponible. El campeonato es de tal magnitud que atrae a todo tipo de visitantes, a curiosos y por supuesto a los profesionales del juego.

La concentración de jugadores y sus acompañantes llenan las calles formando pequeños grupos, fundidos en una mezcolanza de colores, unas veces corporativos, con adornos o símbolos representativos de los pueblos cercanos, otros, pertenecientes a ciudades españolas y de países generalmente europeos. Con sus banderas, pendones, sus distintivos o insignias que identifican la zona de procedencia, atraídos sin lugar a dudas, por la generosidad del premio, el calor y amabilidad de los lugareños y cómo no, por lo bien que se come un buen bacalao a la vizcaína en esa localidad. Como siempre, acompañados por las bandas de música de las diferentes localidades que se concentran en la plaza consistorial y se reparten el templete por turnos para darle solemnidad.

Es un fin de semana intenso. Las mesas de juego se reparten en la plaza, perfectamente alineadas, separadas unas de las otras por una distancia de un metro y medio aproximadamente, junto con cuatro sillas plegables de madera, todas de color azul marino. Encima de la mesa, un tapete de fieltro de color verde, rígido, con doble cosido, con hilo de coser de Nylon de color rojo en su perímetro, que permita un buen deslizamiento de las cartas. Su disposición encima de la mesa forma un mosaico de figuras geométricas cuando se observa desde la bancada de espectadores. En una esquina de la misma, un pequeño recipiente circular, con unos amarracos de metal con forma de moneda, con unos grabados del escudo del pueblo en el anverso y un número en el reverso. En la pared del frontón, se instala una pantalla gigante con el sorteo de las parejas y los resultados de las partidas, las diferentes combinaciones y enfrentamientos futuros, hasta llegar a la final.

Las normas de juego son acordadas por los organizadores según la tradición. El Mus, es un juego de caballeros, de honor, en el que se presume, sin arrogancia, pero se espera que los jugadores se comporten honestamente. No se permite mentir ni utilizar señas distintas a las recogidas en el reglamento. Un comportamiento no acorde a las reglas supone la pérdida de la partida, aunque se trate de un gesto involuntario o incluso por desconocimiento del propio jugador.

Koldo, formaba parte de la cuadrilla Erandioko. Se habían presentado a todas las convocatorias de los campeonatos de mus. La primera vez que se presentó, tan solo había unas cuarenta parejas. Quedaron en tercera posición. Una vetusta copa con una placa de alpaca o metal blanco recordaba la hazaña. A aquel primer trofeo le siguieron otros cuántos. En la estantería del txoko que tenía la cuadrilla guardaban todos aquellos trofeos, banderines, placas, distinciones de participaciones anteriores, fotografías, recortes de los periódicos; un auténtico museo para los amantes del mus. Incluso las cartas o barajas con las que habían ganado u obtenido alguno de los premios.

Sus compañeros de campeonato solían ser los mismos, Andonitxu, Mikel y Raúl. Se conocían muy bien, desde el primer concurso, todos formaban parte de la cuadrilla. Se turnaban entre ellos, unas veces por las obligaciones profesionales, otras por las familiares. Al final, debían de asegurarse su participación en el concurso. A veces fallaba uno de ellos, o incluso dos, pero garantizaban su representación para el envite. A Koldo, le gustaba como pareja de mus su compañero Andonitxu. Tenían más complicidad, se llevaban mejor, simplemente era más divertido. Si perdían no se lo tomaba como una tragedia.

Se trasladó a vivir a ese pequeño pueblo con olor a mar y alquitrán, porque pensaba que le debía por lo menos el arraigo. Era la primera vez que había tenido un reconocimiento social, aunque fuese un tercer puesto en su primer campeonato, pero siempre tuvo la conciencia de estar en deuda con la localidad y no lo dudó ni un mes desde su primer concurso. Allí conoció a Lorea, una moza con coloretes en las mejillas, regia y con unos alegres ojos azules. Tras tres años de noviazgo se casaron. En este concurso, Koldo tenía unos cincuenta y cinco años, aunque no los aparentaba. Sus dos hijos, Nagore y Kepa formaban el núcleo familiar.

Cada año se presentaba al campeonato. Ante la notoriedad del concurso, su difusión en el extranjero, decidió construir un pequeño hotel familiar con vistas a la dimensión que estaba adquiriendo el evento. Los participantes cada vez estaban mejor preparados y algunas partidas se hacían interminables. Otras, la suerte arreglaba el entuerto. Repartía alegrías para algunos o simplemente les castigaba con su expulsión por las malas cartas que les habían entrado. En ese caso, la destreza no tenía cabida alguna.

Era muy meticuloso. En los preliminares, una semana antes del comienzo del campeonato, se encerraba en sí mismo. Dejaba de comunicarse con su familia y amigos, como si de una especie de concentración se tratara. No quería distraerse. Empezaba con una serie de rituales, manías y un exacerbado comportamiento que sacaba de sus casillas a todos los que tenía a su lado. Se le notaba nervioso, fuera de sí, un pelín irascible, no encajaba en ninguna foto. Demasiados minutos de silencio. Desde su casa podía ver la disposición de las mesas en la plaza y se imaginaba el discurrir de las partidas que se realizarían. Es como si en su interior hubiese programado el devenir del campeonato.

Como hacía todos los años, se encerraba prácticamente una semana en una de las habitaciones del hotel. Desde su ventanal divisaba la muchedumbre, olía el ambiente de la fiesta, la música de las txarangas, las txoznas y el olor a bocadillo de chorizo o de panceta. Dentro de su armario, tenía dispuesto todo su vestuario. La camiseta de color azul con el logo del hotel, el pantalón blanco, el fajín, el pañuelo para el cuello y su txapela de Elósegi. Las barajas, los amarracos y sus amuletos de la suerte. En el fondo de uno de los estantes del armario tenía una maleta de piel marrón, con unas correas y cremalleras que facilitaban su cierre. Su contenido: objetos personales, enseres de limpieza o de aseo personal, unas mudas y unas camisas. Siempre lista. Cada año preparaba la misma maleta, con el mismo contenido, como esperando que sucediera algo, pero al final tan solo pasaba el tiempo, nunca se atrevió a dar ningún paso. Cuando terminaba el campeonato, siempre encontraba la maleta en la misma situación. Inamovible, sin perturbarse, la deshacía y volvía a colocar de nuevo todo su contenido en los estantes y cajones correspondientes. Así esperaba otro año, confuso, envuelto en una nebulosa de incertidumbre, sin saber qué hacer.

Una semana antes de su encierro, Lorea observó un comportamiento extraño en Koldo. Estaba como ausente. La verdad es que era muy parco en palabras, poco amigo de exteriorizar sentimiento alguno, aunque la regencia del hotel había moderado un poco su carácter y se mostraba más extrovertido. Conocía muy bien a su marido y en esa semana todos los días le preguntaba lo mismo:

– ¿Estás bien?- Se te nota un poco raro, como si no estuvieras aquí.

– Si, me encuentro bien… no sé por qué lo preguntas- respondía con voz baja Koldo.

Aquella mañana de inicio del campeonato se levantó temprano. Desde su habitación pudo contemplar un amanecer radiante y el presagio de un día claro y caluroso. Hizo un desayuno frugal, se arregló y se preparó para el acontecimiento. Había preparado sobradamente su discurso de inicio de campeonato, tanto en euskera, en castellano como en inglés. Se acercó al ventanal a observar el amanecer, cómo el día iluminaba las casas vecinas y jugueteaba con las sombras de los balcones y cornisas. Las banderas ondeaban con la ligera brisa que venía del mar. Apoyó su cabeza en el cristal. Nunca fue una persona valiente y decidida. Simplemente se dejaba llevar y amortiguaba sus impulsos con una disciplina monástica. En su memoria, había repasado el guion y tenía estructurado todo el desarrollo organizativo del campeonato, pero un ligero nerviosismo invadía su cuerpo y ese rictus que le acompañaba expresaba un estado de ánimo doloroso. Lo supo disimular. Volvió a tener la sensación de vivir en dos orillas diferentes, en la que en la suya, jamás subía la marea. Como era su costumbre, antes de meterse en harina, daba un beso a la familia y desaparecía del escenario familiar durante ese fin de semana. Esa vez no lo hizo.

No había demasiada gente por las calles a esa hora. Tan solo el camión que se encargaba de regar las calles amenizaba con su ruido del motor los primeros compases del trasiego matinal. Lorea, desde la ventana de su habitación, todavía abrochándose la bata, pudo divisar la silueta de un hombre que arrastraba una maleta de color marrón por la adoquinada acera de la calle Mitxelena. Se parecía a Koldo, pero sin sus gafas y debido al tardío despertar que solía tener, no le prestó demasiada atención.

Poco a poco, la hora de comienzo del campeonato se aproximaba a su fin. Los organizadores del torneo se agrupaban y repasaban sus apuntes. Supervisaban la pizarra, la lista de los concursantes, que el jurado se encontrase en las instalaciones, etc. Todas las barajas debían de ser del mismo fabricante, del mismo color en su reverso. Los dorsales de las parejas, la publicidad, los colores de las camisetas de los participantes. Todo debía de estar preparado para la hora de inicio del discurso. Las doce del mediodía. Las campanas de la iglesia de San Agustín comenzaron a repicar señalando el inicio del acontecimiento. La muchedumbre alzaba los brazos y movía su cuerpo al compás de la música, animada por los primeros txupinazos de los cohetes. Los miembros de la organización se buscaban con su mirada y tan solo se encontraron unas con las otras. Sin rastro de Koldo. La algarabía de los asistentes y los primeros esbozos de las fanfarrias no consiguieron rebajar la tensión de la organización. Comenzaron a buscarle por todo el pueblo y acto seguido se dirigieron a su habitación, aquella que reservaba una semana antes del evento para la preparación del torneo. Abrieron el armario y se encontraron colgadas de las perchas, la camiseta, el pañuelo, el pantalón blanco y la txapela. Nadie echó en falta la maleta. Una simple nota escrita sobre un papel sujeto con un celo en la puerta del armario, en su interior decía… “Hoy viajo como el viento, allá, hacia ninguna parte”. Todos los miembros de la organización se quedaron en silencio, mirándose unos a los otros sin saber qué decir. El campeonato debía continuar. Simplemente, aquella silueta del hombre de la maleta marrón acababa de iniciar la gran partida de su vida.

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