El Busto

Autores: Taller de Narrativa de Solidarios

Son las tres de la tarde. Suena la música del telediario de la primera cadena. En su titular, aparece un reportero en el barrio de Vallecas, quien, micrófono en mano, comenta:

“La pared sucia y semiderruida del solar frente a la iglesia mayor se ha convertido en noticia cuando, esta mañana, ha aparecido pintada. Durante la noche, se ha transformado en la imagen de una mujer asomada a la ventana recogiendo las flores de su propio balcón. La imagen es tan perfecta, tan sugerente y tan llena de delicadeza que todo el mundo en la ciudad ha acudido a verla preguntándose quién la habría pintado, qué artista anónimo había sido capaz de hacer algo tan perfecto.”

La noticia se coló como un gélido viento en el comedor donde Sabrina y su padre estaban terminando de comer. Ella hizo una mueca torciendo la boca y esbozó una pícara sonrisa. Era domingo, el único día en que ambos podrían estar juntos y compartir el escaso tiempo que Roberto, su padre, era capaz de dedicar a su hija.

Sabrina llamaba la atención por el bello contraste entre su tez lechosa y su cabello color dorado. Solía ser una mujer risueña, alegre, tímida y creativa. Aquella noticia sobre la pared pintada había movido en ella ese pequeño atisbo de alegría infantil y pasional que solo le surgía cuando estaba en contacto con sus creaciones, con su materia plástica favorita: la plastilina.

Tenía una sensibilidad especial para sentir y expresarse con los colores. El rojo de la carrocería de los coches le transmitía alegría y entusiasmo; los colores brillantes de las flores en primavera, el blanco impoluto de las nubes y sus formas caprichosas le aportaban frescura e ilusión. Por esa razón, de entre todos los materiales para expresar su arte, había escogido la plastilina. La pintura seguía estando presente en su obra, al fin y al cabo, fue su primera especialidad y realmente la bordaba. Sin embargo, aquella masa amorfa, se fundía entre sus manos, desplegándose y convirtiéndose en una extensión de sí misma: Sabrina cerraba los ojos, acariciaba el material, y con un sentido invisible, potente, representaba todo aquello que sentía.

Pocas personas podían apreciar sus obras. Su padre trabajaba día y noche, y a veces no tenía tiempo ni de sentarse a contemplar los trabajos de su hija; cuando estaba en casa, siempre parecía de mal humor. Su madre, por otra parte, se había ido hacía ya un tiempo, les había abandonado cuando ella estaba en plena pubertad. No fue capaz de aceptar su diagnóstico: trastorno de personalidad. Debió de sentir la soledad del abismo, acorralada y sin salida, simplemente se marchó. Dejó una escueta nota encima del mueble de la entrada. Junto a ella, dos regalos: una rosa rociada con su característico perfume y una fotografía suya en blanco y negro en la que aparecía con su mejor sonrisa.

El abandono causó en ella una realidad plagada de oscuros y desesperados días. El resentimiento, mezclado con la admiración que sentía hacia su madre, provocaba un aumento de volumen en aquellas voces que inundaban su cabeza. Un frío y distante vacío recorría su alma, tan solo mitigado por el calor que emanaban sus creaciones realizadas en el santuario de su habitación.

De vez en cuando soñaba, no siempre dormida, con animales, con los niños de la escuela, con su madre. Otras veces, los sueños no eran alegres; pero ella todo lo plasmaba. Modelaba sus miedos, aquello que la asustaba y la angustiaba. Aquello que veía en el espejo, debajo de la cama, dentro del armario o en los brazos de su padre. Lo expresaba y, mientras lo hacía, sentía que luchaba contra ello. De esa forma, cuando la escultura estaba terminada, cobraba vida y ganaba la batalla contra su mente y sus pesadillas. En su soledad nadie la juzgaba, simplemente se hacía más fuerte.

Esculpir le permitía asumir su pérdida, liberarse de esa carga de culpabilidad que, por momentos, le arrastraba hacia un deseo de que la enfermedad se evaporase, haciendo que el tiempo retrocediera para regresar al día anterior de su primer diagnóstico y empezar de nuevo, juntas, su madre y ella, sin trastornos. De vez en cuando la veía, o la creía ver, reflejada en los charcos de lluvia, en los carteles de las películas o en los libros, escondida entre las páginas como si fuese un personaje secundario e imprescindible. En la multitud de rostros desconocidos flotaba su voz, su sonrisa, como “El rayo de luna de Bécquer”.

“¿Por qué se fue mamá?” Siempre le rondaba la misma pregunta. “¿Por mi enfermedad mental? ¿Por mi culpa? O simplemente, no pudo más.” Es probable que la realidad fuese distinta; al fin y al cabo, su madre desapareció sin dar demasiadas explicaciones.

Había pasado un mes desde aquella noticia de la pintada cuando Sabrina se sobresaltó al leer un anuncio en el periódico. Un mecenas ofrecía al autor la posibilidad de exponer en una famosa galería de arte todas sus obras, junto con una considerable cifra económica. Se pedía discreción y alguna prueba que pudiese demostrar su autoría. Durante todo ese día se quedó pensando en aquel anuncio, rondándole la idea de darse a conocer. No sabía qué hacer. Por un lado, la pintura en el muro formaba parte de su rebeldía, era un acto íntimo y anónimo; pero, por otro lado, darse a conocer suponía obtener prestigio, notoriedad, lo que le parecía un sueño inalcanzable: sería una forma de abandonar su habitación, el habitáculo en el que desde siempre se cobijaba y se sentía protegida: su santuario. Finalmente, se decidió: envió un mensaje a su amiga Raquel para que le remitiese los vídeos grabados de la pintura realizada.

Un año después, terminada la exposición, Sabrina se encontraba en la sala completamente vacía: había vendido todos los cuadros. Aquella experiencia había sido más que un éxito artístico: había conseguido enfrentarse al miedo escénico y a sus dificultades para relacionarse. Se sentía feliz y plena. ¿Qué iba a hacer a partir de ahora? Súbitamente le vino el recuerdo de aquellas palabras de la Madre Directora en el Colegio del Sagrado Corazón:

“Señores Martínez, les he reunido en el salón de la prefectura del colegio para comunicar ante ustedes y ante Jesucristo presente en esta cruz, que la alumna Sabrina Martínez no puede continuar su formación en esta institución. Como ya habrán podido observar, Sabrina es diferente. Siempre va retrasada en los deberes, es incapaz de memorizar la tabla del tres, y está ya en tercer curso. Como entenderán, es por el bien del resto de alumnos, no podemos permitir que haya distracciones. A las distracciones las alejamos.”

Estaba eufórica. Había resultado ser una distracción muy productiva. La hermana María se había equivocado.

Se despide de su amiga Raquel y camina hasta su casa para compartir la experiencia y el éxito con su padre. Se dirige al salón y allí se lo encuentra, dormido, acurrucado en el sofá como un niño. No le despierta.

Las paredes blancas del apartamento, rotas, son un recuerdo de la soledad que en el ambiente se respira.

Envuelta en un torbellino de emociones, Sabrina se encuentra en el pasillo con los cuadros pintados de su infancia. Se da cuenta que el tiempo ha transcurrido y un vacío interno le susurra que, al final del día, siempre se encuentra sola. Se va a su habitación y saca de la caja de madera la foto de su madre, aquella en la que le regalaba su mejor sonrisa y la contempla de nuevo. Levanta la mirada, y se encuentra con los reproches de los múltiples, imperfectos y fallidos intentos de crear el busto de su madre. Sabía que tenía que intentarlo una vez más. Mira sus manos y ve los colores del delirio que necesita para inspirarse. Siente en sus venas la mezcla de plastilina, acrílico y óleo, junto con la necesidad de extenderla antes de que alcance y consuma su mente. No se quita la idea de crear un busto perfecto, casi icónico, aquel que lograra reflejar los recuerdos de su más tierna infancia, en la que todo eran caricias y honores, envueltas con la ternura de su madre, antes de que todo aquello se transformara en los claroscuros del silencio.

Casi sin pensarlo, amontona un bloque de plastilina y comienza a retirar lo que no necesita hasta definir el contorno. Continúa con una melena larga y rizada. El dedo índice se desliza con fluidez por la materia, delicado, definiendo unos ojos almendrados, una nariz perfilada, unas facciones bellas, clásicas. Aspira a la perfección y sintió emoción cuando perfiló la sonrisa. Los pómulos deben tener la suficiente verticalidad para que la curvatura de las arrugas en los laterales de la nariz puedan ser perfectamente naturales. Los dientes, que asoman por debajo de los labios, deben ser asimétricos, pero solo un mínimo, para escapar de la simetría inalcanzable de su recuerdo. Cuando termina, Sabrina observa el rostro y desea que la boca se mueva y verbalice un sonido que irrumpiese en la habitación con las palabras: “Estoy aquí”.

Durante un tiempo, se afanó en perfeccionar cada día más sus obras: quería escrutar cada paletada, cada pliegue, cada curva, en definitiva, resolver su conflicto a través de la belleza. Envuelta entre su adorada plastilina, pinceles y utensilios artísticos pasaba las horas del día evitando su soledad. Nuevas figuras salían de su mente, cálidas y, a veces, ofensivas, ante las miradas perpetuas de las luces de su cuarto. Necesitaba mostrarlas. Volvió a exponer de nuevo, esta vez sin la ayuda de su mecenas. Alquiló una sala mucho más discreta, apartada del mundanal ruido de los artistas consagrados, sin demasiada publicidad, y dejó que su amiga Raquel se encargara del resto; de la recepción, de la posible prensa y fotógrafos, etc.

A Sabrina le gustaba deambular por la exposición sin darse a conocer como la autora que era y disfrutaba observando a los visitantes. Analizaba sus reacciones y fantaseaba con lo que cada cuadro o cada escultura podían estar provocando en el observador.

Al principio de la segunda semana, cuando la galería estaba a punto de cerrar, se fijó en una mujer que miraba con mucho interés la escultura que representaba el busto de su madre. Le extrañaron su mirada concentrada y el estupor que vio en su cara. Sabrina se acercó y la miró de frente. En ese instante, sintió un vuelco en el corazón y se quedó perpleja. Se acercó hacia ella y, en voz baja, le dijo:

     –    ¿Mamá?

     –    Disculpe… ¿Se dirige a mí? – le contestó la señora girando la cabeza.

     –    Perdóneme, señora, la he debido de confundir con otra persona.

Sabrina frunció el ceño, una nube había cubierto su semblante. Su corazón golpeaba con fuerza su pecho. Se tomó unos segundos para observar discretamente la expresión de la mujer. Tenía la mirada perdida, el gesto absorto en la obra que tenía delante, y las comisuras ligeramente elevadas, como evocando un recuerdo alegre en su mente.

     –    ¿Le gusta este busto?

     –    Sí. La verdad es que me recuerda a alguien que conocí hace mucho tiempo.

     –    ¿Qué es lo que más le gusta?

     –    Su sonrisa.

Durante unos instantes se miraron a los ojos y no se dijeron nada.

La mujer se despidió amablemente y abandonó la sala con lentitud. Al llegar a la puerta, se volvió y alzó su mano para saludar con calidez. Sabrina, tan solo pudo cerrar los ojos e inspirar ese inconfundible perfume. Se abrazó y sonrió.

 

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