Tita

Autor: Kepa Vadillo

30 de septiembre de 2018

Amenazaba tormenta esa tarde. Por ese motivo, anticipamos nuestro paseo por los pinares del Cerro de Almodóvar y volvimos antes de tiempo a casa. El cielo cada vez estaba más cerrado. Al abrir la cancela que separa la puerta de acceso de entrada de la principal, en la terraza, nos encontramos a Tita, nuestra vecina del sexto, hablando con dos vecinas jovencitas de unos dieciséis o diecisiete años.

Cruzamos nuestras miradas con ellas y a través de las expresiones de sus caras, esa parte activa de nuestra comunicación no verbal, nos pedían por favor a gritos, como una especie de auxilio, la necesidad de ser rescatadas de aquella conversación mantenida con Tita, sin apariencia de realidad alguna.

Buenas tardes, Tita, chicas… expresamos al unísono.

Buenas tardes –contestaron cada una de ellas.

Tita, siempre tan elegante, con gran gusto a la hora de vestir –dije, en tono cariñoso, con voz pausada.

Tita, no sale a pasear sin un bastón, sin su bolso de marca y sin arreglarse o pintarse debidamente. Siempre muestra una elegancia natural envidiable. En sus tiempos mozos tuvo que ser una mujer muy guapa y glamurosa. Tiene la necesidad imperiosa de salir a la calle, de pasear, relacionarse con los vecinos. La casa le ahoga, como cuando tose por sus ataques permanentes de asma.

Tita, siempre en la calle, con alegría y sentido del humor –comenté de nuevo.

Y que le voy a fazer yo – (Tantos años en Madrid y no ha dejado en el olvido su deje asturiano, sus giros y lengua bable)

Estoy a la espera de la mía madre.

Qué te parece si dejamos aquí a estas chicas tan guapas y te acompañamos a casa.

Las vecinitas respiraron con alivio, abrieron las pupilas de sus ojos como un signo para mostrarnos agradecimiento, les liberábamos de una carga incómoda en ese momento, carga muy difícil de entender a esa edad.

Le agarramos del brazo, abrimos el portal y nos dirigimos a uno de los ascensores de la finca. Pulsamos el botón del sexto y el aparato comenzó a subir.

Tita, ¿dónde tienes las llaves de casa?

En el bolsu, voy a busca lasAbrió el bolso y cogió el manojo de llaves que tenía anudadas con un llavero de un sindicato minero.

Siempre en la calle, mira que te gusta salir.

Si no salgo nada de casa.

¡Cómo qué no! Sí lo que no haces es entrar.

El ascensor se detuvo, abrimos la puerta y la invitamos a salir. Salió del ascensor y se dirigió a las puertas de la izquierda del rellano del sexto.

No, Tita, vives para el otro lado.

¡Ay! No sé dónde tengo la cabeza últimamente.

¿Cuál es la llave de la puerta de la entrada?

Esta, la más cuadrada.

Abrimos la puerta de su casa, tenía las luces encendidas del pasillo. Nos dirigimos a la cajita de madera que tiene al lado del portero automático dónde guarda las llaves y la abrimos.

Tita, te dejamos las llaves de casa en la cajita, junto con el resto de llaveros que tienes.

Vamos, pasad, que os voy a enseñar mi casa.

Pasamos al salón, estancia que también conservaba la luz encendida. Los muebles y demás enseres estaban en orden, tan sólo, acumulados encima del sillón se encontraban todos los cojines, parecía que fuesen los de toda la casa. La casa estaba ordenada y limpia. Dos veces por semana, vienen personas de los servicios sociales a atenderla en la limpieza y el orden.

Un aparador recorría toda la pared de la izquierda, a la entrada del salón. Encima, numerosas fotografías recogidas en sus portarretratos, en color, en blanco y negro.

¡Mira!, ésta es la hija de Nuria, el día de su graduación. Se ha casado. Con ese novio de siempre. Bueno, vivían juntos, pero ahora parece ser que se ha rejuntado o casado, ¡qué sé yo!

Si. Es la hija de tu vecina Nuria. Está muy guapa.

Y ésta. Era la de mi marido. Qué guapu era y muy trabajador. Nos queríamos tanto. Perdió le.

Si. La verdad es que tenías un marido muy guapo. Debía de tener una presencia muy agradable y elegante.

Era muy guapu. Bailaba muy bien, pero se me murió de muy joven.

¡Mira!, mira ésta. Soy yo. Menuda era, qué carácter. No me doblaba nada.

Ésta es la de meu fillo. También fuese me.

Nos acercó hasta la terraza para mostrarnos su sitio de descanso. Una mesa redonda, el toldo bajado y un pequeño sillón, con el respaldo reclinado hacia adelante. Dos cojines, para el apoyo de la espalda. La luz, también encendida.

Un día de estos por la tarde, compramos una tarta, hacemos un chocolate y venimos a merendar. ¿Te gustan las tartas? – le pregunté.

Claru. ¡Cómo no van a gusta me!

Salimos de la terraza y nos dirigimos a la puerta de salón para despedirnos, cerca del aparador.

Mira esta fotu. Es la filla de Nuria. ¿Sabes que se ha casado? Antes vivía con su novio. Me lo ha dicho su madre.

Y ésta… que guapu. Era la del mi marido. Era muy trabajador, nos queríamos tanto.

Si. La verdad es que era muy guapo. Supongo que os conocisteis en Asturias – respondí con amabilidad.

Qué bien bailaba. Era un señor. Me trató como una reina.

¡Ésta!, era el meu fillo. Que guapu era también. Perdió le muy joven.

Antes de despedirnos, volvió otras tres veces a enseñarnos una por una cada fotografía y narrarnos su pequeña historia. Cerramos la puerta y bajamos a nuestra casa del quinto piso.

Tita enviudó y perdió a su hijo relativamente joven. Es en aquella edad que aún te permite comenzar de nuevo, esa, en la cual todavía puedes tener una segunda oportunidad y caminar junto a alguien una vez más. Vivió durante muchos años con Hilario, propietario del piso dónde vive ella ahora. Se separaron, es verdad, debía de tener mucho carácter. Tita, tiene ochenta y ocho años, vive sola y tiene Alzheimer. Dos veces al mes, Hilario regresa a la que fue su casa durante veinte años. Ahora vive por el barrio, pero no lo sabemos. Regresa para saber cómo se encuentra su princesa, controlar en la medida de lo posible el orden de la casa y comer juntos. Tita, no lo reconoce.

Hilario tiene noventa y tres años. Todo un signo de amor y generosidad.

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