Denunciando

Autora: Beatriz Guillén

Hola, hace tanto que no nos vemos que, ciertamente, se me han olvidado tus apellidos, te busco en Facebook y no te encuentro. Daniel… ¿qué más? Sé que vives casado, que tienes hijos, eres padre de familia; yo bien en el pueblo, sin hacer nada y haciéndolo todo, tengo una discapacidad y no trabajo.

Eres desconocido, sé de tu madre y tengo sueños fríos, sé que te apareces copiando los deberes. Incluso adulto y sin hijos, te apareces, sin nadie. Únicamente que ya tengo una edad, envidio tu felicidad, porque es la rueda que mueve el mundo. Yo soy una llorona empedernida: lloro cuando hay felicidad, cuando hay bodas o cuando muere alguien; y en la tele lo dramatizan aún más, que quieres que te diga. Pero voy rondándole a la cabeza tu imagen, cómo saliste de este lugar pequeño e insignificante barrio de Getafe, tu pueblo, nuestro pueblo; me acuerdo de tu corte de pelo, eso sí de corte cazuela, que tanto se llevaba en los ochenta. Daniel, hermoso nombre, de verdad no sé si estoy medio menopáusica o mi mente desarrolla imágenes aceleradas y no te pude conocer mucho, nos separa la Universidad y lo que hicísteis formando una familia.

Ojalá que tus hijos no sufran el bullying, tan famosa palabra de ahora, que me hicísteis pasar tú y tus amigos del barrio y del colegio. Ahora sabes lo que es ser padre, ¿verdad?, si te dijera que a mí me pegábais tú y tus amigos del barrio hace cientos de años, ¿te acordarías? y ¿por qué razón?, ¿por ser lista, fea, con granos acnéicos? ¿cuál fue la razón? Si callas, luego escuchas, no sabes lo que es estar sola, sentirse malditamente sola cuando eres así de pequeña, que tus padres hablasen con los profesores, ellos estrictos en casa, yo temerosa de ir a la escuela; “Maradona”, estúpidos motes, que marcaban, menos mal que no había entonces móviles, si no sería ya cadáver de absurdas vocalizaciones, me pegarías, con el ciberbullying; y esas estupideces varias que hacíais como gracieta, donde el cuadro de los Reyes de España tenía que oír semejantes estupideces. No sé quién tendrá ahora la nota más alta de los dos. Mi conciencia y yo vomita palabras a las 2:40 de la mañana, no es de rencor, nunca he sido rencorosa; olvidadiza sí, pero no rencorosa. Daniel, te digo que los hijos aman a sus padres, los padres aman a sus hijos y si te parece acabo este monólogo diciéndote: no tengo cargos, estoy soltera, pero ojalá no le hagan a tus niños lo que me hacías en esos años de escuela cuando presidia Felipe González.

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