Formas geométricas y soledad

Autor: Pedro Sobrevilla

Había unas formas que eran vectoriales y geométricas, que ellas mismas antes de llegar al punto de fuga más alejado de la perspectiva, jugaban entre ellas a las tres en raya, luchando por ser tres formas iguales y desaparecer del juego y del cuadro.

Las figuras miraban su vacío y su soledad, eran duras como el acero, se fundían con fuego y endurecían con agua.

Las figuras hablaban a un árbol solitario, que crecía estando triste; tenía una luz tenue, que iluminaba sus días grises de lluvia, pero cuando saliese el sol se acabaría la tristeza.

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Cambio de estación

Autora: Ani Ruiz

Hoy llueve y ya esperaba la primavera. Desde que estoy en esta maceta solo he invernado, y así los meses pasan muy lentos. Hago las cosas como todos los días, presa del hábito y el adoctrinamiento. Abono seguro, agua diaria y temperatura controlada. Ya estoy cansada, no quiero dormir más; es hora de salir de este cómodo pote, afianzar mis raíces y crecer en dirección a los rayos de sol. Si no recibo riego, si el abono es escaso y la temperatura es extrema, pues como un cactus tendré que sobrevivir. No soy un tubérculo y estoy agotada de sentirme así. Así que primavera, llega ya con tu sol y calidez, para poder crecer y desarrollarme como un árbol. Te prometo, con todo mi corazón, que daré flores.

El paseo

Autora: Sandra Castagnetto

El día llegó. Me preparé la minifalda y los zapatos de charol que mi abuela bañaba en leche para limpiarlos y abrillantarlos cada noche.

Ella me esperaba en la puerta. Le cogí del brazo y me fue susurrando al oído, como él, le llamaba por la tarde.

Llegamos a la plaza, repleta de chiringuitos con bonitos adornos de bisutería que llamaban la atención con fabulosos colores llamativos. Me dijo que ella quería el rojo y para mí, el azul, así que nos pusimos de acuerdo para compaginar los adornos, uno a cada lado del ojal de la camisa.

Después, un helado de fresa se nos antojó, como en el anuncio que habían puesto en la tele el día anterior.

Salimos de la plaza para llegar al camino que nos bajó al paseo de la cala de agua cristalina, donde nos dejábamos la piel para sacar moluscos y demás animalitos del mar que salían del agua.

Volvimos a la plaza, de donde nos despedimos de la danza de los payasos que amenazaban la velada del paseante amateur.

Un cambio de rumbo

Autora: Sandra Castagnetto

Un vacío frío recorrió mi cuerpo cuando todo aquello. El tiempo se detuvo, y sombras invadieron mi entorno. Susurrando para sus adentros diminutas voces que se confundían con conversaciones de uno mismo. Me quedé quieta, sin rumbo. Como perdida en un bosque profundo. Helada en un único sonido de unos latidos rápidos, como queriendo llegar al tic – tac de un reloj interno, sin prisa. Rabia, rabia de no saber seguro el hilo de tu vida. De aquello que construiste a lo largo de media década sin descanso.

Lucha de gigantes

Autor: Kepa Vadillo

Cuando era pequeño, no sabía calcular la distancia que te separaba del suelo. A medida que fui creciendo, escondí mis miedos en el cajón y los temores fueron desapareciendo. Poco a poco, conseguí que aquellas sombras desaparecieran para siempre de mi lado y dejaran de molestarme.

En mi primer combate desigual, arranqué de un plumazo los valores sobre el honor de tu diccionario. Al sentirte contrariado, cerraste sempiternamente el lazo de consanguinidad. Ahora, cuando ya no te tengo, me pregunto en la oscuridad… ¿Qué fue de aquello que denominabas “miedo a la mediocridad”?

En mi lucha de gigantes, por intentarte superar, he recordado la fecha de tu cumpleaños, no me acuerdo de nada más.

El silbido del monstruo

Autor: Héctor Higuera

Siento el miedo. El deseo de ir al baño y hacerme una raya. Cada minuto. Siento al monstruo silbando en mi oreja. Su fétido aliento. Solo una raya. Me enfrento. Sumido en una pelea a muerte. Desgarrándome. Venzo. Huye, rápido, nervioso, con el rabo entre las piernas.

Siguiente minuto. Ha vuelto.

Un puente dividido

Autor: Pedro Sobrevilla

Érase una vez un barco, que abría un puente, por dos circunstancias: uno, el viento de la trompa de los elefantes, y dos, el sonido lejano de las trompetas.

Una vez abierto el puente en el mar, les permitía protegerse del rugido de los leones, que es por lo que se dividía el puente.

Un arlequín vestido de blanco y dueño del puente hizo sonar un vinilo en un fonógrafo, despertando a una bailarina, que surgió de un piano, e hizo que reinara la paz entre leones y elefantes, divididos por el puente.

Estados de ánimo

Autor: Pedro Sobrevilla

La cigüeña migraba, cuando amanecía en naranja, y tocaba la campana de aquella alta iglesia. Siempre, en su viaje, recordaba que era imposible pintar como Pollock, al ritmo de la música.

Antes del vuelo, al mezclarse con la multitud, se le impregnaban todas las tonalidades de color.

Su dueño, al que dejó atrás, era un robot que se convirtió en humano, y le entró tristeza de ver cómo se diluía en un charco de colores.