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Autora: Ani Laura Ruiz

7:54 am ; 11 de noviembre de 2018”

El corazón me empieza a latir deprisa.

Es como si la luz verde del reloj electrónico, súbitamente, me tirara un balde de agua fría mezclada con realidad.

¡Jolines, que tarde voy!

Salto de mi cama con la disposición de entrar al baño, pero algo me detiene. Nervios. Tengo nervios otra vez. No, no, no, no.

Dentro de mí comienza una lucha entre mi ser racional y las emociones que me azotan.

Tengo que darme prisa si quiero llegar —pensó mi parte racional. Pero por otro lado, mi ser emocional, nada cooperativo, saca a flote mis miedos e inseguridades. Detesto cuando pasa esto, ¡mis decisiones van mucho más lento!

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¿Qué haces ahí?

Autora: Mari Paredes

¿Qué haces ahí sentada a mi lado?

A veces, no me doy cuenta que estás ahí, me pierdo en mis pensamientos.

¿Tú piensas?

Hoy estás muy callada.

Ven, acércate un poco a mí.

Cuántos años llevamos juntas, ¿verdad?

Y siempre estás ahí, a veces, no sé si alegrarme o todo lo contrario.

Eres tan sigilosa, estás escondida y de pronto apareces.

¿Tienes más amigos o solo a mí?

No me mires así, no es la primera vez que me ves, ni será la última.

¿Tú te quieres ir, o soy yo quien no te deja?

No recuerdo la primera vez que nos vimos, solo sé que hace mucho, y que con el paso de los años cada día te vas quedando más.

Y yo te pregunto:

¿Qué haces soledad sentada siempre a mi lado?

Denunciando

Autora: Beatriz Guillén

Hola, hace tanto que no nos vemos que, ciertamente, se me han olvidado tus apellidos, te busco en Facebook y no te encuentro. Daniel… ¿qué más? Sé que vives casado, que tienes hijos, eres padre de familia; yo bien en el pueblo, sin hacer nada y haciéndolo todo, tengo una discapacidad y no trabajo.

Eres desconocido, sé de tu madre y tengo sueños fríos, sé que te apareces copiando los deberes. Incluso adulto y sin hijos, te apareces, sin nadie. Únicamente que ya tengo una edad, envidio tu felicidad, porque es la rueda que mueve el mundo. Yo soy una llorona empedernida: lloro cuando hay felicidad, cuando hay bodas o cuando muere alguien; y en la tele lo dramatizan aún más, que quieres que te diga. Pero voy rondándole a la cabeza tu imagen, cómo saliste de este lugar pequeño e insignificante barrio de Getafe, tu pueblo, nuestro pueblo; me acuerdo de tu corte de pelo, eso sí de corte cazuela, que tanto se llevaba en los ochenta. Daniel, hermoso nombre, de verdad no sé si estoy medio menopáusica o mi mente desarrolla imágenes aceleradas y no te pude conocer mucho, nos separa la Universidad y lo que hicísteis formando una familia.

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Mejores amigos

Autora: Montserrat Yusta Pascual

Elena contaba con doce años, su larga melena rubia natural y fina le daba un toque especial.

Dada su enorme profundidad, casi siempre se dejaba llevar por sus emociones, hasta el punto de afectar a su salud, a su estado anímico.

Su hermano, Juan, le aconsejaba lo mejor posible, y le protegía.

A pesar de acudir a diferentes escuelas, Juan acostumbraba a buscar a su hermana en la salida, de su colegio; un edificio de dos plantas, con cuatro clases por curso, Secretaría de Alumnos y, en la puerta principal, un conserje, como en casi todos.

Debido a la gran timidez de Elena, sus compañeros abusaban de esta limitación, y se reían, o por lo menos, eso era lo que pretendían en el día a día.

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Tita

Autor: Kepa Vadillo

30 de septiembre de 2018

Amenazaba tormenta esa tarde. Por ese motivo, anticipamos nuestro paseo por los pinares del Cerro de Almodóvar y volvimos antes de tiempo a casa. El cielo cada vez estaba más cerrado. Al abrir la cancela que separa la puerta de acceso de entrada de la principal, en la terraza, nos encontramos a Tita, nuestra vecina del sexto, hablando con dos vecinas jovencitas de unos dieciséis o diecisiete años.

Cruzamos nuestras miradas con ellas y a través de las expresiones de sus caras, esa parte activa de nuestra comunicación no verbal, nos pedían por favor a gritos, como una especie de auxilio, la necesidad de ser rescatadas de aquella conversación mantenida con Tita, sin apariencia de realidad alguna.

Buenas tardes, Tita, chicas… expresamos al unísono.

Buenas tardes –contestaron cada una de ellas.

Tita, siempre tan elegante, con gran gusto a la hora de vestir –dije, en tono cariñoso, con voz pausada.

Tita, no sale a pasear sin un bastón, sin su bolso de marca y sin arreglarse o pintarse debidamente. Siempre muestra una elegancia natural envidiable. En sus tiempos mozos tuvo que ser una mujer muy guapa y glamurosa. Tiene la necesidad imperiosa de salir a la calle, de pasear, relacionarse con los vecinos. La casa le ahoga, como cuando tose por sus ataques permanentes de asma.

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Reflejos

Autor: Pedro Sobrevilla

Había una vez un sol naranja, casi bermellón, que todos los días al amanecer, le despertaba la noche. Querría parecerse a una mancha de pintura: entintada, animada y coloreada; la luz naranja pintaba sobre el mar reflejos de colores verdes; las barcas de madera, absorbían el color azul impresionista del cielo.

El marinero y su barco se iban pareciendo más a una sombra negra; cuando más se alejaban hacia alta mar, les absorbía el color negro intenso de la noche, y no podían ver el amanecer diurno e impresionista.

Los trazos luchaban por no borrarse del cuadro y llegar solo a ser unos simples bocetos.

El cielo se teñía de color naranja, y la firma del pintor, se veía borrosa y desenfocada. No pudo cobrar vida, porque se estaba desvaneciendo y fundiendo en negro.

Pero no desapareció; todo, empezó a encadenarse, y convertirse en reflejos que parecían reales; aunque la realidad, es que eran reflejos del sol plasmados en la superficie, azul intenso, del agua del mar.

La primera vez que…

Autora: Montserrat Yusta Pascual

La primera vez que me emocioné con el “recuerdo de mi abuelo…”:

Todavía me acuerdo de su rostro, han pasado ya muchos años pero su imagen vive en mí, y más allá, en lo más profundo de mi corazón.

Lo recuerdo, su cara sonriente, de gesto pacífico y mirada tranquila y serena. Sus arrugas por el paso del tiempo indicaban una clara vejez. Recuerdo (creo) sus manos considerables, típicas de un hombre y muy trabajadas debido al oficio que desempeñó desde muy joven.

Recuerdo muy claramente su voz, una voz pausada y fuerte, altamente sonora. Ese recuerdo sigue siendo vívido.

Su memoria al cabo del tiempo, muchos años después de su fallecimiento, va poco a poco quedándose en mi diario; en el cual, hice una pausa y lo continué como si mi abuelo viviese todavía.

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La Gran Partida

Autor: Kepa Vadillo

Como cada año por estas fechas, coincidiendo con los Sanfermines, en un pequeño pueblo vizcaíno que besa el mar, se celebra el XXXV Campeonato Nacional de Mus. Se trata de un pueblo muy arraigado a sus costumbres, con gente muy campechana y muy dada a la participación en cualquier competición que se precie.

Las habitaciones del hotel Ategorria se encontraban reservadas con meses de anticipación, no hay ninguna disponible. El campeonato es de tal magnitud que atrae a todo tipo de visitantes, a curiosos y por supuesto a los profesionales del juego.

La concentración de jugadores y sus acompañantes llenan las calles formando pequeños grupos, fundidos en una mezcolanza de colores, unas veces corporativos, con adornos o símbolos representativos de los pueblos cercanos, otros, pertenecientes a ciudades españolas y de países generalmente europeos. Con sus banderas, pendones, sus distintivos o insignias que identifican la zona de procedencia, atraídos sin lugar a dudas, por la generosidad del premio, el calor y amabilidad de los lugareños y cómo no, por lo bien que se come un buen bacalao a la vizcaína en esa localidad. Como siempre, acompañados por las bandas de música de las diferentes localidades que se concentran en la plaza consistorial y se reparten el templete por turnos para darle solemnidad.

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Viaje a Marruecos

Autor: Gerardo Rabadán

Cuando era más joven y tenía alrededor de los 20 años, en mis tiempos de mozo, hice un viaje a Marruecos con mi amigo Félix.

Como andábamos escasos de dinero, nuestra ruta fue poco convencional. Lo primero que hicimos fue bajar a Algeciras en tren. Nos subimos a un vagón que transportaba coches y recuerdo que cada vez que pasábamos por una estación, nos tumbábamos para no ser descubiertos.

Nuestra segunda parada era Ceuta. Así que cuando llegamos a Algeciras, cogimos un Ferry que nos cruzó hasta allí. En Ceuta, la gente nos decía que aquello era tierra de nadie y que todos iban de paso. Otros comentaban que cuando ya empezaban a conocer a la gente, era justo cuando se tenían que marchar. Félix y yo también íbamos de paso, así que nos acercamos a la frontera con Marruecos y tratamos de contratar un precio con el taxi. Ellos son muy regateadores y hasta que aquello no se vació, no nos bajaron la tarifa. Eso funciona así: el precio se acuerda antes y los taxistas a veces van cogiendo gente por el camino.

Entramos por Tetuán y nos dimos cuenta que la gente iba muy tapada, y que todos querían ser nuestros guías. Como, en definitiva, lo que buscaban era dinero, Félix y yo decidimos coger un autobús que nos dejó en un pueblo llamado Bab Berred, rodeado de montañas.

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Bajo la ley del preso

Autor: Pedro Sobrevilla

El preso antes de ser preso, era inocente. Decían las habladurías que era cómplice de asesinato, pero la realidad auténtica es que una noche se quedó solo en una niebla, bajo una luna blanca y llena, y que perdió la pista de sus amigos que estaban bebiendo. Decían que detrás de los delgados brazos de los árboles existía un cadáver, pero era mentira y él no lo podía demostrar frente a un juez porque no se veía, más allá de sí mismo, debido a la espesa niebla.

Su gran memoria de elefante le ayudó a estudiar derecho y le hizo ascender al puesto de abogado, muy rápido, como si fuera un juez, pero aún así no le permitía recordar si realmente hubo noche de asesinato o no la hubo.

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El pícaro pastelero y Mateo

Autora: Beatriz Guillén

En un pueblecito muy, muy lejano había un pastelero que hacía ricas golosinas para los niños. Entre ellos, un niño llamado Mateo. Su madre no podía comprarle nunca ninguna pues, después de la escuela, ella tenía que apresurarse para limpiar una casa donde trabajaba como sirvienta de unos ancianos; ella intentaba pasar tiempo libre con su hijo, pero ya tenía suficiente con pagar el alquiler de su propia casa y trabajar. Le gustaba ver que su pequeño estaba siempre estudiando o jugando. Los dueños dejaban que Mateo estuviera allí, de vez en cuando, ya que era como un nieto para ellos y le dejaban mientras tanto jugar, hacer los deberes y estudiar. Pero, el señor anciano que de profesión había sido cocinero, le enseñaba recetas a Mateo, y se las dictaba, ambos practicaban cocinando todo tipo de dulces caseros. Mateo aprendió a cocinar de verdad y su madre se sorprendía de las habilidades que tenía su hijo. Un día le dijo el anciano a Mateo que estudiase cocina, porque valía para eso. Mateo se quedó sorprendido, porque un niño tan pequeño como él, no había pensado en su profesión cuando fuera mayor, pero le pareció una gran idea. A Mateo le gustaba cocinar. Un día, en un fin de semana, que su madre libraba del trabajo, llevó a Mateo a la pastelería, pues había sacado muy buenas notas y estaba muy contenta. El niño eligió de entre todos los pasteles uno de chocolate y comenzó a comerlo. Al primer bocado, le dijo al pastelero que no llevaba el suficiente chocolate y es que el pícaro pastelero no sabía cocinar y compraba los dulces en una fábrica. Cuando Mateo se fue haciendo mayor, eligió como estudios ser cocinero, en concreto pastelero, su madre se sentía orgullosa de Mateo y del esfuerzo que había logrado al poder matricularse en una de las mejores escuelas de cocina de París. Mateo era un gran chef con mucho prestigio. Pero decidió volver a su pueblo natal y abrió una chocolatería en el centro del pueblo y con lo que había aprendido, realizó los más suculentos pasteles, bombones, chocolatinas, caramelos, tartas, piruletas, todos ellos realizados con el mejor chocolate. ¿Sabéis a que pastelería iban los niños después del colegio? Pues a la de Mateo. Él tenía la mejor repostería y la más saludable, con los mejores cacaos de todo el mundo, era leal, honesto y tenía mucha amabilidad con la clientela, se dieron cuenta de la calidad que ponía en su trabajo Mateo. El pícaro pastelero se quedó sin clientes, pues los engañaba con dulces prefabricados y los clientes no eran tontos, sabían que los dulces de Mateo eran de mayor calidad y más sanos. Así que ya pasado un tiempo, el pícaro pastelero tuvo que cerrar la pastelería. Mateo apenado, vio como el pastelero de su infancia cerraba la tiendecita donde, de vez en cuando, compraba alguna golosina. Dado que no era su intención que el pícaro pastelero se quedase sin trabajo, lo vio llorando en un rincón de la calle mientras echaba el cierre, Mateo habló con él y le dijo que no llorase, que él tenía mucha clientela y necesitaba personal, y que si quería le daba trabajo, mientras que le enseñaba a cocinar de verdad. Mateo y el pícaro pastelero se dieron la mano, símbolo de amistad. Por un tiempo Mateo vio que el pícaro pastelero no sabía cocinar, así que le enseñó de verdad cómo se cocinaba bien y con mucha paciencia, le confió las recetas más suculentas y nuevas para hacer los mejores dulces del pueblo. Ambos consiguieron ser muy buenos amigos y hacer muy felices a los niños con sus dulces. Así, el viejo pastelero era feliz porque, por primera vez, cocinaba y no engañaba. Aprendió del joven Mateo que, si él no hubiese escatimado en ingredientes, y engañado a los niños con sus dulces prefabricados, habría tenido más éxito en su trabajo si no hubiese dado “gato por liebre”, y así no tendría que haber cerrado su antigua pastelería. Por lo que no es más listo el que engaña por no saber hacer bien las cosas sino el que es más honesto y honrado, el que lo hace bien desde el principio, para poder tener éxito en esta vida.

Azules son sus pinceladas

Autora: Beatriz Guillén

En mi vida, intenté ponerme en su lugar, no sabía lo que sus ojos intentaban decirme, yo era joven, demasiado delicada y con aires de madrileña de educación exquisita, como para intentar querer a mi marido.

En el año 1889, la exposición de París era un sueño para cualquier muchacha que deseaba investigar, intrigándose entre las calles olorosas de barrios concurridos como el de Montmartre. Allí junto a mí, varios pintores me sonreían. Hubo uno, simpático, que hablaba español, de hecho lo era, con ojos profundos y negros, bebía absenta y fumaba en un bar, por lo que me hizo sospechar que también era artista.

Su voz dolorosamente aguda, me habló con delicadeza, me dijo que era malagueño, que viajó hasta París para retratar, para influirse de otras lenguas y culturas.

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¿A qué sabe el olvido?

Autor: Kepa Vadillo

Sucedió en la estación del tren de cercanías de mi pueblo. Como todos los días, después de la salida del instituto, le acompañaba a la estación para que cogiera el tren que le llevaría hasta su pueblo. Nos acomodamos en nuestro sitio de siempre, al final de la estación, donde las conversaciones pueden ser más privadas y las caricias no son objeto de observación. Allí, en nuestro lugar favorito me dijo que me dejaba, que nuestra relación se había terminado. Allí, en el mismo muro donde habíamos dibujado nuestros nombres envueltos en un corazón.

Encajé el crochet, me tambaleé. Me cogió con la defensa baja, simplemente bajé los guantes, tiré la toalla y di por finalizado el combate. Que se retrasara el tren hizo que aún conservara en mi memoria los últimos olores, mezcla de colonia y sudor. Se despidió desde la ventana alzando su mano. Tan solo pude devolver el gesto, como perdido, esperar a que arrancara el tren y comprobar que aquello no era un mal sueño.

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El incendio

Autor: Antonio del Cerro

Mosiah era un pastor que vivía en un pueblo de Extremadura. Le gustaba el campo y los animales. La naturaleza era para él lo más importante. Sus padres lo sabían y estaban encantados con él y su trabajo.

Un día de verano, Mosiah salió con sus ovejas al campo y todo parecía normal hasta que desde el pueblo se vio una gran columna de humo que subía hacia el cielo. Era un incendio. Todos se alarmaron mucho y acudieron los guardias forestales y los bomberos para controlar el gran fuego. En dos días apagaron el fuego.

Todo apuntaba a que había sido un fallo eléctrico de una torre eléctrica pero los guardias forestales encontraron una botella medio vacía de gasolina. Preguntaron en la gasolinera más cercana quién había comprado gasolina. La llevaba en una botella y se descubrió que Mosiah era un pirómano.

Pinceladas de una amistad

Autora: Sandra Castagnetto

Erase un niño que se despertaba cada mañana con mucho miedo. Quizás el aire vibrando por las hojas de los árboles del parque, quizás la sombra entre los coches de la calle a media luz, le hacían vibrar cada día al despertar temprano. Mirando a su alrededor el chico veía sombras que giraban en torno a su cabeza y le hacían estremecer.

Un día le dijo a su madre: “Mamá, mamá, esa sombra que me sigue se parece al yayo. A veces me habla y me cuenta cómo van a ser mis pasos de mayor”.

Los padres del niño estaban muy preocupados por Jaime, que así se llamaba el niño de sus ojos, ya que desde que tuvo el accidente con la bici, de eso hace ya unos meses, no parecía el mismo. Llamaba, bajaba cada mañana corriendo escaleras abajo, con su pijama a rayas verde saltando por encima del sofá, gritando: “ya vienen, ya vienen”. Los padres de Jaime decidieron llevarle al especialista.

En una sala con carteles había unos bancos de madera laminados. De fondo, una ventana roja “Thermolactyl”. Llegó a la sala Mario. Mario, que era un niño con un bastón en la mano, se guiaba por los sonidos de las voces que le susurraban, sonidos que viajaban por el aire hasta sus oídos. Se encontró con Jaime y lo primero que le vino a la cabeza fue su olor. Le vino a la mente los días de invierno junto a la cocina, aquella donde su madre preparaba la crema de lavanda y luego rociaba sus manos, aquellas que acariciaban su mejilla y su pelo, cuando le peinaba con la raya en medio. “Tengo miedo” le dijo a Mario. Este prosiguió: “La oscuridad no te va hacer daño. Cuando salgas a consulta llegarás por el pasillo estrecho que conecta con la sala. Cuando entres a la consulta, te encontrarás a mano derecha con un cuadro azul, en el centro con una mesita, dos sillas y una estantería con libros y juguetes a mano izquierda”. La habitación olía a jazmín.

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Le llamaban Cristo-Jesu-Cristo. Pero el diablo dijo No

Autor: Pablo Medina

Ha pasado mucho tiempo, el suficiente como para haber borrado de su memoria la carga que desde jovencito iba asociada a su forma de vivir, a su forma de pensar, en definitiva a su forma de existir. Para remate, sus padres le pusieron de nombre Cristo.

En los años en los que el acoso y desgaste por parte de los niños del vecindario no estaba regulado, como lo está ahora, resultaba sencillo destrozar a una persona, meterse permanentemente con él y degradarle de tal forma, que al final había que estar recogiendo trozos de su estima por el suelo, como un cristal roto. Es normal que enfermara o por lo menos, que el informe médico hiciera mención en uno de sus numerosos apartados, aquellos en los que el tribunal desaconsejaba ser una persona activa o capital humano.

Con el paso de los años, Cristo o  Jesu-Cristo, como se le conocía en el barrio, había dejado de imitar la vida de los otros vecinos. Ahora vive en las grandes superficies, esas en las que los mendigos campan sin control, llevando un carrito con todos los enseres de su vida, sus tesoros más importantes.

 Ya no pide para ahorrar ni para volver a ser persona. Ya no pide para tener su casa, su familia y una vida, sin entrar a valorar si es normal o no normal. Ahora solo pide para los vicios, las dependencias, el tabaco y el alcohol; la del puesto de periódicos te cuenta que, ahora a ése y más de ese palo, los llaman Yonqui lata.

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Forbeat

Autor: Antonio del Cerro

Todo es muy western en Forbeat. No es el Lejano Oeste pero está lejos, al oeste del continente. También hay mucho ganado y pistoleros. Hay salones sin bailarinas de cancán pero se bebe mucho whisky y se juega a las cartas. Corre mucho el aire y hay molinos.

Nuestro héroe, Jack, es un pistolero. Tiene dos pistolas y una escopeta. El malvado Hogun es chino. Hogun roba cabezas de ganado y las vende en las ferias. Como el sheriff estaba enfermo, un granjero, que se dio cuenta que le faltaban vacas, llamó a Jack. Jack estaba de guardia en el banco y fue a caballo a buscar a Hogun porque un confidente del sheriff le dijo que había sido el oriental.

Jack encontró a Hogun con las vacas y le expulsó de Forbeat. Le amenazó y Hogun se fue a las montañas de la frontera. El sheriff felicitó a Jack y finalmente le hizo su ayudante. Las vacas volvieron con el granjero que ya estaba más tranquilo porque Hogun no volvería a robarle nunca.

Un día en el parque

Autora: Sandra Castagnetto

Las puertas se abren. Entramos por la puerta lateral en dirección a los chorros. Llegamos a éstos y nos quitamos las mochilas dejándolas en el suelo, al lado de la entrada en la tienda de suvenires.

Hacía calor y nos sumergimos en los chorros, empapando nuestra ropa de verano que estaba esperando que se sometiera al frío agua de la atracción.

Durante veinte minutos buceamos bajo el agua dando vueltas a las Pérgolas.

Salimos de los chorros. Nos dirigimos a la atracción de las gafas virtuales. Nos pusimos en la fila esperando nuestro turno, nerviosos, excitados por el sonido del carro sobre los raíles.

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Giorgia on my mind

Autora: Beatriz Guillén

Vivía en un suburbio a las afueras de Georgia, EE.UU, mi nombre es Katherine, mi madre me lo puso por la afamada actriz Katherine Hepburn, que tanto le gustaba a mi madre, el régimen de comidas era tan simple como apetitoso, pollo frito, puré de patatas con mantequilla y Coca-Cola.

Un día en concreto, no sabría decir ahora cual, salí de esa especie de granja que teníamos los negros, en aquellos entonces guetos, me subí a un autobús , me senté disimulando, mayoritariamente era reservado para blancos, ese día no había demasiados dentro de la línea local, así que hice un desdén y me pude sentar a pesar de las miradas inquisitivas de hombres y mujeres, y los comentarios racistas y de asco de las personas del color de la leche. Fue ya a mis casi dieciséis años cuando decidí transformar el mundo, entrando en una Universidad, ya lo habían hecho otros compatriotas y varias mujeres de mi color.

Sentada en la última fila veía como las razas discriminadas por la segregación, no nos tenían ni permitido el contacto visual, a pesar de mis inmejorables notas, bajaban algún punto si el profesor en cuestión tenía rasgos racistas en su personalidad.

Pero conseguí graduarme y conseguí el título de enfermera. Allí en la Universidad conocí un chico blanco sureño, de ojos azules, y pelo rubio pajizo, me comentó que se llamaba Peter, que no todos los blancos eran tan malos, que él y su familia protestante, querían poder reunir a blancos y negros en total armonía para la consecuente y total plenitud de los derechos humanos basados en la no esclavitud, en los años cincuenta.

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Encuentro

Autora: Sandra Castagnetto

Se oyó un golpe de fondo. Cuando quise abrir mis ojos él estaba allí, detrás de la mesa que había delante de la puerta. Su mirada se clavó en mi piel. No pude dejar de temblar cuando me percaté de su presencia.

Apreté mis labios para que no dijeran nada, nada que pudiera romper el silencio cortante del ambiente cargado, cargado de rumores de su voz que empezaba a susurrar como un lamento que oía sin rumbo.

No dijimos nada. Nos encontramos allí. En silencio, sin saber si llorar o reír. Hacía años que no sabía de su existencia. Un día se perdió y su lamento no se volvió a escuchar, sin saber nada, sin contar con nada. Empezó a hablar, yo no quería oír.

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Caminando por el lado salvaje de la vida

Autor: Pablo Medina

Son las diez de la mañana. Salgo de casa. Tengo que andar un camino. Como es mi costumbre, caminaré por el lado salvaje. ¿Cuál es la definición de salvaje?

Es como si fueras andando, te chocaras con una piedra y ¡hala fuera del camino! Esto es así desde hace muchísimo tiempo, hay muchos tipos de piedras en el camino.

El lado salvaje te coge, te zarandea, te lleva de un sitio a otro, te trata lo mismo que si fueras un pelele, un “muñeco de trapo”. Y así uno se descentra, pero como si fueras un ave de rapiña, intentas de todas maneras volver a meterte de lleno en la pieza apresada, no perder tu camino. El camino recto es muy aburrido, ahora salirse de él no conviene nada, se puede pasar mal. Es decir, que en el lado salvaje te hacen pagar pero sin compasión. Bueno, pues yo insisto, sigo el camino recto que ya van muchas de eso, de salirse del camino. Aparte, me voy a poner a observar las buenas cosas del camino recto. Las imágenes de toda una vida, como el aire que respiras, hasta amigas que te recuerdan “invierte en ti”. ¡Gracias buena gente encontrada en el camino!

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Querido diario

Autora: Beatriz Guillén

Querido diario, 12 enero 2017.

No puedo contárselo a mis padres, soy homosexual, me gustan los chicos, hoy Francisco me ha mirado y me ha sonreído, lo que ha despejado la duda. Soy muy feliz.

Querido diario, 14 febrero 2017.

Fran y sus amigos han empezado a hablar entre ellos, ¡Jo! Le miro y cada vez me gusta más es guapísimo, esos ojos azules y esa sonrisa, con dieciocho años que tengo y no he tenido novia, la gente habla, puede sospechar de mí.

Querido diario, 3 Marzo 2017.

Hoy Fran se ha acercado a mi pupitre y me ha lanzado un beso: “Guapo”, me ha dicho, la gente se ha reído de mí, lloré, pero entró la profe y se callaron todos. Estoy metido en un grupo de WhatsApp y se ha corrido la voz, “Maricón” me llaman. Papá y mamá siguen sin enterarse.

Querido diario, 25 marzo 2017.

Me prohíben acercarme a Fran, incluso me insultan en el pasillo.

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En la boca del lobo

Autora: Beatriz Guillén

Miradas que se esconden tras máscaras imperceptibles, así es el suburbano de Madrid. Huidizas y pícaras, algunas con ganas de ligar con él o la de enfrente del asiento del vagón. Otras, de desdén ante el paso de una persona que mendiga enfrentándose a la vida y, a viva voz, contando sus miserias. Ojos que ven pasar otros, ojos que no nos detenemos a ver. Miradas pobres y ricas que se bajan en la estación de Ópera o Goya. Duelo al ver una caída mortal en otra estación que no deseamos recordar. Historias cotidianas de gente que teclea con el móvil mientras esperan que otras se puedan levantar para ocupar el sitio, cual juego de la silla. Corremos hasta alcanzar la meta o al menos, cuando hay aglomeraciones, no morir en el intento. Hay de todo y todo puede pasar: robos, sobeteos consentidos… otros no. Gente hablando a gritos, chinas y chinos. Miradas tiernas a bebés, otras no tanto, del señor pedorreta sentado al lado de la niña con falda cinturón y ojos de matices azules. Extranjeros mirando mapas para encontrar la puerta del Sol, ellos rojos y quemados, sin protección solar. Sus ojos negros, verdes o coralinos de anzuelos infectados. No hay aire acondicionado, la gente nerviosa, para el tren… diez minutos. Parón grande en hora punta, tensión, mala hostia que se les pone a algunos y algunas porque hay que desalojar el vagón. Dolores en las piernas de ancianos que no pueden sentarse porque dos novios se dan el lote mientras una señora anciana deja su sitio a una mujer embarazada. Olores. El desodorante les abandona a algunos. Entrada a gritos de chiquillería después del cole, madres cabreadas que no llegan al súper, más calor y olor, túneles interminables, puertas que se cierran: “Atención, estación en curva, tengan cuidado al salir, en no poner el pie entre coche y anden”. Etnias. Músicas estridentes, disparatadas, música dulce que desea que no apague esa voz, y se vaya a otro vagón, aunque no le des propina. Más gente pidiendo por causas para salvar el mundo. Revisores. Cazafantasmas en busca de pobres infelices que no tienen billete. Colores culturales y cosmopolitas. La bella que mira a la nada de la oscuridad, personas comiendo sándwiches en el trayecto porque no llegan a trabajar. Mp3, mp4… Vendedores de chocolatinas. Inválidos. Robos. Monjas. Prostitutas. Chaperos. Drogadictos. Curas. Toda clase de personas. Inquisitivas miradas. Respirar hondo, llegada a la estación,  intercambio de tren, salida, búsqueda de boca de metro, destino final… se acabó el billete. Metro de Madrid… vuela.

Un conflicto bélico

Autor: Antonio del Cerro

De repente apareció el sargento. Los legionarios lo miraron. Tenía órdenes de organizar una defensa. Estaba a punto de mandar cavar trincheras pero se le ocurrió algo mejor:

-Haced una patrulla cerca del campamento.

Cogió su ordenador y se sentó. Los legionarios fueron a hacer la patrulla y cuando volvieron el sargento había consultado con el ordenador sus documentos de inteligencia sobre el enemigo y dijo:

-Van bien armados y están muy entrenados.

-Podíamos coger prisioneros e interrogarlos, dijo la cabo.

Al sargento le pareció una buena idea pero no quería que nadie se alejara del campamento.

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Las aristas de la forja

Autores: Mª Antonia y Kepa Vadillo

Siempre con la mirada pérdida, como queriendo buscar esa línea divisoria en el horizonte. Mirar por la ventana, sin saber a dónde, tenía sus ventajas.

No era necesario forzar la vista buscando un objeto determinado. No se acordaba del tiempo que llevaba en esa posición, tan solo sé, que al retirarse, tenía marcadas en su piel, las aristas de la forja.

Como siempre, en silencio, se retiró a su camastro. Necesitaba pensar. Pensar en alto para conocer las respuestas.

Se conocía bien. Realmente sabía que su problema nunca habían sido las respuestas. Su desasosiego siempre habían sido las preguntas. ¿Y por qué no encontraba las preguntas? ¿Qué es lo que llevaba tanto tiempo cuestionándose? ¿Qué le hacía tanto daño que le impedía coger el picaporte, girarlo y abrir la puerta?

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La dimensión del agobio

Autor: Pablo Medina

Soñaba, en un estado lisonjero, en dónde yacía con su amante. Estaba muy seguro de ellos dos, seguían durmiendo y pensaba que sería para siempre, tenía su cuerpo encima, desprendía frescor, el esperaba que esa sensación de bienestar no terminara nunca.

Poco a poco la luz empezaba a entrar por la ventana de la habitación. Habían quedado en volver a verse, se intercambiarían números de teléfono. Lo que tenían que conseguir era estar siempre y en todo momento en contacto. En realidad… ¿Sabían dónde se encontraban? ¿Qué era todo aquello que como una nebulosa les rodeaba?

Se levantó semi desnuda y fue al cuarto de aseo. Él seguía dormitando. Ya arreglada se acercó a la cama para despedirse.

-Me voy, ya te veré.

-¿Seguro? ¿Cuándo?

-No te preocupes estaremos en contacto.

Quería que le dejara algo personal simplemente para recordarla, a ella, su olor personal, la noche que habían pasado juntos. Solo eso, juntos.

Él seguía en la cama con ese regusto del calor de las sábanas. No se acordaba que tenía que levantarse para ir a trabajar. Saltó de la cama, pensó que se le hacía tarde. No se encontraba bien, llamaría a la academia para avisar que llegaba tarde.

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Amores que no pudieron ser

Autora: Annarella Pigna

“Siempre te amaré”, dijo ella. “Te amaré siempre”, dijo él. Y cada uno tomó su camino.

Sus sueños logrados, sus metas alcanzadas transcurrieron en paralelo. Nunca convergieron.

Un día, pasados pocos años, sus vidas se encontraron por mera coincidencia, solo para darse cuenta ambos de que ya no podría ser.

Ese amor intenso que seguía ardiente en sus corazones y que sentían el uno por el otro, no llegaría a ser una realidad vivida juntos. Una vida juntos que no se materializaría nunca.

Sus miradas se cruzaron expectantes y tristes a la vez… Solo sintieron la nostalgia de lo que pudo haber sido y no fue.

Ella siempre lo amó y el la amó siempre.

Mujer mirando por la ventana

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Autores: Mar Rodríguez y Kepa Vadillo

Había visto muchas veces el cuadro de Dalí, “Mujer mirando por la ventana”. Por una vez quiso experimentar lo que sentía la modelo, ante esa posición, de ver pasar el tiempo, sin preocupación alguna.

Tan solo la brisa del pantano mecía sus cabellos, sin rubor. No buscó nada, tan solo ansiaba conocer la paz, la de ese momento, la que invitaba a la reflexión y al estímulo de la memoria.

Cerró los ojos y se dejó acariciar por los rayos de sol de la primavera anticipada, la que excita las esporas, la que te susurra que hay vida, y que la disfrutes. Abrió de nuevo sus ojos, aquellos que regalan ternura e ingenio, y se emborrachó del perfume del lugar, él mismo, que sin querer, la invitó a navegar.

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La estabilidad de la caída

Autor: Héctor Higuera

El Down Jones se desploma.

Wall Street colapsa.

Edgar Matthaus arroja el New York Times sobre el escritorio y vuelve a trabajar. Al otro lado de la ventana, la multitud invade la calle de Wall Street mientras la policía montada mantiene el orden, precavidos ante la posibilidad de actos violentos perpetrados por la muchedumbre, que está nerviosa, preocupada, inestable; desean vender sus acciones, recuperar sus inversiones, e intentan acceder a la Bolsa de Nueva York mientras, dentro, el mercado, conmocionado, pretende satisfacer todas las órdenes de venta que se gritan en la plaza, casi se aúllan, por unos operadores angustiados ante la enorme pérdida de capital de sus clientes, y de ellos mismos, que ofrecieron seguridad a los clientes con sus compras de acciones. El ruido, las voces entrecruzadas, rechina en los oídos. Afuera, las diferentes clases que estructuran la sociedad neoyorquina se inquietan o se desmoronan, desde el limpiabotas al hombre de negocios, pierden. La Bolsa de Nueva York cae un 11%. Martes Negro. 24 de octubre de 1929. Edgar Matthaus sigue anotando, con su caligrafía elegante y limpia, instrucciones para el departamento de contabilidad.

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No hay mal que cien años dure ni cuerpo que lo resista

Autor: Pablo Medina

Viaje camino de Almería. Entonces, se enganchaba uno a esas adiciones que ellos relacionaban con el placer total y creían que eso era la felicidad.

Metidos en un compartimiento del tren, una vez subidos y acomodados, empezaron a dejar pasar el tiempo para acometer su “movida”, la “movida” que se estaban organizando.

Pero, además, sin darle importancia lo que dijeran el resto de los viajeros de su compartimento.

-Toma, quema, échale pero buena cantidad, del tipo quitapenas que te gustan a ti.

El señor de enfrente pone cara de molestia. Otra Señora, también compañera en el viaje, se queja.

-¿Oiga qué es eso, marihuana?

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Historia de amor entre dos hermanos

Autor: Raúl Prats

Son dos hermanos que no conocieron a su padre porque falleció siendo ellos niños. Fueron educados bajo el amor de su madre. Ella les llevó a buenos colegios. El mayor sacó los estudios y el menor fracaso. Bajo su frustración, cayó enfermo con una enfermedad mental. El mayor le acogió en su seno y le dio una educación, pero el menor, al no comprenderlo por su enfermedad, no lo quería. El otro perseveró hasta que el menor se dio cuenta que lo hacía por su bien y puso todo el esfuerzo que su hermano había puesto en él, y se dejó querer por su madre, hermano, familia y amigos.

Esto va dirigido a mis amigos del grupo.

Para vosotros, gracias.

Silbadores del viento

Autor: Pedro Sobrevilla

El oficial americano tocaba la armónica plateada en escala de blues, mientras que el indio navajo tocaba su flauta de madera y silbaba al viento y a la naturaleza para comunicarse con sus antepasados indios.

Les daba buen karma en los duros descansos mientras los japoneses y sus bayonetas acechaban, bajo un sol abrasador de cincuenta grados que se pegaba al uniforme.

El bautismo del indio navajo era untar en su frente, cenizas de humo de tabaco, como fidelidad o como religión porque así los americanos sabían que era indio.

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La princesa Sonrisa

Autora: Estela Gómez

Hace no mucho tiempo existió un mundo ficticio paralelo a la realidad, un mundo fantástico, enorme y complejo en el que tan solo vivía una persona, su creadora, la princesa Sonrisa.

Era una niña alegre y fuerte, todo lo que hacía, decía o pensaba, lo inspiraba su corazón. Se sentía feliz en su mundo, veía la vida a través de unos ojos que, con tan solo un pestañeo, eran capaces de atraer la primavera. Allí la tristeza, el odio y el dolor no existían.

Fueron pasando los años y la soledad empezó a inundar su vida, apagando los colores de su mirada.

-¿Para qué sirve tanta felicidad si no la puedes compartir con nadie?- pensó.

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La bicicleta y la oruga

Autor: Pedro Sobrevilla

Érase una vez una bicicleta que no tenía dueño, que creía la gente que estaba abandonada, se usaba para transportar la cerveza y el whisky de importación en los salones del oeste, llenos de forajidos jugadores de póker, buhoneros y tahúres.

En los duelos que se producían en los salones a causa de trampas en el juego o altas dosis de alcohol, un forajido perdió un sombrero marrón. Estaba en el suelo poco visible entre sillas de madera humo de tabaco, y bailarinas del can-can de lencería roja.

Escapándose por el desierto lleno de sol abrasador de 50 grados y polvo de dunas, donde sólo se veía un cactus, y rastrojos rodando del viento, se le apareció una puerta blanca con una mano invisible, y en la misma puerta vio ventanas que daban al infinito.

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Cerré los ojos

Autora: Mª Antonia

Cierro los ojos.

Estaba esperando una respuesta a mi despedida pero no decían nada.
El padre había dicho las frases habituales de adiós y de agradecimiento pero los niños apenas me miraron. Cuando ya me volvía, la pequeña Sara vino corriendo y sin decir una palabra me dio un abrazo largo, muy largo. No hacían falta palabras para decirme que me echaría de menos y que empezaba a entender que las despedidas eran parte de la vida. Su madre había muerto apenas seis meses antes y mi estancia con ella había sido el preludio de otro adiós.

El tren ha parado y dejo de pensar en Sara. Me acomodo en el asiento y me pregunto que estará haciendo Brian.

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El hombre del traje gris

Autor: Pedro Sobrevilla

Érase una vez un hombre que comenzó convirtiéndose todo en gris, hasta su traje, como en una maleta de atrezo, que también era gris, que la consiguió en esos viajes de trenes que van hacia el norte.

Pero que realmente antes de empezar en el Parque del Retiro de Madrid, junto a un lago, comenzó en la calle Arenal hasta Ópera.

Sus versos los hacía en una habitación abandonada de poetas ilustres, allí en la calle Pinar, y sus momentos de inspiración los conseguía en un café de María de Molina con Castellana, donde había música funky y hip-hop, y grafitis urbanos en las paredes.

Antes de tener un traje gris, tenía sueños en blanco y negro que no pasaban a color, pensando en una camarera dominicana llamada Diana.

Sus paseos por el principio de la calle Alcalá, en irlandeses dedicados al escritor James Joyce, sus conversaciones intelectuales y literarias con la alumna de veintiún años, Jennifer, de allá, del Perú.

Antes de ser mimo callejero, tenía relación con músicos de jazz que conocía en el Honky de Covarrubias, y le gustaba la canción de los Rollings Stones “Honky tonk woman”.

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My heart will go on

Autora: Beatriz Guillén

Estaba en la habitación, escuchado la canción de “All I really want” de Alanis Morissette, sabiendo que era sábado y el lunes tenía un importante examen de matemáticas, ¡Odio las matemáticas!, tenía que ver “Música Sí” en la tele porque ella actuaba y sabía que la canción de “Ironic” la iba a interpretar.

Por esa época, tenía quince años, y mi habitación estaba empapelada con fotos de Leonardo Di Caprio, y su mítica película “Titanic”.

Me dije: Al día siguiente me pongo y repaso, hoy es sábado, y ayer el idiota de Jorge casi me da con una tiza en clase, en la cabeza ese tío no sé de qué va, pensaba.

Ya sé de qué iba me lo contó Rosa: Está por ti, y le contesté: No fastidies, pero si siempre me está chinchando, y ella me contestó: precisamente por eso ayer se lo oí decir a José Manuel y a Paco.

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Desbordamiento

Autor: Héctor Higuera

Frente al borde. Veo, escucho, el rugido de las olas, espirales, densas, voluminosas, que se destrozan contra las rocas, separando la masa compacta de agua, veo su retroceso, absorben, arrastran, descompuesta en espuma, burbujas, diminutas esferas, abandonadas en la roca, la tierra, afilada del acantilado, aristas desordenas enfrentando la destrucción de la materia, su propia desintegración en partículas que caen, caer, al mar, borde, agua, morir por un susurro de viento, vacío, precipitarse al fin, a la oscuridad abisal de peces luminiscentes envueltos en soledad, guiándose por gotas de luz que suben, suben, aclarando el entorno, desplegando la vida que explota en cada partícula, las algas se balancean y los peces se esconden de los depredadores que veloces persiguen la corriente mientras los pulpos camuflados entre los recovecos de las rocas, aferrados, esperan, dormitando, a la presa despistada, desamparada, que contempla a las morenas como serpentean por los alrededores y a las doradas, plateadas, brillantes, paseándose ausentes, indiferentes al buceador con su equipo de respiración autónoma y su máscara, que pretende alcanzarlas, y juegan, se acercan y aceleran, divertidas, al margen de la tintorera, tiburón aerodinámico, que confundiéndose en el horizonte, se aleja lento, pausado, sin hambre, a la explanada azul denso, detectando las ondas de sonido viajando, propagándose, a través del fluido, desde su emisor, una ballena rorcual situada a cientos de kilómetros que se contonea, ingrávida, con su cuerpo alargado y esbelto, colosal, reclamando, excitado, una hembra para reproducirse, expandir la vida, desarrollar, evolucionar, nacer, vivir, escucho como el macho capta las interferencias de los radares de los barcos pesqueros meciéndose entre las olas, con los pescadores en la borda, la piel cortada por la brisa, la mirada atenta a la sujeción de los cabos mientras proceden a levantar la red, y las señales de balizamiento marítimo, las boyas ancladas a las profundidades, enviando información al buque carguero que ignora el pequeño faro solitario iluminando la noche, tenue, imperceptible en la extensión, y veo, veo la luz en electrones, como se desplaza, veloz, sobre el agua, distancias, y emerge del mar vertiéndose por el acantilado, y yo, yo, me descubro, estoy allí, al otro lado.

El oso en busca de su hermano

Autor: Pedro Sobrevilla

Había una vez, un oso, llamado Gonzalo, cuyo color era beige, que tenía una nariz blanca y punto rojo, y la gente suponía que era del circo, sus ojos marrones hacían a la gente suponer y descifrar su gran bondad, sociabilidad, nobleza e inteligencia emocional.

Era un oso, que en su pasado no era libre en el zoo, atrapado en una caja de madera, y cuando era cachorro, le recordaban, que era esclavo de su público y esclavo de los barrotes de su jaula. No quería ser vendido al zoo ni al circo, ni ser un peluche de centro comercial, atrapado como un muñeco en una caja de cartón.

Uno de sus sueños era convertirse en humano, para no ser llevado y explotado por cazadores furtivos, en un camión con remolque de paredes blancas e interior frío, y vendas hacía lo oscuro de sus ojos que creaban un vacío emocional al oso Gonzalo.

Su hermano de piel color marrón llamado Gabriel, separado por una carretera con muchas curvas, solitaria. A ratos de locura y esperanza, casi no le veía desde cachorro.

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Amanece que no es poco

Autora: Mar Rodríguez

Un día caminó hasta el centro del Universo, a ese punto centrífugo donde pasado y futuro enloquecen de melancolía.

Al llegar chasqueó los dedos implorando que sucediera El Milagro, pero sólo aconteció El Silencio.

Descendió por una escalera de caracol de final incierto. Los peldaños eran todos irregulares, y sus pies, al pisarlos, reproducían todos los sonidos del mundo, como si de un caleidoscópico piano se tratara.

Tras los descansillos de la escalera se adivinaba Todo. Al llegar abajo se encontró un visillo. Lo descorrió con temor y descubrió La Nada, que llevaba tiempo cosida a sus pies como una sombra inefable.

“No sé qué hago aquí”, se dijo y poco después esas mismas palabras sonaron en el centro del Universo, formando parte del Eco.

El despertar de la electrónica

Autor: Pedro Sobrevilla

Adrián era DJ profesional, experto de la electrónica, que pinchaba todas las noches en el polideportivo Martín Carpena de Málaga, en invierno-otoño, y en verano, en la playa durante las fiestas de mojitos.

Su maestro y sabio de la física del sonido era Roberto, que le enseñó a ser un DJ.

Estudiando la carrera de sonido conoció a la doctora Maribel, con la carrera de medicina ya terminada; la había visto en locales ochenteros y algunos de corte rocabilly, y guitarras electro-acústicas donde se escuchaba música de Jaime Urrutia.

Le hizo despertar de su soledad y de sus horas de letargo.

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Si se pudiera…

Autora: Alicia Llidó

38 años. Ya llevaban 38 años juntos. Demasiado tiempo. Demasiada dependencia.

Me había comprado un vestido amplio, yo, que siempre llevaba ropa ajustada.

Llevaba sandalias en vez de zapato cerrado. La ocasión merecía sentirme libre, incluso, antes de la ceremonia; 38 años esperando éste momento eran suficientes como para regalarme esos cambios.

Era la hora. Me siento frente al Juez, que empieza a preguntar:

– ¿Hace cuánto tiempo que conviven juntos?

– 38 años, Señoría, contestamos al unísono.

– Han firmado Uds. un acuerdo en el que consta que bajo ningún concepto se entrometerán en los asuntos del otro. ¿Ratifican por ambas partes el acuerdo?

– Sí, Señoría, decimos a la vez.

– Perfecto, firmen aquí, por favor. A la salida pueden recoger cada uno una copia.

El Juez indica al Secretario que facilite una copia a la Sra. Pensamiento y otra al Sr. Corazón.

Estrategias para niñas que no comen

Autora: Carolina Ávila

– Una por papá, una por mamá, por la abuelita… y una grande por la niña.

Así era como el hombre convencía a la niña para que se comiera el puré de verdura, cucharada a cucharada, con la paciencia de quién se siente agradecido por cada esfuerzo que hace.

Al menos, así lo hizo hasta que todo cambió.

Aquel día, el hombre permaneció inmóvil mucho tiempo; su mirada traspasando los sucesos de la jornada. Pasadas las primeras horas, tuvo que reaccionar: había que recoger a la niña, darle la merienda e intentar que durmiese una siesta. Pero esa tarde la niña no durmió. No quiso quedarse sola en su habitación. El hombre se acostó a su lado, abrió el último botón de la camisa, se aflojó la corbata y la abrazó, tan inerme y huérfano como su hija.

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La bruja y el gánster

Autor: Pedro Sobrevilla

Había una bruja extremeña de treinta y siete años cuyo nombre era Azucena, amante de los partidos de fútbol y del Atlético de Madrid, que le gustaba viajar con su marido brasileño Ricardito, jugador de fútbol sala, a carnavales y bailar samba y beber caipiriñas.

Por una tradición de su amiga gallega, Estrella, en el camino de Santiago y debido a sus creencias, le gustaba invocar a las meigas haciendo queimadas para que le protegiese en un futuro.

Experimentando un día con cigarrillos combinados, escuchando a Bon Jovi en un bar de la calle Marchena, se olvidó de que amanecía.

Conoció a un gánster de Marruecos en la sala La Luna en la calle Aduriz, que se llamaba David, que le llevó al consumo de tóxicos, y a verse atrapada en una paranoia no real de un juego de rol.

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Visión eterna

Autora: Beatriz Guillén

La playa inmensa se abre ante mis ojos ya ancianos, ese día lo recordare cual hombre descubrió la luna, en mi vida había visto el mar, y fue gracias al IMSERSO cuando vi el mar; me ayudaron las señoritas de la residencia. José es mi nombre, y ver tanta gente ese día me colmó de una sensación asustadiza y perdida, pero a la vez llena de alegría y emoción.

El mar, palabra de tres letras pequeñas, pero tan inmenso que no podía creer que la vida, al final de esta, era capaz de regalarme ese espectáculo, donde niños con sus padres, jugando a la pelota, jóvenes llamativos, con biquinis y bañadores, se refrescaban mientras mis pobres huesos no podían moverse del paseo marítimo; junto unas palmeras me cubrían de sombra del agobiante y pegajoso calor de julio. Saboreaba esa sensación de libertad que, yo en mis tiempos en una familia humilde del barrio de Chamberí, nunca había tenido la oportunidad de contemplar tal espectáculo.

Mi hijo mayor decía que el mar era precioso: “Papá vente con nosotros a la playa”, pero yo no lo deseaba, no deseaba molestar a su mujer y a mis nietos, no deseaba ser un estorbo para nadie, deseaba tal vez estar en Chamberí, ver la tele, leer mi periódico, y no salir mucho de la casa únicamente para ciertos recados ocasionales.

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Días de radio

Autor: Pedro Sobrevilla

La cigarrera Isabel se despertaba todas las mañanas en La Gran Vía, cuando paseaba por la calle hacia Plaza España le hizó recordar el Broadway de los años treinta de la gran Depresión, y añoraba las noches de lo prohibido, la ley seca ,cuando ella servía alcohol.

Ella veía, y le gustaba, el ambiente de los trajes caros de los pijos de la movida, que escuchaban a Sabina en antros de luces de neón, la música de jazz de los intelectuales freaks, los vinilos, el champán, el ambiente de bailarinas de cabaret en los teatros.

Ella tenía tablas en el doblaje de seriales antiguos para radio, que se escuchaban en las casas con aparatos sonoros antiguos de madera.

Tenía las supersticiones de grandes divas, rubias como ella, estando en pleno crepúsculo de diosa le tocó actuar en un teatro el día 13, y el número trece, pero todo salió bien y el público aplaudió.

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La vida habla

Autora: Beatriz Guillén

Rompieron el cascarón en primavera, yo volaba mientras la madre estaba calentando las crías, todas ellas arremolinadas en el nido que yo construí, porque el instinto hizo aparearme con esa hembra y de ahí nacieron nuestros polluelos.

Cada día me levanto al alba y me recojo en mi nido por la noche cuando sé que el ruido del mundo aún está sin apagar. Campo a través, vuelo, y me han dado los hombres una denominación de especie, ave, llamada golondrina.

Transportar barro de un sitio a otro como si fuera la obra de un arquitecto no es nada fácil y más cuando estas apresurándote para reconstruirla al año siguiente.

Vivo en el campo. En una huerta cerca de limoneros y naranjos, en una casa antigua casi derruida, hay un esquinazo donde allí me permitió realizar el nido.

La vida de los hombres, aunque no me paro a pensar, mucho en ella, es muy distinta a la nuestra. Ellos labran el campo, usan pesticidas para que no nos acerquemos a las tomateras… pero la vida del pájaro es distinta.

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Al otro lado

Autora: Annarella Pigna

Amiga mía, ya sé que estás en Málaga con Susana. ¡Qué ricura! ¡Qué regalo de la vida!

Me imagino la gozadera de las dos, el retroceso en el tiempo que surge instintivamente y las risas de otras épocas que te invaden. Los comentarios insólitos salen sin control y es que las amigas vuelven a compartir.

A estar juntas de nuevo.

De repente se oye “Te acuerdas cuando” y automáticamente te transportas al lugar de ese recuerdo y con “tal” persona. Es revivir los momentos alegres o tristes que compartieron juntas. Absolutamente invaluable.

Dile a Susana que me traiga un poquito de lo reído y gozado, que tanta falta nos hace por estos lados.

¡Disfruten!

Carta para pedir empleo a Dios

Autor: Pablo Medina

A su Excelentísima Divinidad Dios Único y Señor del Universo.

Mi nombre, Pablo Pedro, es conocido por Usted, como sus Santos, y sirve como tarjeta de presentación. Tienen en sus ofertas, varias, de las que me quedo con la que creo se ajusta más a mi experiencia laboral. Se ofrece a espíritu mundano, incluso un poco abúlico en su vivir cotidiano, puesto en el cielo en nube con asiento perpetuo para trabajar como observador de vidas terrenales y para llevar la cuenta de los malos actos humanos. Siempre por supuesto bajo la estricta vigilancia de arcángeles en puesto fijo y de grado superior.

Creo que cumplo el perfil solicitado. Seguramente encajaría en su plantilla sin ningún problema.

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El reflejo del sol en el agua

Autora: Mª Antonia

El reflejo del sol en el agua me deslumbra. Parece el mar pero… ¿Dónde estoy?
Ya recuerdo. Estoy en la exposición viendo el cuadro de María: una línea de pájaros posados en el alambre y detrás de ellos un cielo azul casi gris. Son estorninos.
Es la exposición de los refugiados, la exposición sobre aquellos que lo han perdido todo.
Deambulo por la sala principal en la que está representado todo lo que han abandonado: sus casas, sus fotos, sus seres queridos, sus muertos…

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La primera vez

Autora: Beatriz Guillén

Aquella mañana mamá y papá vieron como tenía mucha fiebre, eran las cuatro y media de la mañana y no podían llevarme al médico de la seguridad social, pues necesitaban el transporte público.
Mi madre me ponía gasas frías en la frente mientras mi padre, buscaba desesperado un médico o farmacia de guardia, en la zona no había ninguna. Porque vivía en un lugar frío y de paredes de cartón, ese húmedo lugar, me había enfermado.
Me dolía el pecho y sonaba con ruido, mi papá esperó hasta las 6 de la mañana para llevarme al hospital.
Cogió el dinero que le habían dado por su trabajo como chatarrero, y volviéndose a mi madre, le dijo: vámonos ya.

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Nota de cata

Autora: Carolina Ávila

Era una noche cualquiera, cuando, siguiendo un impulso, Marie decidió que había llegado el momento de abrir aquella botella que llevaba unos meses abandonada en un rincón del salón.

También había sido un impulso lo que llevó Marie a decirle a Marcos, unos cuantos meses antes, igualmente en una noche de un día laborable cualquiera, que cogiera un taxi y fuera a su casa. Marie lo recordaba mientras abría la botella con un viejo sacacorchos de dos tiempos, estilo sommiller. Sus pensamientos fueron interrumpidos por el “ploff” que generó el corcho al soltarse, justo como no debe abrirse una botella… justo como más placer produce. “Quizás es un vino demasiado bueno para terminar dentro de tres días en un guiso improvisado”, pensó. Sonrió al echar tres cubos de hielo falso de colores que recuerdan los años 80 para intentar bajar unos grados la temperatura del mosto. En bragas y camiseta, Marie trasladó la copa al sofá y la dejó enfriar un poco, mientras recordaba aquella primera noche en la que Marcos entraba silenciosamente en la casa y la besaba profundamente, convirtiendo su historia – fuese cual fuese el desenlace – en algo mágico e inolvidable para Marie.

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Mancha sobre agua

Autor: Héctor Higuera

Melissa frente al agua piensa que su madre tenía razón cuando dijo “¿Dónde vas tú con eso? Allá déjalo.”, pero no volvería atrás. Enseñaría su precioso vestido de comunión. Cruzaría las aguas que ella nunca supo que eran fecales, porque aquí las cosas no tienes nombres como fecales, solo es agua con mierda. Conseguiría que el vestido no se ensuciase. Con delicadeza, dio su primer paso sobre el agua, no salpicó, adelantó su pie izquierdo, no salpicó, no era difícil. Soñó que era una bailarina con su vestido blanco que bailaba sobre la tarima de un teatro gigantesco, que, girando sobre si misma, levantaba la pierna vertical, bajaba, abría los brazos ofreciendo al público su salto, pero Melissa debía ser precavida y no saltar, no manchar su vestido, debía dejar de bailar. Palpaba con sus pies descalzos la basura clavada sobre el lodo, las botellas que le hicieran resbalar para caer, ella, su vestido, en el agua. Los cerdos se acercaban. Negros, rebozados de barro y restos de porquerías, con su panza  rozando el agua, olisqueaban entorno a Melissa. La empaparían si no se alejaban. Tenía miedo, había escuchado como un cerdo monstruoso había devorado a un bebe, se lo dijo Ángelo. Arrojó una botella lejos que asustó a los cerdos que huyeron sin salpicar. Envolviendo la masa de agua había una muralla multicolor de basura, todo el espectro de colores, plásticos reciclables que Melissa recogía cada mañana, antes del amanecer, cuando los camiones del ayuntamiento vertían sobre el basurero su alimento; y ellos, los camiones, eran el siguiente riesgo que tenía que afrontar porque un camión se dirigía a verter la basura y, en ocasiones, se acumulaba tanta que perdía su consistencia y se derrumbaba en una avalancha que arrastraba el resto de basura hacia los bordes del agua, la anchura de la charca se reducía y el nivel del agua aumentaba, en fin, el vestido se mancharía. Atenta, veía a los hombres acercase, agruparse alrededor del camión, y a las ratas esperar, mientras arrojaba la basura, para volver a arrancar dejando a los hombres luchando contra los hombres, las ratas contra las ratas y los hombres contra las ratas. Pero Melissa estaba limpia. Se subió la falda, agarró con fuerza, y corrió sus últimos metros. Estaba en la otra orilla. Sintió la arena húmeda.
Feliz, no vio como Angelo recogía agua con las manos, se acercaba sigiloso y vertía el agua con los restos de excrementos, sangre, papel, mierda , sobre su vestido.

Comunicado: A quién pueda interesar

Autor: Pablo Medina

A quién corresponda tomar una iniciativa

Este escrito no debe tomarse como queja. Menos todavía de rabieta de niño pequeño.

Los cuadros que aquí se muestran son un fiel reflejo de un tiempo que viví, en el que yo era una persona con un don de inocencia, del que nunca fui consciente. No hasta que se diagnosticó mi enfermedad. Que, principalmente, el brote en lo que me afectó fue empezar a recordar todo lo que me había pasado en estos años. Entonces, y a base de barbaridades y conductas caóticas, empecé a pelear mentalmente se podría decir contra todo y contra todos y hasta conmigo, y no se sabe como empezó a ocurrir a mi alrededor y empecé a darle mucha importancia exagerada a todo. Ésto fue a partir de un desengaño sentimental, que en realidad era un fracaso amoroso anterior encubierto por este último. Como si mi vida no hubiera sido sino fracaso tras fracaso sentimental. Desde entonces, como la importancia y el egocentrismo se instaló en mi forma de ver todo lo que me rodeaba; el grito brutal en la calle allá donde fuera, me empujó al desequilibrio. Desde tiempo ya inalcanzable para recordar, me instalé en la pregunta de no violencia, de porqué me había pasado todo esto. En especial la violencia contra mi, cuantas veces me pegaron desde pequeño, cuantísimas maldades de violencia contra mi persona tuve que aguantar y el acoso por todas partes, entiéndase desde las imágenes de la televisión, mezcladas con la familia de la que procedo, además del mundo extraño en el que vivo según mi limitada forma de entender y esta forma confusa y enrevesada de entenderlo todo.

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La nueva situación

Autora: Mª Antonia

“Lo más cercano es la mesa camilla ante la que paso la mayor parte del día. Si levanto los ojos veo el gran ventanal de cristal que da al jardín y que llena de luz la estancia. En su alfeizar un montón de plantas crecen como si estuvieran en un invernadero.

En los cristales de esa misma ventana, en los días de lluvia, se produce un sonido extraño y diferente a cualquier otro. Nunca en mi vida he oído llover con ese son: no son las gotas de agua dando contra el cristal, es un gorjeo continuo y metálico que se me ha hecho tan familiar que ya forma parte de los sonidos de mi vida. Sé que ese murmullo no lo oiré ya nunca en ningún otro lugar del mundo.

Ya no saldré de aquí.

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No abren

Autor: Héctor Higuera

– Tiene unas instalaciones magníficas, todo tan ordenado y arreglado…
– Hay exceso de residentes – Asunción recoge la tarta de las manos de su hermana. – No confío que puedan servirles con human…
– No te preocupes, Asunción.
– Hola, Vicente – dice Asunción, le abraza – El otro día estuve con Noelia. Tenéis una nieta preciosa.
– Es muy coqueta, mi princesa – dice mientras besa a Celia – Ahora le ha dado por las muñecas esas estrafalarias, modas, espérate que no cambie, y que no vista así de mayor.
– Tu eras igual, y ya después, no te olvides de aquella camisa multicolor…
– No me lo recuerdes, Celia, horrendos ahora, pero en esa época…Papá creo que pensó que su hijo era maricón. – sonrisa entrecortada.
– Otros tiempos –dice Asunción, agarrando con fuerza la tarta, caminando.

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La primera visita

Autora: Carolina Ávila

En el sofá descansaba encogida una manta. Una luz tenue iluminaba tan solamente sofá y de la correspondiente mesita al centro. En ella lucían bien colocados lado a lado dos platos, un bol con ensalada y también un tercer plato –más grande que los anteriores– con embutido y quesos de los buenos. Una botella de garnacha con DO. Somontano. Todo sin tocar.
Al otro lado de la habitación, y bajo la escasa iluminación, se adivinaba una mesa de comedor que servía de soporte a un montón de cosas: carpetas de documentos, “Los santos inocentes” de Delibes y un ejemplar traducido de “De Profundis, Valsa Lenta” de José Cardoso Pires. Y también un disco duro externo de la marca Toshiba y una pila de cartas del banco Santander sin abrir.
No había plantas ni alfombras pero si un candelabro con velas moradas y olor a lavanda encima de una estantería con unos pocos cds y un pequeño jardín de edén en un puff al lado del sofá.

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Disonancia

Autor: Héctor Higuera

La luz blanca acariciaba la copa de los robles, atravesaba las ramas, se posaba sobre las hojas y resbalaba por el tronco hasta caer sobre la pradera e impulsada por la hierba recorría su extensión para ascender por los escalones, atravesando la puerta, iluminando el umbral, explosión de luminosidad, que contrastaba con el marrón desgastado del marco, se internaba en la estancia y alumbraba el perfil derecho de un hombre de pelo lacio y gafas circulares; desdeñándole, prosigue su camino hasta desaparecer en la oscuridad de la dacha.

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