El Busto

Autores: Taller de Narrativa de Solidarios

Son las tres de la tarde. Suena la música del telediario de la primera cadena. En su titular, aparece un reportero en el barrio de Vallecas, quien, micrófono en mano, comenta:

“La pared sucia y semiderruida del solar frente a la iglesia mayor se ha convertido en noticia cuando, esta mañana, ha aparecido pintada. Durante la noche, se ha transformado en la imagen de una mujer asomada a la ventana recogiendo las flores de su propio balcón. La imagen es tan perfecta, tan sugerente y tan llena de delicadeza que todo el mundo en la ciudad ha acudido a verla preguntándose quién la habría pintado, qué artista anónimo había sido capaz de hacer algo tan perfecto.”

La noticia se coló como un gélido viento en el comedor donde Sabrina y su padre estaban terminando de comer. Ella hizo una mueca torciendo la boca y esbozó una pícara sonrisa. Era domingo, el único día en que ambos podrían estar juntos y compartir el escaso tiempo que Roberto, su padre, era capaz de dedicar a su hija.

Sabrina llamaba la atención por el bello contraste entre su tez lechosa y su cabello color dorado. Solía ser una mujer risueña, alegre, tímida y creativa. Aquella noticia sobre la pared pintada había movido en ella ese pequeño atisbo de alegría infantil y pasional que solo le surgía cuando estaba en contacto con sus creaciones, con su materia plástica favorita: la plastilina.

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Vacaciones de flor de naranjo

Autora: Beatriz Guillén

Esta noche he pensado en la ciudad de Valencia. Pues hace poco estuve allí, viaje inolvidable a través del IMSERSO y como compañera de viaje mi madre…

Descripción de esa tierra:

En los campos arrozales de la Albufera mientras el cercanías nos llevaba a la estación de esta ciudad de encantos a doquier. Se refleja esa literatura tan característica de Vicente Blasco Ibáñez, con sus reflejos plateados, mientras se espera que del calor y su agua verduzca consigan que nazca ese compuesto cereal tan indispensable en las paellas. Llegando allí me fijo en su estación de tren, con teselas románticas del siglo XIX, art decó en mercado central y nos maravilla mirar sus rincones con buganvillas, columnas, fachada, emblemas, todo muy valenciano y español. Y al pasar por la Rambla de las flores, su colorido se mezcla entre banderas del orgullo gay y flores… donde mejor sitio, pues que colocarlas en la fachada del Ayuntamiento. Es aquí donde la aglomeración de gente se carga en un ambiente caluroso, húmedo y se percibe el olor de la chufa y granizado de limón, y miles de sabores de heladerías Jijonencas. Para los amantes del dulce como yo.

Por ello, nos tomamos en la plaza de la catedral de Santa María una horchata de las de antes de maestro verdaderos horchateros. ! Que se quite el agua horchatera de supermercados y grandes superficies!

Realmente la dulzura de esta ciudad inspira a hacer cosas buenas.

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Carta a mi madre

Autor: Gerardo Fernández

Querida madre,

Supongo que como todas las madres, para mí siempre has sido una persona muy especial, a lo largo de toda mi vida, jamás de conocido una persona tan luchadora y valiente como tú lo has hecho por mí.

Papá falleció hace 20 años, desde entonces vivimos solos los dos, nos apoyamos mutuamente de una forma incondicional.

Sin embargo, cuando era joven, como no tenía trabajo tuve que agarrarme a lo que fuese. Una vez me fui a vendimiar a Francia pues los jornales estaban más altos que aquí. El trabajo que me salía era temporal. En el mismo campo de trabajo me comentaron que en Holanda estaban ahora con la recolección de los tulipanes así que allí me fui.

Cuando acabé me fui a Noruega, allí me alisté a la tripulación de un barco como cocinero. El barco iba destino hacia América de Sur, yo me baje en Honduras con mi macuto a cuestas, me adentré en la selva. Allí llegué a un poblado, me recibieron bien, me hicieron pasar a una choza donde bellas señoritas me trajeron de comer y de beber. Poco a poco fui entablando amistades sin darme casi ni cuenta me enamoré de Yazmín. Íbamos los dos a pescar algún pescadito en una barquichuela hecha de caña de bambú y empecé a dudar que vida era mejor, si la de Madrid o la del poblado. Aquí no existían ni las prisas ni el agobio, tampoco los malos rollos. Pasé dos meses en el poblado hasta que un día me levanté, cogí el macuto y puse rumbo a Madrid, pues quería verte.

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Pueblo, placeres, recreo rural

Autor: Pablo Medina

Lo de tener pueblo de familia es un topicazo. En mi familia en concreto, pasó por ser una manera de relajo semanal de fin de semana. El viernes por la tarde, al llegar, lo primero era irse de juerga. Antes de acostarse, cervezas, banderillas, vuelta a casa, la cena y a la cama.

Mi padre tenía el chalet, también llamado “hotelito” cotidianamente, en la Urbanización el Paraíso, a cuatro kilómetros de Valdemorillo, carretera dirección a El Escorial, en concreto a cuarenta y siete kilómetros de Madrid.

Al día siguiente, vida en familia por la mañana. Lo primero, los padres se iban con el coche al pueblo, al super Bravo. Tenía las secciones de carnicería, el pan y se encontraba en el centro del pueblo. En el super se compraba todo lo necesario. Lo siguiente, el aperitivo. Para los padres unas cañas y para nosotros, refrescos y alguna tapita.

Podría hasta recordar sensaciones, olores, momentos familiares, la buena vida. Entonces existía la fraternidad entre la familia. Me gustaría de alguna forma transportarme y, a quién lea esto, a aquellos momentos, sobre todo, el recuerdo de imágenes que solo yo tengo en la mente. Y que no resultan fáciles de representar, sea por escrito, fotografiado o pintado. Incluyo en esto, los buenos y malos momentos como en cualquier familia con sus roces.

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El pueblo donde he veraneado

Autor: Antonio del Cerro

Hace muchos años cuando yo era adolescente mis tíos tenían un chalet en una urbanización cerca de Valdemorillo. Ese chalet era donde yo iba de vacaciones. La urbanización tenía un pantano y al lado un club. Allí se practicaba sky acuático. El chalet era muy bonito, de color blanco y con piscina. También tenía un jardín grande con árboles y flores. En el fondo de un lateral, la valla daba a un coto donde había vacas y por la noche se las oía mugir.

Tenía muchos amigos: como Yago que era alto y muy inteligente o David, que era apodado el curilla, era pícaro y enérgico.

En el club del pantano jugábamos a las cartas y en casa de Yago varios amigos jugábamos a juegos de rol y lo pasábamos muy bien.

A veces nos íbamos a hacer excursiones por el campo y comíamos un bocadillo.

Mis tíos vendieron el chalet.

Mi pueblo

Autora: Sandra Castagnetto 

En el pueblo donde he pasado mi infancia estaban los raíles del tren con la estación del mismo, que dividía el pueblo en la parte rica y la parte pobre. En verano sonaban las chicharras y el aire parecía más cálido al lado del estanque de los patos, donde los chavales jugaban a la pelota entre almendros y abedules.

Cuando amanecía, encontrabas a las palomas acurrucadas en el tejado y  en algunas ocasiones en el alféizar de la ventana de la cocina, esperando con el cucurrucucú de sus sonidos.

Sin perder el tiempo, salían la vecinas a lavar las sábanas al lavadero de la plaza en  aquellas aguas gélidas que corrían por las calles, blancas unos días, de color otros.

Los carros de caballos tiraban los fardos con alfalfa corriendo por los pastizales del cementerio.

Al mediodía el calor derretía el asfalto rojo por donde circulaban los primeros coches de un pueblo a otro. Se detenían con el pitar de la guardiacivil de turno, esperar la marcha que atesoraba el vaivén del chasis.

Lo mejor del día vendría tras la comida reposada al lado de la corriente de la ventana, que caía justo al lado de la terraza del salón. El Sol bajaba por el lado de atrás de la cocina, de donde salían los crujidos de la vajilla que esperaba a ser lavada con esmero y tesón.

Ya por la tarde, bajabas por la cuneta a la salida del pueblo donde estaban las piscinas y del campo de fútbol amateur. Allí mordías el polvo tras las pisadas de los chiquillos sobre la arena, si seguías el recorrido de sus pasos al correr tras ese balón,que caía con fuerza al deslizarse por el campo.

Tras cenar ligerito, te acomodabas la chaqueta de lana de la abuela, tejida a mano para pasear por el camino que daba al colegio, el que estaba lleno de arena, el que se embarraba cuando caían las primeras gotas de lluvia allá para primeros de Septiembre.

Vacaciones en Villamanta

Autor: Pablo Gascón

Las vacaciones en mi pueblo las recuerdo con mucho cariño y añoranza. Levantado sobre agrestes montañas y montículos, como casi todos los pueblos de la meseta castellana, tenía un encanto especial, un encanto especial que se abría ante mis ojos en toda su plenitud.

Y os preguntaréis ¿qué encanto era ése? Pues ante todo, mi pueblo era como un cuadro donde el sol y el calor del verano dibujaban formas maravillosas. Nunca podré olvidar esa luz que se mezclaba con las cosas más insignificantes que pueden encontrarse en un lugar tan noble y señorial.

Mi pueblo albergaba una iglesia y un campanario sin igual. Se alzaban sobre el cielo como si fueran lanzas de los tercios españoles en épocas pasadas. Su sola imagen daba solemnidad y carisma al paisaje que desde lejos se divisaba.

Mis amigos y yo disfrutábamos del riachuelo que corría por los linderos. Allí solíamos bañarnos completamente desnudos, y el frescor que transmitía era de una naturaleza refrescante y a la vez mística. Aquel riachuelo apaciguaba el calor con que en aquella época de año nos inundaba de forma inevitable.

En la plaza, lugar de encuentro de los vecinos, se alzaba una fuente de equilibradas proporciones. En verdad que era un punto de encuentro para la muchedumbre, que transitaba por los rincones más recónditos de aquellos parajes.

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Presentación del libro “Sábados de Relatos”

Sabados de relatos - portada

Hoy, 15 de diciembre, a las 17.30 horas en la Sala de Conferencias de la Facultad de Educación de la Universidad Complutense de Madrid se celebrará la presentación del libro “Sábados de Relatos” editado por el grupo que ha creado este blog con el apoyo de Solidarios para el Desarrollo.

Es el resultado final de más de un año trabajando cada publicación en el blog. Un proyecto que empezó con una pequeña idea de una voluntaria que ni siquiera creía que fuera realizable y la sorpresa es que se desarrolló, exponencialmente, hasta llegar a editar un libro en papel con los relatos escogidos por sus autores.

Deseábamos crear un libro especial, reflejar la heterogeneidad de voces y, a su vez, unirlas en un todo artístico que definiría el programa de Salud Mental de SOLIDARIOS: un espacio para compartir nuestras diferencias.

Treinta y dos relatos, nuestra materia prima, escritos con talento, trabajo y valentía, valores que podemos sentir en cada frase y su deseo de compartir con el lector, abrirse a él, que escuchen y comprendan su voz, todo lo que se escapa a través de las palabras y que, en definitiva, solo pretenden decir: estoy vivo.

Debemos dar las gracias a todas las personas que han publicado en este blog.

Y, por supuesto, a vosotros, lectores.

Estáis invitados a la presentación.

Muchas gracias.

Del pasado efímero de adolescencia y juventud

Autor: Pablo Medina

Pablo siempre quiso ser músico. Cuando era niño, el hecho de escuchar música le parecía algo misterioso. Sin tener muy claro la composición musical, se dejaba llevar por el sonido. Tan solo se relajaba cuando su padre, gran amante de la ópera y réquiems, encendía su antigua radio para escuchar el programa Radio Clásica de RNE. Se acurrucaba en el sillón del salón como una lombriz, para escuchar con deleite el programa. Sus padres, siempre asociaron ese comportamiento a una capacidad musical  inusitada que disimulaba en gran medida las grandes carencias que tenía para hacer amigos. Les resultaba fácil mirar para otro lado. El disfraz de virtuoso era mucho más esplendoroso que jugar en la calle con los amigos, al fútbol o al pilla pilla.

Los años más importantes de la infancia los pasó enroscado en un sillón, escuchando música clásica. Aunque la música le servía de apoyo para afrontar sus tareas escolares, cuando salía del colegio, como una presa veloz, se acercaba lo más rápido que podían llevarle sus piernas, para subir las escaleras de dos en dos, merendar y refugiarse en el sillón.

Le inscribieron sus padres al conservatorio de la ciudad, siempre con la sana intención de hacer de aquel hijo, un futuro músico o mejor un director de orquesta. Entre compases, partituras y ensayos pasaron los primeros y más importantes años de su vida. Entre aquella marabunta de partituras se le fue escapando la vida.

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Menudo panadero

Autor: Antonio del Cerro

En un pueblo de la comunidad valenciana llamado L’Olleria, donde sus campos están llenos de naranjos y olivos, vivía Mario, conocido como el Panadero del Amor. Era alto, de tez morena y fuerte. Tenía unos cuarenta y cinco años y estudió hostelería. Su primer trabajo fue de pinche de cocina en un bar. Tenía un coche pequeño con el que no podía hacer viajes largos. Trabajaba en una fábrica de pan desde hacia doce años y solía hablar con el pan. Cada día hablaba con los panes, le preguntaba cosas a las barras de pan, las contaba anécdotas y las ponía nombres. Una mañana fue a conocer a los que se comían el pan y se acercó a una panadería para observar a los clientes. Normalmente sufría ansiedad y malestar en la boca del estómago. Pero aquel día estaba muy nervioso, no conseguía controlarse. Los vecinos observaron su comportamiento extraño, llamaron a los médicos y le ingresaron. Le diagnosticaron una enfermedad mental. Mario era un esquizofrénico.

Le prescribieron una medicación y se produjo un cambio en su forma de pensar. Su obsesión de hablar con el pan venía de hacer el pan con mucho cariño y amor. Pensaba que la gente hablaba de él y a veces era verdad. Se incorporó de nuevo a la fábrica con la idea de que no pasaba nada, pero sus compañeros no querían relacionarse con él. Le dejaron de lado y casi nadie le hablaba. Lo saludaban pero sin cortesía, con miradas penetrantes y a veces con insultos como “El loco del amor” o tarado. Su supervisor le dijo que había quejas de sus compañeros y compañeras y como resultado del estigma dejo su trabajo en la fábrica. El origen de su enfermedad fue cuando de joven escapó de la justicia. Con unos amigos robó en una huerta un montón de verduras. El relacionaba el robo como una especie de rebelión contra el poder. Pasado un tiempo identificó que el poder está muy relacionado con la religión y la iglesia. Dios es el que manda y simbolizaba a Dios con el pan. Creía que si hacia bien el pan, Dios, le perdonaría de haber entrado en la huerta. El miedo a una reacción de la gente, es lo que el psiquiatra le dijo que era la causa por la que fue a la panadería y  por la que le daba aquellos ataques de ansiedad, ya que pensaba que la gente se enfadaría con él por no decirles que el pan estaba vivo.

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La habitación roja

Autor: Pedro Sobrevilla

Cuando era niño, a Antonio le encantaban los colores. Simplificaba sus nombres con letras imaginarias. De entre todos ellos, en especial, le llamaba la atención el color X&, es decir, el color rojo.

Todo su universo era su habitación, y cuando dormía, toda ella, se convertía en color rojo. Cuando captaba la luz que lo despertaba, en sus alucinaciones, soñaba con ser pintor.

Cuando se distraía de sus deberes cotidianos, se le podía ver pintando en cualquier parte, pero donde más le gustaba pintar, era en las paredes de su habitación. A medida que fue creciendo, los dibujos de las paredes se sobreponían uno encima del otro. El espacio se había reducido tanto, que apenas se podía observar el mínimo detalle de cualquiera de los dibujos realizados y tan solo, se podía apreciar el color X&.

En sus momentos de crisis, su conciencia se encargaba de dividir lo real de lo irreal, en bloques de color X&. No le resultó fácil hacer amigos, en verdad no tuvo ninguno, tampoco los necesitaba. Cuando en alguna ocasión compartía un poco de tiempo con alguno de los niños del barrio, ellos, poco a poco, se iban alejando, no alcanzaban a comprender aquellas visiones, aquella música que Antonio oía en su interior, la que escuchaba, pero que en realidad, no sonaba. Se dejaba transportar por el sonido interior de su música y en alguna ocasión, le llevaba a alguna cueva, donde no tenía cabida en su interior.

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El lago eternidad (tragedia de los dos niños en el valle de las flores)

Autor: Pablo Gascón

Después que la luna abrace la noche

Yo iré a besarte detrás de los árboles

Donde los últimos rayos,

tímidamente iluminan

las frondas de claridad,

fundidas en largo abrazo,

dos esbeltas figuritas

sus labios van a besar.

No hay por qué quebrar la rama,

ni recortar de dos troncos

un tronco de una raíz,

mas, ¡ay!, que las demás ramas

acechan al primer tronco

con sus espinas. ¡Huid!

¿Por qué quebrarlos si flores

bendicen a aquellos niños

que se aman con tesón?

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Gotas sobre el charco – Primer Premio

Autores: Taller de Narrativa de Solidarios

El teléfono comenzó a timbrar. Al sonar unas cuatro veces sin descolgarlo, mi padre, sentado en su sillón de cuero marrón, leyendo el periódico, me espetó:

¡María! ¡Seguro que es para ti! ¡Corre y cógelo!

Entre dudas, temblorosa, acerqué el auricular a mi oído y respondí con voz ronca:

Sí… ¿Quién es? ¿Diga?

Desde el otro lado, el interlocutor habló tan solo un par de minutos. Me parecieron interminables, los suficientes como para colgar rápidamente el aparato, coger una rabieta y atravesar el salón, veloz, haciendo volar el periódico de mi padre. Abrí la puerta y di un portazo. Sentí como las astillas se clavaban en mi piel. El estruendo penetrando por el espacio de la vivienda.

Me senté en el suelo, apoyé mi espalda en la pared y me refugié en las sombras de mi habitación.

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Carta de un padre – Tercer Premio

Autora: Mar Rodríguez

Llevabas el pelo teñido con un tinte barato que no sé de dónde lo has sacado, y tu madre te regañaba cada mañana cuando te veía salir de casa, el pelo rojo alborotado y los pantalones vaqueros con rotos por todos los lados. Tú solo sabías devolver sonrisas burlonas a nuestros reproches, y tu madre y yo oscilábamos entre el cabreo y la resignación, dependía del día. Y así se nos iban las semanas, y pasaban los meses, y tú continuabas creciendo, y nosotros envejeciendo sin darnos cuenta. Para mí seguías siendo un niño, más alto que yo, eso sí, un niño rebelde, juncal, ausente en casi todo momento de nuestras vidas, prófugo de tu propia casa.

Los días se desgranaban en un lento goteo que escuchaba caer sobre el suelo de tu habitación que me era ajena, pared con pared con la mía pero a la que no podía acceder. Acumulabas semanas enteras sobre tus hombros y no distinguías una de otra; las hojas del calendario se amontonaban a tus pies y no te tomabas la molestia de recogerlas, caían en un otoño perpetuo en el que te instalaste hacía mucho tiempo, demasiado como para que lo recordaras. No te importaba conocer en qué estación del año vivías, sepultado como estabas dentro de tu cueva oscura e inhabitable que era como una cárcel voluntaria, y tan solo la presencia de la calefacción o del aire acondicionado te permitía discernir si era invierno o verano, si los ríos bajaban ateridos y escasos o el estío los inundaba de vida. No te asomabas apenas a la ventana. Te dolía hacerlo y hacía tiempo que dejaste de infligirte ese castigo.

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Resumen clase 23 febrero

Estación de Moncloa. Salgo del tren. Llego tarde. Subo apresuradamente las escaleras. En la calle adelanto a los transeúntes para llegar a mi primera clase del Taller de Narrativa. A paso rápido avanzo por la calle y ya alcanzo a ver un grupo compacto de personas. Un último esfuerzo y estoy. Cinco minutos tarde. El grupo me recibe con alegría, a pesar del retraso. Ellos han estado hablando despreocupados. Apretones de mano, abrazos y besos. Siento que soy uno más. Es el momento de comenzar el Taller de Narrativa.

Esta primera clase sirve de toma de contacto. Jorge, el profesor responsable del Taller de Narrativa, nos pregunta a todos: ¿Por qué estamos aquí? Las contestaciones son variadas, desde una afición tardía por escribir, pasando por aprender una nueva forma de comunicarse y mejorar sus habilidades, terminando por el motivo común a todos: divertirnos.

Empezamos con un juego, el cadáver exquisito, que consiste en que la primera persona debe escribir un personaje, la siguiente escribirá el lugar donde se encuentra sin saber lo que ha escrito el anterior y la tercera persona escribirá cuál es su historia, así sucesivamente, por último, se unirá todo y se leerá. En principio, la historia parece que no tiene sentido, aunque hay curiosas relaciones que nos sorprenden. La siguiente fase es enlazar, y uno a uno, vamos enlazando nuestro escrito con el anterior hasta formar historias divertidas. Trabajamos en equipo.

En el segundo juego escogemos al azar entre unos trozos de papel donde aparecen acciones, por ejemplo: peinarse, ducharse, atarse los cordones…con la acción que te hubiera tocado, cada persona debía describirla para que los demás acierten que había escrito en el papel. Pero tenías libertad de acción. Así que se dieron entre los participantes descripciones muy variadas. Minuciosas, unos. Otros, cercanas, de andar por casa. Y alguno decidió escribir un texto gracioso que pudiera divertir a los demás. Nos reímos.

El Taller de Narrativa se despedía hasta su nueva edición. Nos habíamos conocido, empezábamos a construir sensaciones de grupo, y nos divertimos. La segunda clase solo podía ser mejor. Esperaremos. Ahora, después de salir, nos vamos juntos a tomar algo y hablar del taller o que tal llevamos la semana. Nos vemos pronto.