Del pasado efímero de adolescencia y juventud

Autor: Pablo Medina

Pablo siempre quiso ser músico. Cuando era niño, el hecho de escuchar música le parecía algo misterioso. Sin tener muy claro la composición musical, se dejaba llevar por el sonido. Tan solo se relajaba cuando su padre, gran amante de la ópera y réquiems, encendía su antigua radio para escuchar el programa Radio Clásica de RNE. Se acurrucaba en el sillón del salón como una lombriz, para escuchar con deleite el programa. Sus padres, siempre asociaron ese comportamiento a una capacidad musical  inusitada que disimulaba en gran medida las grandes carencias que tenía para hacer amigos. Les resultaba fácil mirar para otro lado. El disfraz de virtuoso era mucho más esplendoroso que jugar en la calle con los amigos, al fútbol o al pilla pilla.

Los años más importantes de la infancia los pasó enroscado en un sillón, escuchando música clásica. Aunque la música le servía de apoyo para afrontar sus tareas escolares, cuando salía del colegio, como una presa veloz, se acercaba lo más rápido que podían llevarle sus piernas, para subir las escaleras de dos en dos, merendar y refugiarse en el sillón.

Le inscribieron sus padres al conservatorio de la ciudad, siempre con la sana intención de hacer de aquel hijo, un futuro músico o mejor un director de orquesta. Entre compases, partituras y ensayos pasaron los primeros y más importantes años de su vida. Entre aquella marabunta de partituras se le fue escapando la vida.

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Menudo panadero

Autor: Antonio del Cerro

En un pueblo de la comunidad valenciana llamado L’Olleria, donde sus campos están llenos de naranjos y olivos, vivía Mario, conocido como el Panadero del Amor. Era alto, de tez morena y fuerte. Tenía unos cuarenta y cinco años y estudió hostelería. Su primer trabajo fue de pinche de cocina en un bar. Tenía un coche pequeño con el que no podía hacer viajes largos. Trabajaba en una fábrica de pan desde hacia doce años y solía hablar con el pan. Cada día hablaba con los panes, le preguntaba cosas a las barras de pan, las contaba anécdotas y las ponía nombres. Una mañana fue a conocer a los que se comían el pan y se acercó a una panadería para observar a los clientes. Normalmente sufría ansiedad y malestar en la boca del estómago. Pero aquel día estaba muy nervioso, no conseguía controlarse. Los vecinos observaron su comportamiento extraño, llamaron a los médicos y le ingresaron. Le diagnosticaron una enfermedad mental. Mario era un esquizofrénico.

Le prescribieron una medicación y se produjo un cambio en su forma de pensar. Su obsesión de hablar con el pan venía de hacer el pan con mucho cariño y amor. Pensaba que la gente hablaba de él y a veces era verdad. Se incorporó de nuevo a la fábrica con la idea de que no pasaba nada, pero sus compañeros no querían relacionarse con él. Le dejaron de lado y casi nadie le hablaba. Lo saludaban pero sin cortesía, con miradas penetrantes y a veces con insultos como “El loco del amor” o tarado. Su supervisor le dijo que había quejas de sus compañeros y compañeras y como resultado del estigma dejo su trabajo en la fábrica. El origen de su enfermedad fue cuando de joven escapó de la justicia. Con unos amigos robó en una huerta un montón de verduras. El relacionaba el robo como una especie de rebelión contra el poder. Pasado un tiempo identificó que el poder está muy relacionado con la religión y la iglesia. Dios es el que manda y simbolizaba a Dios con el pan. Creía que si hacia bien el pan, Dios, le perdonaría de haber entrado en la huerta. El miedo a una reacción de la gente, es lo que el psiquiatra le dijo que era la causa por la que fue a la panadería y  por la que le daba aquellos ataques de ansiedad, ya que pensaba que la gente se enfadaría con él por no decirles que el pan estaba vivo.

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La habitación roja

Autor: Pedro Sobrevilla

Cuando era niño, a Antonio le encantaban los colores. Simplificaba sus nombres con letras imaginarias. De entre todos ellos, en especial, le llamaba la atención el color X&, es decir, el color rojo.

Todo su universo era su habitación, y cuando dormía, toda ella, se convertía en color rojo. Cuando captaba la luz que lo despertaba, en sus alucinaciones, soñaba con ser pintor.

Cuando se distraía de sus deberes cotidianos, se le podía ver pintando en cualquier parte, pero donde más le gustaba pintar, era en las paredes de su habitación. A medida que fue creciendo, los dibujos de las paredes se sobreponían uno encima del otro. El espacio se había reducido tanto, que apenas se podía observar el mínimo detalle de cualquiera de los dibujos realizados y tan solo, se podía apreciar el color X&.

En sus momentos de crisis, su conciencia se encargaba de dividir lo real de lo irreal, en bloques de color X&. No le resultó fácil hacer amigos, en verdad no tuvo ninguno, tampoco los necesitaba. Cuando en alguna ocasión compartía un poco de tiempo con alguno de los niños del barrio, ellos, poco a poco, se iban alejando, no alcanzaban a comprender aquellas visiones, aquella música que Antonio oía en su interior, la que escuchaba, pero que en realidad, no sonaba. Se dejaba transportar por el sonido interior de su música y en alguna ocasión, le llevaba a alguna cueva, donde no tenía cabida en su interior.

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El lago eternidad (tragedia de los dos niños en el valle de las flores)

Autor: Pablo Gascón

Después que la luna abrace la noche

Yo iré a besarte detrás de los árboles

Donde los últimos rayos,

tímidamente iluminan

las frondas de claridad,

fundidas en largo abrazo,

dos esbeltas figuritas

sus labios van a besar.

No hay por qué quebrar la rama,

ni recortar de dos troncos

un tronco de una raíz,

mas, ¡ay!, que las demás ramas

acechan al primer tronco

con sus espinas. ¡Huid!

¿Por qué quebrarlos si flores

bendicen a aquellos niños

que se aman con tesón?

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Gotas sobre el charco – Primer Premio

Autores: Taller de Narrativa de Solidarios

El teléfono comenzó a timbrar. Al sonar unas cuatro veces sin descolgarlo, mi padre, sentado en su sillón de cuero marrón, leyendo el periódico, me espetó:

¡María! ¡Seguro que es para ti! ¡Corre y cógelo!

Entre dudas, temblorosa, acerqué el auricular a mi oído y respondí con voz ronca:

Sí… ¿Quién es? ¿Diga?

Desde el otro lado, el interlocutor habló tan solo un par de minutos. Me parecieron interminables, los suficientes como para colgar rápidamente el aparato, coger una rabieta y atravesar el salón, veloz, haciendo volar el periódico de mi padre. Abrí la puerta y di un portazo. Sentí como las astillas se clavaban en mi piel. El estruendo penetrando por el espacio de la vivienda.

Me senté en el suelo, apoyé mi espalda en la pared y me refugié en las sombras de mi habitación.

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Carta de un padre – Tercer Premio

Autora: Mar Rodríguez

Llevabas el pelo teñido con un tinte barato que no sé de dónde lo has sacado, y tu madre te regañaba cada mañana cuando te veía salir de casa, el pelo rojo alborotado y los pantalones vaqueros con rotos por todos los lados. Tú solo sabías devolver sonrisas burlonas a nuestros reproches, y tu madre y yo oscilábamos entre el cabreo y la resignación, dependía del día. Y así se nos iban las semanas, y pasaban los meses, y tú continuabas creciendo, y nosotros envejeciendo sin darnos cuenta. Para mí seguías siendo un niño, más alto que yo, eso sí, un niño rebelde, juncal, ausente en casi todo momento de nuestras vidas, prófugo de tu propia casa.

Los días se desgranaban en un lento goteo que escuchaba caer sobre el suelo de tu habitación que me era ajena, pared con pared con la mía pero a la que no podía acceder. Acumulabas semanas enteras sobre tus hombros y no distinguías una de otra; las hojas del calendario se amontonaban a tus pies y no te tomabas la molestia de recogerlas, caían en un otoño perpetuo en el que te instalaste hacía mucho tiempo, demasiado como para que lo recordaras. No te importaba conocer en qué estación del año vivías, sepultado como estabas dentro de tu cueva oscura e inhabitable que era como una cárcel voluntaria, y tan solo la presencia de la calefacción o del aire acondicionado te permitía discernir si era invierno o verano, si los ríos bajaban ateridos y escasos o el estío los inundaba de vida. No te asomabas apenas a la ventana. Te dolía hacerlo y hacía tiempo que dejaste de infligirte ese castigo.

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