El abandono

Autor: Kepa Vadillo

23 de julio de 2017

Deambulaba cabizbajo por el pasillo de su casa sin tener muy claro que dirección tomar. Vivía en el bajo, en una finca de cuatro plantas, sin ascensor, alejado del bullicio de la población. La vivienda tenía una superficie amplia, rondaba los cien metros, suficientes como para sentirse más solo todavía. Se trasladó a esa finca con su familia natal, en plena construcción del barrio, en una fecha en la que no era capaz de atisbar lo que había en el exterior desde las ventanas. El barrio había crecido al abrigo de unos altos hornos, por una demanda incesante de mano de obra sin formación y fruto de una emigración sin precedentes en la zona. Los montes que protegían con sus sombras a sus pobladores tenían en sus entrañas minerales de hierro y esa era la razón principal que facilitaba la inversión. La mezcla de costumbres, de los olores a la hora de cocinar, de ruidos, del vocerío por parte de sus vecinos no presagiaba una convivencia civilmente aceptable, pero se resignaron a vivir con lo que les tocaba.

En los años setenta, las bolsas de basura de la vecindad se depositaban en un lugar ubicado para ellas, encima de un pequeño solar de tierra al lado del monte. No había contenedores verdes o amarillos como ahora. Los trabajadores del camión de la basura se afanaban en pelear con las ratas existentes, intentando vaciar de inmundicias el pequeño habitáculo arrancado al monte.

Joaquín era el pequeño de siete hermanos. Aprendió muy rápido el concepto de herencia o de dote fraternal. Hasta que no cumplió los catorce años no supo lo que era estrenar ropa nueva. Los jerséis de lana hechos a mano por su madre, los heredados en segunda línea de sucesión por los vecinos, llenos de bolitas, cedidos de tanto sobe, formaban su patrimonio privado, arremolinados en el único hueco disponible de un armario con una puerta de formica, con una manilla circular parecida a un botón de metal latonado, sujeta con dos bisagras que impedían que pudiera cerrarse en su totalidad, en la parte de abajo del mismo, quizás por lo de la altura, más a su medida.

Cuando hizo su primera comunión, el traje había encogido tanto que ya no había suficiente dobladillo que sacar y debido a la estrechez de la cintura, sus padres consideraron que era más digno llevarlo caído, sin el adorno del cinturón. De esa forma, disimulaban el que la tela no cubriera lo suficiente para que no se le vieran los calcetines.

Su padre fue un holgazán. Vivía de los anticipos de la empresa y cuando llegaba el día del pago de la nómina, el resto que quedaba era tan insignificante que no llegaba ni para pagar la deuda que se tenía con la tienda de ultramarinos. Era de tierras del sur, más al sur de Despeñaperros. Nunca se adaptó a una zona con un tiempo tan desapacible e inestable. No soportaba ver día tras día los inmensos nubarrones y la molesta lluvia. Tenía sabañones crónicos. Sus zapatos, siempre mojados, no aguantaban lo suficiente como para impedir que se estropease el cartón o trozo de plástico que ponía como remiendo para tapar los agujeros. Al arrimarse al calor de la chapa de hierro fundido que se tenía en la cocina para guisar, ese contraste entre el frío y el calor, su mala alimentación y su ingesta de tóxicos, perjudicaban sobremanera la circulación de la sangre y facilitaban la aparición de los malditos sabañones. Joaquín, a pesar de sus lagunas de memoria, recordaba en algunas conversaciones familiares, cuando ya todos los hermanos habían cumplido y pasado de sobras la mayoría de edad y ante la ausencia de su padre, en tono divertido se mofaba de no haber recibido nunca como herencia los zapatos del difunto, mirando de reojo y con cariño a su hermano Luis, primogénito y heredero de las ropas de su padre por escalafón.

En cuestión de amores tampoco fue demasiado afortunado. Joaquín era un chico enclenque, un poco velludo o mejor dicho en exceso. Había soportado todo tipo de bromas en la adolescencia con su parecido al “Hombre Lobo”. Con sus lentes de pobre, fruto de la estrechez de la casa, sujetas con un alambre y un poco de cinta adhesiva para poder mitigar el dolor y las rojeces que le producía en las orejas, no facilitaba en absoluto el acceso al género femenino. Su primera experiencia sexual se produjo mediante un trueque. Favor, por pasteles de nata. Nada más y nada menos que con “Filomena la Fantástica”. Era muy delgada, bastante plana y sin nada de curvas, pero le encantaban los pasteles de nata. El trueque era sencillo; dos “Carolinas de Nata”, con una base circular de galleta y la nata acabada en punta, como un cono. Debían de venir envueltas, con una bandeja de cartón blanco con relieves, el envoltorio de papel con el nombre de la pastelería Aguirre, popularmente conocidas en el pueblo como “Las Virrochas” (regentada por dos hermanas solteronas) y dos palillos para evitar el contacto de la nata con el papel. Sentado en el pasillo de madera que daba acceso a la vivienda de Filomena, en la espera, se embriagaba de los olores dulzones que se escapaban del envoltorio. Tuvo la tentación de comérselos, pero al final desistió. El servicio, una agitación del miembro con fuerza, que provocase una excitación fugaz y un trozo de papel para la limpieza.

Se casó o se juntó, nunca me lo dijo. Siempre se andaba por las ramas cuando tocábamos ese asunto. La afortunada, Begoña, la única que quedaba sin pareja en el pueblo con treinta y cinco años. No hicieron ceremonia alguna, pero si invitó a comer a los amigos de siempre, los únicos que no se metían en exceso con él. Con el tiempo, el grupo asoció su compañía a un apéndice más de la cuadrilla. No era culto, más bien tenía un corsé intelectual, sin embargo era locuaz y con un espléndido sentido del humor, envidiable.

No tuvieron hijos, menos mal. La naturaleza biológica está plagada de sabiduría y ellos no lo consideraron como un castigo. Se adaptaron enseguida a vivir para ellos, sin las molestias que los niños causaban, como podían observar al resto de los vecinos que tenían una buena prole. Le gustaba pasear por el barrio, siempre solo, hurgando entre las basuras, buscando restos, juguetes, cachivaches, etc. Los denominaba “sus tesoros”. Aquellos objetos formaban parte de su museo particular. Todavía lo recuerdo; casi me da un patatús la primera vez que me invitó a tomar un café a su casa. Toda una habitación llena de objetos de toda clase, perfectamente clasificados, distribuidos y alineados por los estantes, con una nota explicativa del mismo, la fecha y lugar de su localización, la reparación realizada, el número de referencia, en definitiva… un auténtico “Jardín de las Delicias”.

Más que desprecio en sus vecinos, despertaba compasión. Cuando se cruzaba con algún vecino en el barrio y le saludaba, realizaba un movimiento con la testa como respuesta. Tenía unas cordilleras en sus laderas nasales, creadas por el roce de las gafas de alambre que tantos años mantuvo. Con el tiempo, las cambió por unas de pasta, realizadas por un fabricante con aceite de semilla de ricino. El lacado en negro, disimilaba la endeble textura del moldeado. No se podía permitir otra cosa, lo aceptaba con una felicidad resignada.

La muerte de Begoña produjo un enorme socavón en su corazón y tardo un siglo entero en reponerse. Otra vez la caprichosa desdicha se reía de su existencia y le recordaba que todo en

la vida tenía un precio. Se le había helado el corazón. Intentó quitar la escarcha pasajera, esa que desaparece en los primeros meses, pero no encontró ningún alivio momentáneo ni siquiera en su cuarto- museo, tan solo, se adentró en los mares profundos de la melancolía y decidió apostar por lo único que le quedaba; enfrentarse con su naturaleza biológica. Ante ese sentimiento de fracaso decidió abandonarse y esperar. Esa fue su apuesta, retar a la muerte. Hizo una fogata con sus recuerdos hechos ya añicos. No tuvo que desgajarlos. Esperó.

Se preguntó cómo empezaría con su apuesta sin que resultase todo demasiado violento. No había manuales en la biblioteca de como abandonarse personalmente. Deseaba en el fondo saborear el desgaste de la vida. Comenzó primero con una dejadez profunda en el aseo personal. Dejó de ducharse, de lavarse la cara, cepillarse los dientes. Prosiguió con hacer pilas enormes con los cacharros de la cocina. Todavía conservaba la chapa de hierro fundido. Lejos quedaba el brillo acomodado en el metal por la crema furnace, tanto para el exterior como para el horno. Sus primeras compañeras de convivencia fueron las enormes cucarachas que campaban a sus anchas por la loza, cacerolas y vasos de duralex en el fregadero. Cerró las ventanas para que no escapase el nauseabundo olor impropio de la condición humana y que se impregnase por todos los huecos de la casa, en cada fisura de la pared, en los tejidos de las cortinas, en el algodón de las sábanas. Quería experimentar la mezcla explosiva de olores, de ese éter fétido que fluía en el ambiente que más bien parecía una densa cortina de humo.

En la segunda semana, dejó de alimentarse. Tenía por despensa una alacena empotrada en la pared, de madera de castaño, desvencijada por el uso, con los cristales hechos añicos, pegados con precinto adhesivo para que no se desprendiesen del marco. Los estantes estaban vacíos, tan solo se dejaba ver en su rincón el bote metálico de bicarbonato de sosa de la marca Quivisa, que se fabricaba en Bilbao.

Nadie se percató de su ausencia. Al vivir en el bajo, las pisadas en las escaleras de madera no delataban su presencia y los vecinos de los pisos superiores no echaron en falta la sombra de su famélica figura. No fue capaz de mantenerse en pie durante mucho más tiempo, desgastado por tanta erosión física. Se dejó caer en su cama y se desvaneció. En pleno trastorno tuvo esa sensación de inestabilidad sensorial. Agotado, empezó a mezclar alucinaciones con sueños, la luz destellante del túnel con la voz insonora de Begoña que le llamaba y que se borraba con sus brazos abiertos. Sintió que el hilo de la vida se le escapaba de su lado y en plena regresión, como en un último aliento se despertó sobresaltado. El timbre zumbaba repetidamente, con un sonido ronco pero activo, incesante, como con descaro. No fue capaz de incorporarse, dio la media vuelta y se cayó al suelo. Aturdido, consiguió arrodillarse y ponerse en la posición del perro para aunar la última energía que llevaba consigo. El suelo le daba tantas vueltas que parecía un tiovivo, pero se incorporó y empezó a levitar por ese espacio tan agreste que iba desde la habitación hasta la puerta, apartando con su resoplar delirante el olor perfumado de la muerte. Balanceándose hasta la puerta de la entrada, consiguió a duras penas abrir la puerta para encontrarse con aquellos pesados que no dejaban que el timbre implorase clemencia.

– Buenos días… ¿el Sr. Ruiz? – preguntó con voz clara uno de los visitantes.

– Somos vendedores de libros de la Editorial Plaza y Janés, – largó el otro.

No consiguió articular palabra. A duras penas consiguió mantenerse erecto, reclinado sobre el quicio de la puerta. Los vendedores se percataron de su inestabilidad y de su aspecto demacrado, espectral. Retrocedieron un par de pasos. No recuerda de dónde sacó esa última gota de energía para cerrar la puerta, apoyarse en su reverso y dejarse deslizar suavemente

por ella hasta dar con sus nalgas en el suelo. Observó de forma borrosa y nublada los rayos de sol que entraban por la ventana. La acartonada cortina se mostró generosa y se apartó hacia un lado como poseída por la fuerza del viento, lo suficiente como para permitir vislumbrar la claridad del día. Había perdido la noción del tiempo. El calendario de papel de la cocina se había dejado de arrancar en el mes de abril, coincidiendo con el día veinticuatro.

Los rayos de sol delataban la presencia de un tiempo más apacible. Abrió la ventana del salón para coger aire. Notaba que su respiración se agitaba, tenía dificultades para respirar. Las primeras corrientes de aire fresco cargadas de humedad, aliviaron el ambiente dulzón que se había anquilosado en las estancias de la casa. Se sentó de nuevo, necesitaba alimentarse con ese aire fresco de la primavera efervescente. No acertaba ver nada del exterior, tan solo las sombras que proporcionaba la naturaleza. Sin la ayuda de sus gafas y con lo cegato que era, se conformaba con imaginar las representaciones caprichosas que desde la ventana podía contemplar. Se encontraba muy débil, pero por otro lado satisfecho de seguir vivo. No le importaba haber perdido la apuesta. A lo largo de su vida siempre se había considerado un perdedor. Como tenía mucho sentido del humor, en su interior pensó…”resulta curioso, es la primera vez que no me importa perder.”

Requería reinventarse de nuevo, desde la cimentación. Había perdido la noción del tiempo, necesitaba saber en qué día se encontraba. Encontró sus lentes y pudo comprobar como en su reloj de cabecera marcaba la fecha y la hora del día. Veintidós de mayo, las 15,40 horas. Se dirigió al cuarto de baño necesitaba beber agua para no deshidratarse más y pegarse una buena ducha. Abrió el grifo lentamente, con cuidado, no tenía fuerzas ni para girarlo. La cebolleta de la ducha escupió un agua de color terroso. Arrastró todas las impurezas de la cañería y comenzó a salir un agua más clara, transparente. Se puso debajo de ella y dejó que el agua corriera por todo su cuerpo, desde la cabeza hasta los pies, formando torrenteras por los pliegues de la piel, arrastrando toda la suciedad que llevaba encima. No recordaba cuanto tiempo estuvo debajo del agua, le pareció una eternidad, tan solo observó cómo sus manos y sus dedos se arrugaban por la acción del agua caliente en contacto con la piel durante un determinado tiempo y se apresuró a cerrar el grifo.

Se secó con una toalla su cuerpo y al mirarse en el espejo pudo comprobar su flacura. Se acarició suavemente los brazos y sus piernas. Continuó por el torso y su demacrada cara. Sus músculos envejecidos por la ausencia de materia prima mostraban una imagen de una piel seca y escamosa.

Cogió el teléfono y marcó el número de su hermano Luis. Sonó tres veces sin descolgar y al otro lado contestó una voz parecida a la de su hermano.

– Sí, ¿diga?… ¿con quién hablo?

– Hola Luis, soy tu hermano Joaquín.

– ¡Hombre!… cuanto tiempo sin saber de ti… ¿te pasa algo? – contestó con un tono preocupado.

– Puedes traer algo de comer… no puedo más – contestó Joaquín con una voz cada vez más apagada.

– ¡Pero chico!, dime que te pasa.

– No tardes… ya te contaré.

Colgó el auricular y se sentó en el sofá. Se dejó llevar por la dulce espera y a que sonara de nuevo su timbre salvador. Se deslizó suavemente por su asiento, juntó sus manos imitando la forma de rezar y recordó el momento. En esa lucha desigual contra la muerte, ella,

simplemente “le dejó marchar”, pero de nuevo le recordó que debía de pagar un precio… le “dejó sin esperanza”.

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